Se apagó la voz en el camino

'Aquí yace un simple estudiante de la vida que nunca se graduó', es el epitafio de este inolvidable hombre de radio.

Un vaso de agua y una bufanda eran los más fieles contertulios de Antonio Ibáñez durante sus jornadas nocturnas. A su programa Los habitantes de la noche, en la cadena Todelar, llegaba pasadas las 8 de la noche con libros subrayados y un montón de papeles en un orden que solo él entendía. Cambiaba la guía de un espacio que manejaba a su antojo. Le pasaba la música al operador de audio. Tomaba un trago largo. Modulaba. Y después se tapaba la boca y la nariz con la bufanda para, en su estilo, hacerle frente a un enfisema pulmonar que le aquejaba desde hacía más de cinco años.

Todo eso lo hacía para cuidarse la voz, porque miedo a la muerte nunca tuvo. Cuando hablaba de esa cita personal e ineludible lo hacía entre risas y siempre se refería a una transformación. “Mi epitafio sería: ‘Aquí yace un simple estudiante de la vida que nunca se graduó’”, comentaba sin tregua este hombre, que le imprimió un estilo a lo que los demás profesionales denominaban como ‘el locutor bombillo’, el comunicador que entraba al aire en el turno de la noche. Para él, a diferencia de los demás, ese espacio no era un castigo sino una bendición. Durante esas horas nocturnas pasaban los acontecimientos más interesantes. De eso estaba seguro y por eso siempre escribía la palabra ‘noche’ con mayúsculas.

Estudió derecho. No terminó porque aparecieron los medios de comunicación y la posibilidad de participar en las nacientes radionovelas, aunque también tuvo su palomita en la televisión gracias a su cercanía con el maestro Bernardo Romero Lozano. Sin embargo, a partir del 2 de febrero de 1982 olvidó cualquier actividad distinta a la conducción de programas en radio y creó Los habitantes de la noche, un espacio que cambió de dial, de hora y hasta llegó a emitirse en el Canal Capital, pero que siempre tuvo la misma voz.

“Yo no tengo estilo, por eso sigo explorando y trato de renovarme cada día. Ningún programa es parecido al anterior y ahí está la creatividad del ser humano para ofrecerse a la audiencia. Yo no tengo certezas y mi alimento es la incertidumbre, incertidumbres compartidas con mucha gente que me sigue”, aseguraba Antonio Ibáñez, quien después de más de medio siglo al aire consideraba que la radio era uno de sus órganos, pero no un músculo, sino una terminación nerviosa a la que arriban torrentes emocionales, contenidos culturales y propósitos educativos. Ibáñez se transformó y dejó para la eternidad una forma auténtica de comunicarse.