La resaca otoñal de la zona del euro

DESPUÉS DE UN VERANO EN QUE los europeos han olvidado sus desdichas bronceándose en la playa, ha llegado el momento de comprobar cuál es la situación real, pues los problemas fundamentales de la zona del euro siguen sin resolverse.

En primer lugar, un plan de rescate de un billón de dólares impidió en mayo una quiebra inmediata de Grecia y una desintegración de la zona del euro, pero ahora las diferencias de deuda soberana en los países periféricos de la zona del euro han vuelto a los niveles vistos en el punto máximo de la crisis en mayo.

En segundo lugar, con una serie de “pruebas de resistencia” financieras amañadas se intentó convencer a los mercados de que los bancos europeos apenas necesitaban 3.500 millones de euros en nuevo capital, pero ahora ya sólo el Anglo-Irish puede tener un hueco de capital de nada menos que 70.000 millones de euros, lo que inspira poderosas dudas sobre la verdadera solvencia de otros bancos irlandeses, españoles, griegos y alemanes.

Por último, una aceleración temporal del crecimiento en la zona del euro en el segundo trimestre impulsó los mercados financieros y el euro, pero ahora está claro que se trató de una mejoría transitoria. El PIB de todos los países periféricos de la zona del euro sigue contrayéndose (España, Irlanda y Grecia) o creciendo apenas (Italia y Portugal).

Incluso el éxito temporal de Alemania está cargado de reservas. Durante la crisis financiera del período 2008-2009, el PIB se redujo mucho más en Alemania —por su dependencia de un comercio mundial que se desplomaba— que en los Estados Unidos. Un rebote transitorio de semejante caída pronunciada no es de extrañar y la producción alemana sigue siendo inferior a los niveles de antes de la crisis.

Además, todos los factores que en la segunda mitad de 2010 y en 2011 provocarán una desaceleración del crecimiento de la mayoría de las economías avanzadas siguen activos en Alemania y en el resto de la zona del euro. El estímulo fiscal se está volviendo austeridad fiscal y un lastre para el crecimiento. El ajuste de existencias que impulsó la mayor parte del crecimiento del PIB durante unos trimestres ha concluido y las políticas tributarias que robaron la demanda al futuro (“dinero para fracasos” en toda Europa, etcétera) han expirado.

La desaceleración del crecimiento mundial y los riesgos reales de que haya una recesión con doble caída en los Estados Unidos y en el Japón impedirán fatalmente el aumento de las exportaciones, incluso en Alemania. De hecho, los datos más recientes de Alemania —descenso de las exportaciones, disminución de los pedidos a las fábricas, crecimiento anémico de la producción industrial y desplome de la confianza de los inversores— indican que ha comenzado la desaceleración.

En la periferia, el plan de rescate de un billón de dólares y las blandas “pruebas de resistencia” aplazaron el momento de la verdad, pero los problemas fundamentales no han desaparecido: grandes déficits y cantidades de deuda pública que serán difíciles de reducir suficientemente, en vista de la debilidad de los gobiernos y la violenta reacción pública contra la austeridad fiscal y las reformas estructurales; grandes déficits de la balanza de pagos por cuenta corriente, pasivos externos del sector privado que serán difíciles de refinanciar y amortizar; pérdida de competitividad (debida a la pérdida de cuota de mercado en materia de exportaciones con gran densidad de mano de obra a mercados en ascenso, al aumento de los costos por unidad laboral y a la fortaleza del euro hasta 2008); escaso crecimiento real y potencial y riesgos enormes de los bancos y las entidades financieras (exceptuada Italia).

Esa es la razón por la que Grecia es insolvente y una reestructuración coercitiva de su deuda pública es inevitable y por la que España e Irlanda tienen graves dificultades, e incluso Italia, que tiene una base fiscal relativamente más sólida pero ha tenido una renta por habitante estática durante un decenio y ha hecho pocas reformas estructurales, no puede mostrarse autocomplaciente.

Como la austeridad fiscal entraña más presiones recesivas y deflacionarias a corto plazo, sería necesario más estímulo monetario para compensar y un mayor aumento de la demanda interna —mediante una austeridad fiscal retrasada— en Alemania, pero los dos protagonistas mayores de la zona del euro —el Banco Central Europeo y el Gobierno de Alemania— no quieren participar en ese programa, con la esperanza de que un trimestre de buenos datos del PIB se convierta en tendencia.

El resto de la zona del euro apenas está en mejor forma que la periferia: los vigilantes de los bonos pueden no haber despertado en Francia, pero los resultados económicos de este país han sido anémicos, en el mejor de los casos, impulsados más que nada por un miniauge inmobiliario. El desempleo supera el 9 por ciento, el déficit presupuestario asciende al 8 por ciento del PIB (mayor que el de Italia) y la deuda pública está aumentando rápidamente. Nicolás Sarkozy llegó al poder después de haber hablado mucho de reformas estructurales; ahora está debilitado incluso dentro de su propio partido y perdió las elecciones regionales ante la izquierda (el único caso en Europa de un cambio a la izquierda en elecciones recientes). En vista de que en las elecciones presidenciales de 2012 afrontará una dura ofensiva del candidato del Partido Socialista —lo más probable es que sea el temible Dominique Strauss-Kahn—, es probable que Sarkozy aplace la austeridad fiscal en serio y lance sólo reformas estructurales cosméticas.

El primer ministro de Bélgica, Yves Leterme, como actual presidente en ejercicio de la UE, habla ahora de una mayor unidad y coordinación de las políticas europeas, pero Leterme no parece que pueda mantener unido su propio país, por no hablar de Europa. Incluso Ángela Merkel —en la Alemania que crece— ha quedado debilitada en su propia coalición. Otros dirigentes de la zona del euro afrontan una oposición política dura: Silvio Berlusconi en Italia, a quien hemos de esperar que pronto echen del poder; José Luis Rodríguez Zapatero en España; George Papandreou en Grecia. Y la política se está volviendo nacionalista en muchas partes de Europa, como lo refleja una reacción violenta contra los inmigrantes, las redadas contra los gitanos, la islamofobia y el ascenso de partidos de extrema derecha.

De modo que una zona del euro que necesita austeridad fiscal, reformas estructurales y políticas financieras y macroeconómicas apropiadas está políticamente debilitada tanto en el nivel nacional como en el de la UE. Por eso mi mejor hipótesis es que la zona del euro irá tirando mal que bien en los próximos años; en el peor de los casos (y con una probabilidad de más de un tercio), la zona del euro se fragmentará por la combinación de reestructuraciones de la deuda soberana y salidas de algunas de las economías más débiles.

*Profesor de la Universidad de Nueva York.

© Project Syndicate 1995-2010.

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