Infiltrados, la clave

De cómo las Fuerzas Militares ubicaron, le hicieron inteligencias y bombardearon al 'Mono Jojoy'.

Las Fuerzas Armadas siempre tuvieron claro que Víctor Suárez Rojas, Jorge Briceño Suárez o el Mono Jojoy nunca dejó su mando en el bloque Oriental de las Farc. Por eso se mantuvo en el territorio que fue zona desmilitarizada para el proceso de paz en el gobierno Pastrana, entre los departamentos del Meta y Caquetá. Pero era como buscar una aguja en un pajar. Sin embargo, a partir del último trimestre de 2008, a través de una labor paciente y rigurosa, con el apoyo de varios desmovilizados y la audacia de infiltrados de la Policía, fue llegando hasta el campamento donde cayó abatido esta semana, en una operación que necesitó tiempo, recursos, inteligencia y coraje.

La primera pista apareció de una manera inesperada. Hacia septiembre de 2008, dos meses después del golpe de la ‘Operación Jaque’, que logró liberar a 15 secuestrados políticos de las Farc, oficiales de inteligencia militar detectaron la orden de Alfonso Cano de retomar sus corredores de movilidad en Cundinamarca. Esa información fue canalizada a través de la Decimotercera Brigada con sede en Bogotá y la Quinta División del Ejército, para contener la avanzada guerrillera. La acción se concentró en detener un despliegue guerrillero desde las márgenes del río Duda, a través de una estribación de la cordillera conocida como El Tamizal.

La operación militar resultó exitosa. En la parte alta del Sumapaz ya había sido capturado Bernardo Mosquera Machado, alias El Negro Antonio, y en un contraataque de brigadas móviles en persecución de los guerrilleros en retirada se detectaron dos datos determinantes. El frente 25 de las Farc estaba cumpliendo una misión específica: concretar el enlace entre el bloque Oriental del Mono Jojoy en el Meta y el bloque Central de Alfonso Cano en el sur del Tolima. Es decir, oficiaba como una especie de retaguardia entre los dos comandantes. Pero desbaratar este frente podía esperar, pues el otro hallazgo resultó más desconcertante.

En la vasta región de La Macarena, de manera estratégica, el bloque Oriental había creado múltiples refugios subterráneos. Para el mes de marzo de 2009 ya habían sido detectadas 11 cavernas habilitadas como sofisticados búnker. Pronto las Fuerzas Militares concluyeron que eran las madrigueras del Mono Jojoy y sus hombres de confianza. En ese momento, el entonces ministro de Defensa, Juan Manuel Santos, personalmente se internó en las cuevas para entender cuál era el desafío de ubicar al jefe guerrillero. Hacia julio ya la Fuerza de Tarea Omega le seguía los pasos y conocía cómo estaban estructurados sus tres anillos de seguridad.

Así llegó el final de 2009. Recaudando información de guerrilleros desmovilizados sobre el proceder del Mono Jojoy; descifrando sus nuevos códigos de comunicación; analizando sus movimientos entre el Caquetá y el Meta. Las operaciones militares se concentraron en romper el nexo entre el Mono Jojoy y Alfonso Cano, y después en sumar información de inteligencia. A principios de 2010, aún en el gobierno Uribe, las Fuerzas Militares tenían claro que además de los miembros del secretariado ocultos en Venezuela, los demás estaban en el Meta, Caquetá, Putumayo, el sur del Tolima y el Valle del Cauca. Y el Mono Jojoy, primer objetivo, en La Macarena.

Entre los ríos Duda y Guayabero, en un territorio que las Farc conocen en detalle, el Mono Jojoy andaba con unos 20 combatientes. Como en círculos concéntricos, un segundo anillo de seguridad de unos 150 guerrilleros le cuidaban la espalda. Y ampliando el radio de acción, un tercer anillo de unos 500 hombres aseguraban al comandante. Entre los tres anillos formaban una red de unos 15 campamentos, debidamente organizados con sus refugios subterráneos. Las Fuerzas Armadas lo fueron clasificando con los desmovilizados y la inteligencia de la Policía y la Armada aportaron lo suyo: el dato minucioso de la región, sus antecedentes, sus corredores geográficos, sus líneas de abastecimiento.

Estaban cerca. Pero aún requerían algo más íntimo. Un capturado lo proporcionó. Muchas veces reunido con oficiales de inteligencia militar y policial, el ex guerrillero empezó a contar cómo vivía el Mono Jojoy, su temor a las bombas de la Fuerza Aérea, su cotidianidad como jefe militar de las Farc y, principalmente, la diabetes que poco a poco estaba minándolo. Él se mantenía bien físicamente, pero cada día requería una mayor dosis de insulina. Y sabía que no podía dejarla para sobrevivir. Sus redes de apoyo le conseguían el medicamento en Bogotá y Villavicencio, así como la alimentación especial, porque su mal exigía una dieta distinta.

Esa diabetes le fue quitando peso y causándole pequeñas laceraciones en las manos y en los pies que terminaron obligándolo a utilizar unos zapatos de goma, más suaves pero resistentes, que le permitieran moverse en sus travesías. Ese detalle también fue suministrado por el desmovilizado de las Farc y utilizado debidamente por los hombres de inteligencia. Por eso se estableció que esos zapatos provenían de un almacén de Villavicencio y que sus enlaces se los llevaban hasta La Macarena. El paso a seguir fue ganar confianza en el almacén y los compradores, hasta infiltrarse en las Farc con una idea precisa: convertir los zapatos en el señuelo esperado.

Todo era cuestión de tiempo. Los infiltrados pronto corroboraron lo que los desmovilizados habían dicho. El Mono Jojoy, como en su momento Pablo Escobar, trabajaba de noche. Con estricta disciplina, se ponía de pie a la una de la mañana y duraba entre dos y tres horas en el radioteléfono. Se comunicaba con los comandantes de frentes, los miembros del secretariado y la gente en el exterior. Hacia las cuatro de la mañana dormía un par de horas y con el alba se levantaba de nuevo a hacer ejercicio, recorrer sus anillos de seguridad y dar órdenes, antes de regresar a su refugio donde compartía su inquietud de morir envenenado o explotado por una bomba.

Lo que no sabía el Mono Jojoy es que un infiltrado había logrado ajustar la pieza que faltaba para que las Fuerzas Militares lo dieran de baja. En uno de sus zapatos especiales fue ubicado un diminuto localizador satelital (GPS) que daba las señales necesarias para establecer el punto exacto donde las Farc habían instalado el campamento de La Escalera. Era el momento de actuar. En Bogotá, Villavicencio y Granada (Meta) los hombres de inteligencia tenían controlado el movimiento de los enlaces y las necesidades de los anillos de seguridad del jefe guerrillero. Sólo faltaba la orden presidencial para la hora cero de la ‘Operación Sodoma’.

Y ésta llegó cuando las Fuerzas Armadas establecieron que el Mono Jojoy trataba de coordinar nuevas acciones de guerra. Además, existía otra información que podía garantizarle al Estado un mayor éxito. El jefe guerrillero estaba planeando una reunión de mandos medios en su persistente propósito de recobrar las maltrechas estructuras del bloque Oriental. Antes de partir hacia Estados Unidos, el presidente Juan Manuel Santos autorizó la operación, ya los infiltrados habían salido del área y los desmovilizados habían cumplido su labor. Antes de la medianoche del pasado miércoles, la ‘Operación Sodoma’ estaba concluida. Casi dos años de labor persistente y una acción necesaria que hoy agradece la sociedad colombiana.

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