Así trabaja un enfermero de combate

Testimonio de un hombre que cuida la vida de sus compañeros en medio de las balas.

Antes que ser policía, John Fidier Gutiérrez consideró ser sacerdote. Ingresó al Seminario Católico de Medellín, pero el uniforme verde le ganó a la sotana y, en abril de 2002, Gutiérrez se graduó como patrullero en la escuela de Policía de Manizales. Dos años y cinco meses después, esta decisión le costó la vida cuando, en zona rural de Pensilvania (Caldas), el escuadrón móvil de carabineros al que pertenecía fue emboscado por el Frente 47 de las Farc (entonces comandado por la hoy reinsertada Karina).

Seis de sus compañeros resultaron lesionados por la explosión de una bomba colocada en la vía por el grupo guerrillero. Dos tenían heridas en un hombro; otros dos, en la pierna izquierda; uno, en un omoplato y otro presentaba un trauma craneoencefálico. A Gutiérrez, una esquirla le había atravesado la arteria femoral de la pierna derecha. Luego de ayudar a estabilizar a los seis policías malheridos, el enfermero murió cuando un helicóptero lo llevaba hacia Mariquita (Tolima) para que lo atendieran a él.

Uno de los relatos más impresionantes de la Fuerza Pública sobre asistencia en combates lo tiene Giovanny Góngora, un patrullero de la Policía de 27 años de edad cuya labor fue reconocida este año por la misma institución con el galardón Corazón Verde. Hace un año, el escuadrón móvil al que él pertenecía fue trasladado a San José del Guaviare para apoyar las erradicaciones manuales en la zona, y Góngora y su grupo fueron enviados a zona rural del municipio El Retorno, en estos días tan famoso por ser la región donde, según las Fuerzas Armadas, podrían estar los secuestrados ‘canjeables’ de las Farc.

Los 150 uniformados del escuadrón, junto con un grupo de soldados del Ejército, formaron un perímetro para proteger a los 60 campesinos que arrancaban las matas de coca. El terreno era selvático y los integrantes de la Fuerza Pública se movían de acuerdo con el tiempo que les tomara a los erradicadores hacer su trabajo. Podían ser tres días, como podían ser cinco. Pero, un día, la población les empezó a advertir sobre la inminente llegada de la guerrilla. “Todas las mañana nos concientizábamos de la situación. Manteníamos el armamento limpio y la mochila lista para cualquier situación”, narra Góngora.


Durante una tarde lluviosa,  las alarmas de los civiles se hicieron realidad. Unos 300 guerrilleros aprovecharon el mal clima para emboscar la   zona custodiada por  soldados y  policías. Disparaban con armas largas y cortas, tiraban explosivos como granadas de mortero y de mano, se sentían las ráfagas de ametralladoras. Los insurgentes se acomodaron en la maraña y desde la espesura de la selva soltaron todo su arsenal contra los uniformados. “¡Góngora, Góngora!”, escuchaba el más preparado de los nueve enfermeros que iban en el escuadrón. Pero sin iluminación le era muy difícil identificar de dónde provenían los gritos de auxilio.

“Cuando salimos a reaccionar nos vimos hostigados por todos los lados. Como el fusil bota ‘fogonazos’, chispas que dejan ver quién es el que dispara, uno se tiene que cambiar para que no lo cojan. Cualquier lucecita en la selva, de lejos, se ve muy bien”. De repente, Góngora oyó un grito penetrante de un policía, pero llegar a él era casi imposible por el fuego cruzado. “Recé un Padrenuestro, tomé un respiro y llegué a donde estaba mi compañero, disparando a los lados para poder defenderme. Estaba a unos 50 metros de distancia, que se me hicieron eternos”.

“¡Góngora, la pierna!”, me gritaba Daza”. Pero Góngora no podía revisarlo en ese lugar, por lo que lo alzó. Y al hacerlo, sintió mucho líquido. “Me di cuenta de que le colgaban pedacitos de la pierna sujetados por el uniforme. Lo llevé a un punto más seguro, varios de mis compañeros llegaron a apoyarme y pudimos sacarlo a un lugar con un poquito más de seguridad”. El enfermero alumbró a su compañero Daza con un reloj iluminator que todavía conserva. “Apreté el botón y me lo puse en la boca. Otro compañero prendió la luz del celular, pero tuvimos que apagarlo para no dar papaya”.

Las balas habían impactado la rodilla y el antebrazo izquierdos de Freddy Daza. Góngora le rompió el uniforme, le aplicó suero intravenoso e hizo presión directa sobre la herida para detener  la hemorragia. Todavía podía mover los dedos del pie. Pero ni los disparos ni la lluvia paraban y el helicóptero como llegó se fue. “Ahí fue la zozobra”, recuerda Góngora. Con una estera y troncos, cinco agentes construyeron una camilla improvisada y  sacaron al herido a un lugar más oscuro, casi a un kilómetro de distancia, para que la aeronave pudiera recogerlo y llevárselo.

“Yo estaba cansado, la caminata nos dejó así. Nos seguían disparando. Dábamos diez pasos y nos botábamos al piso. A Daza lo llevábamos cuatro. Lo descargábamos, tomábamos posición de seguridad, disparábamos y seguíamos avanzando. Ahí él entró en razón y a ratos disparaba desde la camilla”, cuenta el enfermero, quien se acuerda también de la maniobra que implicó recoger al herido: “El helicóptero no podía aterrizar porque necesitaba una señal. Tocó sacar una cámara fotográfica, alguien de la Sijín tal vez la tenía, o de la Sipol. Disparamos, flash, flash, flash, hasta que el helicóptero, que era del Ejército, aterrizó”.

A Daza se lo llevaron para el Hospital de San José del Guaviare. Góngora voló con él, pero a los dos días tuvo que regresar al monte. Y no supo más de la suerte de su compañero hasta que, 15 días más tarde,  lo llamaron a decirle que Daza había perdido la pierna. “Me desmoralicé completamente. Pero él me contó que los médicos decidieron amputarle la pierna por el grado de infección que tenía. Que el dolor no le paraba ni con droga. Me juró que cuando se la quitaron descansó. Entonces, yo también descansé”.