Sobre la violencia juvenil

Reflexiones del rector del colegio Nueva Granada, a raíz de una columna de Miguel Silva.

Un incidente reprochable sucedió el fin de semana pasado, que cambió por siempre la vida de dos familias y dos colegios. Un golpe de un niño en la noche del viernes en la Zona T hospitalizó a otro niño. Este incidente genera, con razón, emociones fuertes de reproche, pero evidencia asimismo temas profundos de las condiciones actuales de nuestras familias, colegios y la sociedad en general. Como rector involucrado, además de buscar respuestas directas sobre el incidente, he reflexionado sobre los importantes dilemas que enfrentamos los colegios en la actualidad.

Antes de compartir estas reflexiones, me siento obligado a discutir el suceso que ocurrió la semana pasada. Quiero primero expresar mi profunda tristeza por un acto inexplicable de agresión que hirió a un joven y tiene a dos familias en vilo. Quiero además compartir nuestra convicción de que los actos de violencia son inaceptables. Todos los que conocemos estas familias estamos conmovidos, angustiados y tristes. Infortunadamente, he descubierto que muchos colegios en nuestra ciudad y en el país han sentido el mismo dolor. ¿Por qué estos incidentes son ahora tan comunes?

Cuando las agresiones físicas suceden dentro del colegio, la administración del colegio puede responder con medidas contundentes e imponer castigos disciplinarios severos. Pero, ¿qué hacer cuando el incidente ocurre durante el fin de semana? ¿Quién debe ejercer las sanciones disciplinarias? ¿Los padres, el colegio, la justicia? Y si las familias transmiten al colegio que desean manejar el incidente entre ellos, ¿cómo debe el colegio responder? ¿Debe respetar los deseos de las familias o imponer unilateralmente sanciones disciplinarias? Las administraciones de los colegios, las juntas directivas y la comunidad enfrentan un dilema profundo: ¿Hasta dónde debe actuar el colegio en reemplazo de los padres para resolver un incidente serio que ocurrió cuando los jóvenes estaban bajo el cuidado de los padres?

La responsabilidad del colegio, en reemplazo de los padres, se inicia desde el momento que los estudiantes llegan al colegio hasta que retornan a sus casas. Durante esas horas, los colegios deben asumir su responsabilidad. Los colegios tienen el DEBER de propiciar un ambiente seguro y apropiado para aprender. Los colegios tienen la OBLIGACIÓN de definir estándares claros de comportamiento y definir las consecuencias de un comportamiento inapropiado. Los colegios tienen la RESPONSABILIDAD de adoptar medidas disciplinarias para proteger a los niños que están bajo su cuidado.

Sin embargo, una vez los estudiantes abandonan el ambiente estructurado que provee el colegio, se enfrentan a contextos diferentes, con un amplio espectro de valores familiares y expectativas. Pese a esta realidad, nuestra sociedad espera que los padres cumplan con una responsabilidad similar a la de los colegios: 1) el DEBER de los padres de proveer un ambiente seguro y supervisado para sus hijos; 2) la OBLIGACIÓN de los padres de definir unas expectativas sobre el comportamiento ético de sus hijos y establecer unas consecuencias para una conducta inaceptable; y 3) la RESPONSABILIDAD de los padres de hacer cumplir sus reglas basadas en valores familiares sólidos. Pero, ¿qué sucede cuando un estudiante no cumple con esos valores familiares? ¿Son los colegios completamente responsables por sus acciones? Y si hay una falta de supervisión y compromiso por parte de los padres, ¿son la policía y el sistema legal responsables de abordar estos incidentes públicos en reemplazo de los padres?

En un fin de semana normal, se otorga cada vez más libertad sin supervisión a los estudiantes en Bogotá, y en muchos casos con alcohol disponible. Sin la posibilidad para los colegios de controlar el ambiente externo, ¿puede la sociedad exigir la total responsabilidad a los colegios por el mal comportamiento de sus estudiantes durante los fines de semana? Y si, además, no hay una acción de la policía acompañada de acciones legales tras el incidente, ¿deben los colegios asumir el papel de investigadores, fiscales y jueces las 24 horas del día, siete días a la semana y todo el año? ¿Beneficia este rol creciente asignado a los colegios, para actuar como padres y policías, a nuestros jóvenes?

No hay duda: un incidente reprochable ocurrió el fin de semana pasado, que cambió por siempre la vida de dos familias y de dos colegios. Ahora que se acerca el siguiente fin de semana, hay una alta probabilidad de que dos familias más y dos colegios diferentes enfrenten un suceso similar y su consecuente dolor —ad infinitum—. Si bien esta perspectiva perturbadora plantea varias preguntas, considero que las respuestas no se encuentran sólo señalando a los colegios como culpables o redentores. Sugiero preferiblemente que iniciemos un diálogo profundo para definir cómo podemos unirnos, como padres, colegios e instituciones públicas, para educar mejor, mejorar el comportamiento ético y cumplir con nuestras responsabilidades disciplinarias. Nunca debemos olvidar este incidente. Debemos iniciar nuestra conversación vital hoy… porque no podemos esperar hasta el próximo fin de semana.