El Campamento Esperanza

La tragedia que viven 33 mineros, sepultados 700 metros bajo tierra, dio vida a una aldea en la que conviven cerca de 400 personas en 20 carpas. El lugar tiene de todo: restaurante, supermercado, hospital y hasta escuela para los niños.

El desierto de Atacama es la zona más árida del mundo y una de las regiones menos pobladas de Chile. A una hora y media de camino de la ciudad de Copiapó se encuentra la Mina San José, que el 5 de agosto contaba con un paisaje dominado por no más de diez cactus, una caseta de control en la entrada, un pequeño casino de alimentación, una cabaña de tres habitaciones que alberga la recepción y las dos oficinas de los dueños, el taller de reparación y un perro que le ladra al cielo más estrellado del planeta.

Ahora este lugar es casi un “nuevo municipio”. Hoy (domingo), justo un mes después del derrumbe que le tapó la salida a los 33 mineros, se creó un pueblo completo, mucho mejor equipado y más importante que otros que están cerca y que van a cumplir su Bicentenario.

El Campamento Esperanza, como fue bautizado el lugar, ahora cuenta con una población fija de 400 habitantes. Doscientos sesenta familiares censados por las autoridades, 70 personas de las fuerzas armadas (40 policías y 30 de otras instituciones), los restantes son el grupo de rescatistas y 30 periodistas que llegaron de los cinco continentes para cubrir la cotidianidad del lugar. Además hay una población flotante diaria de 300 personas que viajan de ciudades cercanas como Copiapó, Vallenar y Caldera para ayudar en varias tareas.

“Cuando llegamos el segundo día después del derrumbe, acá no había nada, ni nadie, así como es el desierto, solo, solo...”, relata Juan Sánchez, padre del minero Jimmy, un novato en estas lides, que sin terminar el colegio optó por el riesgo del trabajo minero. El señor Sánchez describe que ahora el lugar tiene tres sectores. El primero es donde inicia el campamento, ahí está el primer control policial y sitio donde permanecen la mayoría de los medios de comunicación, algunos familiares que llegan sólo por el día, la cocina, el “supermercado”, el comedor —que está abierto 24 horas—, un carro de comidas rápidas, la zona de estudios y juegos de niños.

El sector medio está reservado para los estacionamientos y los equipos de televisión satelital. A un costado la aldea Esperanza, lugar donde se explayan 33 carpas blancas, una por familia de cada minero. Adentro de ellas cinco colchonetas y cobijas para evitar los 2 grados centígrados de frío en la noche. Este “barrio familiar” es el único sitio donde la prensa no puede entrar y es vigilado siempre por dos policías.

A pocos metros de los 33 toldos, un nuevo control policial da inicio al tercer sector del nuevo caserío, justo allí está la única entrada a la mina y diagonal a ella lo que era hasta hace menos de un mes la infraestructura primera de la zona, que ahora creció con una nueva sala de reuniones ministeriales y presidencial, 20 carpas y un comedor para los militares. El calabozo del lugar todavía no alberga su primer reo, a pesar de las protestas que hubo antes del primer contacto con los trabajadores.

La religión está presente con el altar de San Lorenzo, patrono de los mineros, que además tuvo su procesión por la calle principal del poblado en su santo día, el 10 de agosto. En cuanto a salud, hay dos hospitales de campaña, uno dotado con tecnología de punta para atender a los 33 hombres cuando salgan y uno para urgencias de los demás pobladores. Afuera del recinto médico esperan varias ambulancias junto a un helipuerto.

Según varios moradores, bañarse es complicado, el frío no da mucho ánimo para hacerlo y por eso sólo existen seis duchas y 20 baños químicos para los tres sectores, cuyos arriendos diarios cuestan 1,2 millones de pesos colombianos. En el supermercado no hay cajero, ni caja registradora que reciba dinero o tarjetas bancarias. Eso sí, está repleto de té, café, azúcar, agua, jugo, cilindros de gas y otros víveres. Si alguien requiere algo, sólo pide y lo obtiene gratis.

 Diariamente se regalan 800 raciones en el desayuno, almuerzo y cena, cuyo valor asciende a $7 millones cada día. De todo el país llegan víveres, pescado, mariscos, pan y la famosa empanada chilena.

Lo único prohibido en el lugar es el licor, pero los lugareños admiten que para el frío es bueno tomarse uno o dos tragos de pisco —licor tradicional— en la noche, por lo que tienen que ingresarlo de contrabando. No todo puede ser tristeza y para disipar la mala moral, grupos musicales famosos del país llegan a la tarima instalada para los conciertos. A lo que se suman algunos pequeños partidos de fútbol en la improvisada cancha polvorienta, los cuales coordinan unos profesores de educación física que llegaron para hacer recreación junto a algunos payasos.

Para los estudios de los hijos, nietos y sobrinos de los mineros, hay una especie de escuela, donde los niños llegan cada mañana con sus morrales llenos de esperanza. Carlos Mamani Solís es el único extranjero atrapado, es un novato en la minería y corrió con mala suerte, pues era su primer turno de trabajo en la mina. Su esposa, Verónica Quispe, con su acento boliviano relata que en las noches se hace una fogata colectiva para pasar el extremo frío y ven la pantalla gigante que hay al lado del comedor, aunque sean ellos mismos los que se reflejen en ella, porque todos los canales televisivos están en vivo casi toda la jornada desde la mina.

En el Campamento Esperanza todo es gratis, el transporte, la comida, la diversión, lo servicios básicos, las llamadas telefónicas y no se pagan impuestos. Cada semana va el Presidente y medio mundo está atento a lo que pase allí. Pero lo que en realidad quieren sus pobladores es poderlo abandonar pronto, eso sí junto a los 33 fundadores que yacen vivos bajo sus pies.

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