La borrachera del dólar

<p>La caída frecuente de la moneda estadounidense ha prendido alarmas en sectores exportadores y Gobierno. Desmontar coberturas cambiarias de los portafolios públicos, podría ser una opción para cambiar el panorama.</p>

Después de que el miércoles pasado se registrara negocio en el mercado cambiario a un mínimo de $1.633 por dólar, al día siguiente se registraron operaciones a $1.693, contabilizando una volatilidad de $60 en 24 horas que hace tiempo no se veía. Este brusco movimiento se dio después de que se rompiera a la baja la barrera de los $1.700 que sin duda representaba un nivel sicológico muy importante no sólo para el mercado cambiario sino para la economía en general.

Sin duda viajar a Estados Unidos será más barato, el problema es que haya trabajo para pagar el viaje. Precisamente esta última preocupación ha puesto de manifiesto el lado oscuro de la revaluación: la pérdida de empleos. Colombia produce petróleo, carbón y ferroníquel en importantes cantidades para la exportación y esos productos se venden sin importar el precio del dólar, no sólo porque son productos de primera necesidad sino también porque sus precios a nivel internacional van volando, compensando la revaluación.

El problema es que estos sectores son más intensivos en capital que en mano de obra y por lo tanto su capacidad de generación de empleo es muy limitada. Otro capítulo de este cuento lo protagonizan las demás exportaciones, llamadas no tradicionales, las cuales, debido a la alta competencia que enfrentan en el mercado cambiario, necesitan competir con precio internacional como principal gancho para su venta, salvo contadas excepciones de productos que por marca Colombia se venden al precio que se pida.

Son precisamente las exportaciones no tradicionales las más intensivas en mano de obra y principales generadoras de empleo del sector exportador y por ello, si por competencia deben ofrecer el menor precio en dólares posible, una caída del precio del dólar en pesos como la que ha sufrido la economía colombiana en los últimos años, es mortal. Sus costos van por el ascensor del peso y sus ventas e ingresos por la escalera del dólar.


Ya se ha vivido esto antes. En 1982, la economía colapsó después de un proceso revaluacionista alimentado por la abundancia de divisas provenientes de la bonanza cafetera y marimbera de los años setenta, al tiempo que la acelerada inflación mermaba la competitividad de nuestras exportaciones, hasta que en 1985 de manos del Ministro Junguito tuvo que devaluar 50% el tipo de cambio.

En la década de los noventa la bonanza petrolera de Cusiana y Cupiagua no sólo incentivó un estancamiento en el precio del dólar en un ambiente cambiario más flexible y presiones inflacionarias alcistas sino que, debido a la apertura de capitales, éramos más vulnerables a los choques externos, como lo fue la crisis cambiaria de Asia en 1997, desequilibrando nuestras cuentas  externas y precipitando la crisis de 1999. Posteriormente en 2002, de manos otra vez del ministro Junguito, el peso se devaluaría cerca de los $3.000 por dólar. 

La historia parece repetirse, ya no sólo por una bonanza cafetera o petrolera sino por una bonanza de confianza que debe también administrarse, tal como lo han hecho Chile y Perú, que a pesar de atraer inversión extranjera no presentan la revaluación récord de Colombia.

Los frentes a cubrir son varios y van desde lo fiscal a lo monetario. Sin embargo, el Gobierno podría considerar ordenar a quienes le administran portafolios públicos  el desmonte de las coberturas cambiarias que dichos administradores abren para hacer rentar los activos en dólares. Esta decisión podría golpear sin duda la rentabilidad de dichos portafolios, pues, aunque se disminuiría un poco la presión a la baja que el permanente roll over que estas operaciones ejercen sobre el mercado, se desaprovecharía la devaluación.

La concientización de los efectos perversos de la revaluación será muy efectiva para ponerle piso a la tendencia revaluacionista. Hay cosas por hacer, como desmontar coberturas cambiarias de los portafolios públicos y mejorar la comunicación entre agentes cambiarios y autoridades económicas, esto, antes de que la fiesta de estos últimos años termine en una borrachera inmanejable con su respectivo guayabo negro.