China: en la recta final

Un país comunista que debió naufragar en la Guerra Fría, hoy sustenta y le quita el sueño a un planeta conquistado por el capitalismo. El 8 de agosto el mundo entero será testigo de los resultados de una estrategia de desarrollo de 30 años. ¿Cómo y qué ha logrado China y por qué tiene al mundo rascándose la cabeza?

En el bufete de abogados más importante de España pensaron que era una broma. Garrigues Abogados, que desde hacía algún tiempo había abierto un despacho en Shanghai, tomó la iniciativa de intercambiar profesionales del derecho con un bufete corresponsal de la gran ciudad costera china. La idea era enviar a Shanghai algunos abogados españoles para que se familiarizaran con la nueva realidad de la potencia oriental y, en contrapartida, recibirían en Madrid el número de licenciados en derecho que la firma china estimase conveniente. “Informamos a nuestros honorables colegas españoles que estamos dispuestos a enviar mil nuevos egresados de nuestras facultades para este provechoso intercambio de profesionales”, fue la respuesta.

De estas proporciones es el reto que en innumerables campos enfrenta Occidente con la China del siglo XXI. De hecho, uno de los más importantes cambios operados en la sociedad china en los últimos años es la admisión, en el ámbito de la justicia, de la presunción de inocencia. Hasta hace apenas unos años, el reo en el sistema penal chino era culpable mientras no se demostrara lo contrario. Y este cambio, aparentemente elemental, ha sido uno de los muchos pasos dados por China para garantizar seguridad jurídica a los empresarios occidentales que hoy hacen cola para abrir negocios allí.

Pero los cambios de un país que hoy asombra al mundo vienen de lejos. El proceso de reforma emprendido por China en 1978 es consecuencia de una evolución marcada por el enfrentamiento entre dos grandes facciones del Partido Comunista Chino (PCCh): el ala radical, izquierdista y muy ligada a la figura de Mao Tsetung, y la facción que podría denominarse como moderada o pragmática.

El primer choque se hace patente en 1957 con el Gran Salto Adelante, un fracasado intento maoísta de incrementar la producción agraria y la creación de nuevas industrias en el campo. Aquello provocó un desorden en el aparato productivo que, agravado por condiciones naturales adversas, fue causa de una de las mayores hambrunas de la historia contemporánea. Este fracaso apartó a Mao temporalmente del poder, tras lo cual el Gran Timonel lanzó la Revolución Cultural con el doble objetivo de poner de nuevo en práctica sus planteamientos y deshacerse al tiempo de sus rivales políticos.

La Revolución Cultural sumió al país durante diez años en un caos aún mayor que el Gran Salto Adelante hasta que, tras la muerte de Mao en 1976, y luego de un periodo de ostracismo, se impuso en la cúpula del poder una figura rechoncha, de mirada astuta, que de manera incuestionable encarna la gran transformación del gigante asiático: Deng Xiaoping.

Cuenta Harrison Salisbury en The new emperors, un estudio comparativo entre Mao Tsetung y Deng Xiaoping, que en una reunión con Nikita Jruchov en 1957, Mao le dijo al entonces líder soviético: “No subestime a ese hombrecillo, destruyó un ejército de un millón de hombres de las mejores tropas de Chiang Kaishek”, y añadió: “Tiene un brillante futuro ante él”. El “hombrecillo” a quien se refería Mao era Deng Xiaoping. Seguramente el Gran Timonel nunca imaginó que sus palabras eran


proféticas y que aquel a quien señalaba en ese momento sería su sucesor al cabo de los años, después de pasar por innumerables vicisitudes; entre ellas dos depuraciones, e incluso de haber estado al borde de morir a manos de los propios militantes de su partido.

Fue precisamente tras uno de los momentos de mayor agobio para el ala pragmática del PCCh, cuando Deng pronunció la frase más emblemática de su credo político. Durante una reunión de la Liga de Juventudes, en 1962, refiriéndose al cambio de condiciones en el sistema de producción, dijo: “Debemos legalizar lo que hoy es ilegal. Para citar un viejo dicho de Sichuan: ‘no importa si el gato es amarillo o negro, lo importante es que cace ratones’ ”. Esta es la cita real y el contexto de la frase que al popularizarse, años más tarde, cambió el color amarillo por el blanco.

La habilidad política de Deng Xiaoping radicó, en primer término, en comprender que el sistema económico importado de la Unión Soviética era inviable y que el país debía encontrar alguna fórmula que permitiese la introducción de la economía de mercado. Y aunque Deng razonó la necesidad de establecer una economía de mercado en términos marxistas, bien podría haberlo hecho en términos confucianos, a partir de la ancestral tradición china.

Confucio, excomulgado durante los largos años del maoísmo en China, había vuelto a tener vigencia en el país y uno de sus principios es que el poder debe garantizar el bienestar de sus súbditos, asunto poco menos que imposible con el sistema de planificación económica que ya había mostrado con creces su inoperancia.

Pero, además, Deng Xiaoping tuvo muy claro —particularmente en el momento en que el Muro de Berlín se desmoronaba y en Occidente se pensaba que China seguiría la misma senda— que el Partido y el Estado eran la misma cosa. Si el Partido-Estado desaparecía, su espacio sería ocupado por las mafias, de gran arraigo en la cultura política china. Una transición ordenada y sin traumas a la economía de mercado sería imposible.

En lugar de exportar la revolución, como pregonaba Mao, Deng se decantó por una política exterior de bajo perfil, encaminada fundamentalmente a facilitar el desarrollo económico. Había que conseguir nuevos mercados, capital, ciencia y tecnología, técnicas empresariales de los países más desarrollados y materias primas. El desarrollo económico, no la ideología, era ahora el eje de la política exterior china y el hito que marca esta nueva etapa es el ingreso de China en la Organización Mundial de Comercio (OMC).


De esta manera China se convierte en la protagonista, en el último cuarto de siglo, de uno de los procesos de desarrollo económico más rápidos de la historia, sólo comparable con el de los “cuatro tigres asiáticos” (Singapur, Taiwán, Corea del Sur y Hong Kong) y con el de Japón en los años de mayor crecimiento. Muchos han comparado su desarrollo económico con el de este último país en la década de los cincuenta, pero es necesario añadir que en la costa este de China hay conjuntos de ciudades y polos de desarrollo equivalentes a tres veces Japón y esto con mil millones de personas más a sus espaldas.

El país lleva más de dos décadas creciendo entre el 8 y el 10% y el impacto de su economía en el mundo es cada vez mayor. Los precios de sus importaciones, petróleo o materias primas, se ven presionados al alza y los bienes que exporta, productos de abundante mano de obra, a la baja.

El mundo globalizado, inundado del “made in China”, es poco consciente de que el gigante asiático exporta también un intangible del que hoy dependemos todos: temor. Los salarios de muchos países se ven presionados a la baja por la amenaza de cerrar la empresa y marcharse a producir en China; y son muchas las compañías en los países desarrollados que deben el incremento de sus ganancias no sólo a los beneficios de la deslocalización (outsoursing), sino a la merma del poder negociador de los sindicatos por la amenaza de producir afuera. La gran paradoja de nuestros días es que la prosperidad de los países capitalistas depende hoy en buena medida de un país comunista.

Cuando el próximo 8 de agosto se inauguren los Juegos Olímpicos, millones de espectadores podrán contemplar la presentación en sociedad de la gran potencia del siglo XXI. Los chinos no han escogido al azar esa fecha —8 del octavo mes del primer año del milenio terminado en ocho—, ese número en mandarín se pronuncia igual que la palabra a la cual el país rinde culto desde siempre: prosperidad.

* Ex corresponsal de Televisión Española en China.

El hombre de la apertura

Educado en Francia y Moscú, seguidor de Mao en su juventud y perseguido por su mismo partido durante la Revolución Cultural, Deng Xiaoping (1904-1997) será para la historia el obcecado líder político que le hizo frente al dogmatismo del Partido Comunista chino y que logró el surgimiento económico de su país a un nivel y ritmo inéditos. Su constante crítica al Gran Salto de Mao, así como a la Revolución Cultural, lo alejaron de los cercanos círculos de poder del líder chino; sin embargo, su astucia política le permitió salir con vida durante las varias purgas de las que fue víctima. En 1978, tras la muerte de Mao, se convertiría en el líder natural de la República, y durante los siguientes 12 años realizaría reformas para permitir que los capitalistas chinos ingresaran al Partido Comunista, de tal manera que fuera éste, desde adentro, el que orientara la inserción de China al mercado global e implementara una política exterior pragmática, que hoy rinde sus frutos.