Las cruces sin nombre

La masacre de 72 inmigrantes la semana pasada en México reveló que las mafias entraron a un nuevo negocio. El Espectador habló con el padre Flor María Rigoni, quien ha atendido a medio millón de indocumentados en 25 años.

Cuando a comienzos de la semana pasada se enteró de la masacre de 72 migrantes en una casona abandonada en San Fernando, estado norteño de Tamaulipas, el padre  Flor María Rigoni recibió de sus colaboradores una lista. Eran los nombres de todos aquellos que en las últimas semanas habían pasado por la Casa del Migrante, una sencilla posada que dirige en Tapachula, estado sureño de Chiapas y una de las puertas al matadero. Así lo llama: ese larguísimo trayecto que comienza para miles de centroamericanos en la frontera con Guatemala y que termina —debería terminar— en la frontera norte, con Estados Unidos. 

Los nombres coincidían, los apellidos no. Pero el padre Flor no se sorprendió. Lleva 25 años trabajando con migrantes. Por eso sabe, por ejemplo, que esos hombres y mujeres no siempre usan su verdadera identidad. Al contrario, van dejando nombres falsos por el camino. Por eso a veces no se sabe qué fue de ellos; si lograron llegar, ¿por qué no escriben?; si se quedaron por el camino, ¿qué fue de ellos?

Rigoni conoce esas rutas, conoce los riesgos y, sobre todo —lo repite adolorido— sabe lo mucho que se ha transformado el camino del migrante. Otros eran los tiempos en que un grupo de centroamericanos cruzaba México de la mano del coyote. Un criminal, sí. Pero un criminal de poca monta, que acompañaba a los desarraigados en su camino para atravesar el Río Grande.

Ahora, la migración es a otro precio. Y la portada la semana pasada de la revista mexicana Proceso ilustra dolorosamente el fenómeno: los cadáveres hinchados, desfigurados, sus manos amarradas y los ojos vendados, como los encontró la policía, uno al lado del otro, los 72. La foto fue publicada en primera página con una sentencia desgarradora en letras blancas: México, hoy.

Son días negros. Y el padre Flor María lo sabe, como pocos. “Soy un fósforo que se enciende en la oscuridad”, dice, con su acento italiano-mexicano. Su rostro envejecido y algo melancólico. Es septiembre. Está en Bogotá. Se ha escapado unos momentos de un foro sobre migración y paz realizado por la Alcaldía.

Habla con un tono dulce y cita frecuentemente, como si recitara poemas, frases de los miles de migrantes que han pasado por su casa en Tapachula. Allá llegan, se quedan y toman aliento para el largo viaje que les espera. El padrecito los recibe sin mayores preguntas. No puede hacer más que proferir bendiciones y advertencias.

Así lo he hecho desde que llegó a México. A Tijuana, en 1985.

Ovejas al matadero

El padrecito Flor María Rigoni estudió filosofía y se hizo cura y marinero casi al mismo tiempo. Ingresó a la orden de los Misioneros de San Carlos Scalabrinianos, una hermandad de sacerdotes dedicados a la atención de los inmigrantes, fundada por el italiano Juan Bautista Scalabrini hace más de cien años, cuando miles de italianos salieron de la península hacia Estados Unidos, en iguales o peores condiciones a las de los centroamericanos de hoy.

Después de varias jornadas en el mar y terminados sus estudios de filosofía en Europa, Rigoni fue enviado a Tijuana. Era 1985. Un millón seiscientas mil personas serían deportadas ese año de los Estados Unidos, comenzando “un éxodo bíblico” que no se detendría: yendo y volviendo, los migrantes mexicanos y centroamericanos (muchos huyendo de las guerras civiles) se convirtieron en peregrinos y comensales de su primera posada, la Casa del Migrante en Tijuana, fundada en 1987.

Más de 20 años después, el padre calcula que alrededor de medio millón de personas han pasado por las tres casas que fundó con la hermandad (la segunda se estableció en Ciudad Juárez, fronteriza con la población de El Paso, en Estados Unidos, y la tercera en Tapachula, que dirige desde 1987 y donde recibe principalmente migrantes de Centroamérica y Ecuador).

El flujo de los que pasan y no regresan lo ha convertido en un verdadero experto en la materia. En un artículo escribe: “El migrante es un hombre libre, que corta sus raíces, los lazos más profundos de su ser y su identidad... Él irrumpe en nuestro hoy con una visión del mañana”. Su viaje, ha descubierto, es un no retorno que no da campo a la tristeza: “El sudor del pobre es su llanto callado”, le dijo alguna vez un indocumentado ecuatoriano.

Sabe y cuenta muchas historias: la del salvadoreño, por ejemplo, que se montó al tren de carga cerca a Tapachulas y, como cientos de otros, perdió la piernas entre las ruedas y los rieles, convertidas en “sierras de asadero”. Intentó suicidarse inmediatamente, pero su compañero de ruta lo evitó. Se quedaron a vivir cerca a Tapachulas. Como muchos otros mutilados que hoy viven en el sur de México, su viaje terminó ahí. También la de la mujer que logró pasar y fue detenida por la guardia norteamericana. “Máteme”, le rogó la mujer. “Prefiero que mis hijos me sepan muerta antes que el regreso”. El hombre la dejó seguir y llegó a Chicago.

  Pero las historias que cuenta hoy el padre son aún más macabras. Los pandilleros de las Maras Salvatruchas, en el sur, y Los Zetas y otros carteles, en el norte, se han apoderado del business. Controlan las rutas. Le cobran impuesto a los coyotes. Y aún peor, cuentan con redes transnacionales propias, que promueven la migración de la gente: luego los reclutan forzadamente, o los extorsionan, hasta sacarles a sus familias en los Estados Unidos el último peso; en ocasiones, en tantas ocasiones, terminan como los 72 hombres de esta semana: con un tiro en la cabeza, vendidos “por su propia gente, bajo la lógica del gladiador: te mato, pero yo sobrevivo”.

Son días oscuros, los de México, hoy. “La mayoría de los migrantes que están saliendo ya han sido vendidos desde antes de salir”, dice el padrecito, “son ovejas al matadero”.

La semana pasada, muchos no se enteraron de la masacre de San Fernando. Su divulgación coincidió con el hallazgo de los mineros  en Chile, y una masacre más en México fue automáticamente relegada a un segundo plano. Por esa misma vía, otros titulares pasaron  inadvertidos esta semana: en Tijuana, 15 inmigrantes llevan diez días secuestrados por unos hombres que se hicieron pasar por coyotes; en Cancún, la policía rescató a seis balseros cubanos que llevaban un mes cautivos; en Ciudad de México, organizaciones no gubernamentales denunciaron que 20.000 inmigrantes son secuestrados al año.

“Esos 72 inmigrantes asesinados —dice el padre Flor María Rigoni— son un mínimo porcentaje de estas cruces sin nombres, estas tumbas anónimas de muchos migrantes que caen callados. Y la gente migrante sigue muriendo”.

Entonces el padre toma un breve respiro y asegura que  la antropología y la historia y el evangelio le confirman una certeza. Con ella termina la charla. “El que muere —asegura— abre camino”.