La herencia de Lula

Ningún candidato se atreve a criticar al actual mandatario.

“Me voy a comportar como un buen ex presidente. Voy a viajar por todo el país y si veo que algo está mal, lo diré”. A pocos días de las elecciones presidenciales, muy pocos se preguntan en Brasil quién va a ganar: Dilma Rousseff, de 62 años, la candidata de Lula y del Partido de los Trabajadores (PT), lleva, según todos los sondeos, una amplia ventaja, hasta el extremo de que podría ganar en la primera vuelta al socialdemócrata José Serra, con algo más del 50% de los votos.

Las preguntas y las dudas se plantean mucho más en torno al papel que tendrá en el futuro el propio Luiz Inácio Lula da Silva (de 65 años), que abandona el cargo siendo el presidente más popular de la historia de Brasil, y al reparto del poder en el primer gobierno de Rousseff.

“Se confunden si creen que Dilma hubiera aceptado ser la vaca en Belén” (una figura decorativa), insiste Lula.

Rousseff, hija de un inmigrante búlgaro, se ha distinguido siempre por su fuerte carácter y por una enorme capacidad de gestión, pero si ha conseguido aumentar vertiginosamente su escasa popularidad inicial (hace menos de un año estaba 20 puntos por debajo de Serra) ha sido gracias al apoyo del presidente Lula, que la eligió como heredera, y que se ha empleado a fondo en la tarea de garantizarle aliados y de acompañarla por todo el país: no pasan tres días sin que aparezcan juntos en algún acto público. Su avance se debe también a los errores cometidos por Serra, de 68 años, gobernador de São Paulo, el Estado más rico del país, que ha demostrado una inesperada dificultad para conectar con la mayoría de los brasileños.

Las elecciones se van a desarrollar en un clima agitado, pero sin que ninguno de los candidatos más importantes suponga un riesgo para la estabilidad de un proceso político que se inició en Brasil, al fin de la dictadura militar, primero con la presidencia de Fernando Henrique Cardoso, del Partido Socialdemócrata de Brasil (PSDB), al que pertenece Serra, y después con los dos mandatos del presidente Lula, del Partido del Trabajo, que se cierran con un extraordinario balance económico y social.

Ninguno de los tres candidatos (Rousseff, Serra y Marina Silva, del Partido Verde, a la que los sondeos atribuyen entre el 8 y 10% de votos) pone en duda la figura de Lula, los avances logrados o los exitosos planes de inserción social (como la Bolsa de Familia) que ha sacado a casi 30 millones de personas de la pobreza y han ayudado a que la llamada “clase c” (clase media) suponga ya el 51% de la población, en un país corroído históricamente por una cruel desigualdad.

Tampoco existen enormes diferencias en las propuestas de política económica (que van de la centro-derecha a la centro-izquierda) y que tendrán que gestionar una buena herencia: Brasil sigue creciendo a tasas muy importantes (este año se anuncia un récord del 7,3%, superado ya el parón que provocó en 2009 la crisis mundial), con una inflación que ronda el 4 ó 5%. Los lemas de las campañas de Rousseff (“Para que Brasil siga cambiando”) y de Serra (“Brasil puede hacer más”) resumen bien este análisis, compartido por la mayoría de los expertos.

La composición del futuro gobierno de Rousseff está dando ya origen a todo tipo de especulaciones. El sistema político brasileño, extraordinariamente fragmentado, hace que sea casi imposible que un partido consiga mayoría parlamentaria en ninguna de las dos Cámaras. Lula buscó con ahínco el apoyo, no sólo de pequeños partidos de izquierda, sino del importante Partido del Movimiento Democrático Brasileño (PMDB), que simboliza José Sarney, y que hoy día dirige Michel Temer. Ahora, ha conseguido traspasar esa alianza a Rousseff, que podrá contar con sus votos, pero que tendrá también que pagar el precio adecuado.

No será fácil imponerle nombres a la Dama de Hierro (como conocen a Rousseff), pero está claro que ella misma tendrá que encontrar los equilibrios necesarios, como hizo Lula durante sus mandatos.