La armada imposible (2)

Fue así como Felípe II, quien con cada misterio del Rosario iba anudando el catálogo de sus dominios, le dio vuelo (o velas: las de lino de los galeones españoles y las de cera que ardían en los templos) al proyecto de invadir Inglaterra.

Ya había tenido que soportar demasiado, el Rey, la audacia de ese pueblo de piratas y de herejes, que además ahora se juntaba con los flamencos y con ellos regaba la cerveza para celebrar por el oro que, en el Caribe, perdía el Imperio Cristiano a manos de implacables ladrones que al regresar a su tierra lo hacían como Almirantes o parlamentarios. 

Felípe recordaba muy bien la naturaleza terrible de esa isla atravesada por la lluvia, pues también sobre ella había logrado poner un poco de su poder y de su fe; no lo suficiente, sin embargo, porque su matrimonio con María Tudor, que era la  nieta de sus bisabuelos –es decir la prima de su papá Carlos V–, la famosa María la sangrienta que al coronarse llevó de vuelta el catolicismo a la corte de Londres, no pudo echar raíces entre las intrigas y la infertilidad: ni un solo hijo de la misma sangre; ni un solo recuerdo grato. España tenía una vieja cuenta por cobrar allá arriba, y lo iba a hacer aun contra la opinión del viento.

Y la del Papa Sixto V, quien sabiamente, viendo la dificultad del plan, firmó de dientes para afuera una Bula en que le daba al Rey de España la “bendición” para hacer una cruzada contra los anglicanos y sus madres, impíos ingleses, pero advirtiendo, eso sí, que el dinero de la Iglesia sólo se iba a ver cuando la Invencible llegara a buen puerto en la costa enemiga.

La Invencible (“Grande y Felicísima”): así se llamaba la flota que zarpó desde Lisboa en mayo de 1588 para conquistar, bajo el mando del Duque de Medina-Sidonia (que no tenía experiencia y se mareaba en las naves; allí otro error), las Islas Británicas. Y lo que iba a ser una lección de Dios se volvió pronto un desastre –es decir una lección de Dios–, y los españoles tuvieron que batirse a muerte contra el viento y los temporales, contra Drake y contra el diablo, y tras largos meses vieron cómo sus maderas se consumían en el agua y su gente con ellas. 20 mil hombres muertos y más de 100 barcos.

No mandé a mis soldados a luchar contra los elementos, dijo Felípe II al recibir a los pocos desdichados que regresaron del horror. Y tenía  razón: también España le dejó a Inglaterra la peste.

Si tiene alguna duda o anécdota histórica que qusiera confirmar o averiguar, escriba a [email protected]

Temas relacionados
últimas noticias

Melania Trump, ¿sabe lo que hace?