Adiós a un defensor de la vida

Esta semana falleció uno de los líderes de la Iglesia católica que más trabajó por la paz del país.

Todavía recuerdo el día en que conocí a Jaime Prieto. Fue en el Celam. Era por entonces tan sólo un presbítero de la Diócesis de Facatativá. Se trataba de crear un grupo de trabajo para comenzar la preparación de la IV Conferencia General de Santo Domingo.

Me decían que era sociólogo y que su sapiencia en este campo era grande. Me alegré porque en ese punto teníamos algo en común en términos profesionales. La capacidad de análisis de Prieto era contundente. Sabía “ver” y su mirada era limpia. No estaba sometido a las ideologías. Tenía principios, que es la forma justa del mirar limpiamente sin engañarse con los anteojos de un interés circunstancial. Luego ejercía desde el evangelio su capacidad de “juzgar”. Allí empecé a ver el “cura”. Lo era y de verdad. Era de aquellos que no caminan por el mundo “buscando verdades que les sirvan, porque tienen en el mensaje de Jesucristo una verdad a la cual servir”.

Dialogaba, discutía y confrontaba buscando entender las posiciones de los otros y encontrar acuerdos. La voz le ayudaba: era afirmativo. La rectitud de espíritu le permitía el ejercicio de la comprensión y de la paciencia. Luego venía la obligatoriedad del “actuar”. Jaime Prieto era persona de acción. Sabía que “obras son amores y no buenas razones”.

A diferencia de muchos otros, no se contentaba con saber la “buena nueva”, sino de proponerla y practicarla con el ejemplo, tuviera las consecuencias que trajera; sabía que no hay nada más perverso que un buen consejo seguido de un mal ejemplo. Ser coherente era su originalidad. Se había hecho cura para servir y amar a su prójimo. Era consciente de lo que no era negociable y le agradaba jugar con los adversarios —ya que no concebía tener enemigos— con “cartas limpias”.

Fue llamado a ser obispo de una de las diócesis más complicadas del país. De su textura moral pueden hablar los subversivos con los que tuvo que hablar para defender la vida de sus fieles en Barrancabermeja —ciudad que tuvo el privilegio de sentir la acción benéfica del obispo Prieto y del jesuita De Roux, grandes apóstoles de la difícil paz a la que aspiramos— y de dirigentes del sector empresarial, sindical, de la sociedad civil bien fuera nacional o internacional. No se dio tregua, iba y venía sin pausa. Se sacrificó y no son pocos los parajes inhóspitos que guardarán la memoria silenciosa de su presencia.

Son muchos los que saben qué hizo en el silencio de su apostolado; qué acciones quedarán en el prudente olvido de quien jamás reclamó publicidad y que no tuvo el morbo de aparecer ante la opinión pública para desbaratar consejas y maledicencias de quienes identifican “justicia” con el acuerdo con sus propios intereses. El Eln y otros grupos guerrilleros, así como otras milicias armadas a ellos opuestos, saben de haber tenido en su cercanía a un verdadero apóstol de la convivencia y la paz. Sus lemas: poner en evidencia la “verdad”, demandar la “purificación de la memoria”, necesitar la auténtica “reparación” y tener capacidad para “perdonar” sinceramente.

Monseñor Prieto encontró que esas condiciones para la reconciliación son fáciles de pronunciar y sirven para los discursos de ocasión de políticos y líderes sociales o para las inútiles proclamas guerrilleras, lejanas siempre de la honestidad que algunos suponen. Se encontró de improviso que el principio de la protección del Estado de Derecho con el uso legítimo de la fuerza implica también estar abierto permanentemente a los acuerdos humanitarios, que no eran de buen recibo ni en unos ni en otros, y que el error histórico garrafal era suponer que enseñarle a una nación la estrategia del odio era un camino para la paz.

Para el obispo —como para muchos humanistas— prima la razón de humanidad sobre la razón de Estado. A ese principio fue siempre fiel. “Primar” no significa dejar de lado la defensa del otro ámbito institucional y a esa certeza se aferró, siempre en defensa no sólo de la justicia con “los menos favorecidos”, sino de la justicia de darle a cada quien lo que merece.

Luego vino su traslado reciente a Cúcuta. Muchos pensábamos —lo que él no pensaba— que sería promovido a un rango mayor en la organización eclesial, es decir, a un arzobispado. No fue así. Jaime Prieto aprovechó para darnos una de sus lecciones finales y es que el servicio pastoral de la Iglesia no tiene que ver con la lógica del exitismo civil que corroe también a muchos eclesiásticos que sólo piensan en ascender y que han llevado no sólo a Juan Pablo II y hoy día al papa Benedicto XVI a advertir reiteradamente que en la Iglesia no existe el “carrerismo” ni el “exitismo”, porque la lógica del evangelio es el “servicio”.

Jaime Prieto fue feliz a Cúcuta y en poco tiempo se identificó en espíritu y en verdad con sus nuevos fieles y los amó hasta el fin. Nos enseñó que pertenecía a esa estirpe de los pocos seres humanos que conciben la vida como “misión” y no como “tarea”. Recuerdo una anécdota de Juan Pablo II, de quien se dice que afirmaba que había obispos portadores de báculo que aún se creen príncipes y de otros portadores de “pastoral” que saben que son pastores y se deben a sus fieles y a través de ellos a su Señor.

Luego vino su corta enfermedad. Andrè Malraux afirmaba en su obra La condición humana, que a los 50 años un hombre no sirve sino para morir. El obispo Jaime Prieto demostró exactamente lo contrario. Era vida, portador de savia vital y la entregó de regalo a sus semejantes.

*Ph. D, profesor, consultor, experto en temas de la Iglesia y ex embajador de Colombia ante la Santa Sede.