Casas y cosas

La vida de las casas modernas de Bogotá llega a su fin: de uso familiar a comercial, de ruina a escombro, de fantasma a parqueadero, mole de dormitorios o edificio de oficinas. Las casas que sobreviven son “de conservación”, ejercicios de pastelería en su mayoría.

Diseñadores y arquitectos ornamentan las fachadas a punta de letreros, rejas y pañete, exfolian el frente y tumban el interior, pintarrajean una atractiva máscara histórica que le hace un guiño al comprador: un efecto de tradición, familia y propiedad. Y no sólo las casas mueren, las cosas también, ya nada dura, lo que se daña no se arregla, se bota.

La exposición “Apéndice”, de Gabriel Sierra, en la Galería Casas Reigner, es un observatorio, un ensayo agudo, incrédulo y poético acerca del poder del diseño y la arquitectura sobre la vida.

En un popular diseño de percheros los pulidos botones de colores que sostienen la ropa son reemplazados por frutas que maduran y se pudren a la vista… en otra casa comercial, cuadras más abajo, hay una brillante y colorida fantasía del progreso: en las góndolas del supermercado Carulla los frutos son promesa madura de eterna juventud, cuernos de abundancia afines al diseño del escudo nacional. En otra pieza, Sierra juega con manzanas que envejecen ante fríos espejos en un impío caleidoscopio, un artificio platónico… un espejismo similar al de esos restaurantes donde se come diseño, vacío, dieta sin sabor, gula de la imagen.

El laberinto que llega al corazón de la exposición es un corredor de cajas, espacios, música, largas hileras de libros anónimos forrados de papel blanco y gris, bibliotecas por metros para la casa del hombre sin atributos, superficie rompecabezas que desemboca en un plano general de asociaciones: maquetas de casas y estrechos habitáculos unipersonales y multifamiliares; diseños enfrascados; collages de viejos anuncios de carros afectados por herrumbre; instrumentos para medir que miden lo inconmensurable, reglas enmarcando el reflejo de la cotidianidad, de la nada, de los observadores observados; un viejo tazón agrietado, indeciso, donde se abisman un “sí” y un “no”; un par de cauchos con los cuatro puntos cardinales: brújula elástica y caprichosa para una ciudad que hace rato perdió el norte.

Afuera, a unos metros de la galería, un anuncio es eco de “Apéndice”, señal de la destrucción de la antigua mansión del lenguaje, entrada al tugurio de las ocurrencias, signo tragicómico de la guerra que pierden la arquitectura y el diseño en la ciudad: “Parqueadero The Parking Lot”.

*Profesor Asociado Universidad de los Andes.

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