Dos primeras damas, dos mundos

Michelle Obama y  Cindy McCain, las esposas de los candidatos a la presidencia de los Estados Unidos, son polos opuestos.

Michelle Obama, de 44 años, se enfrenta, de aquí a noviembre, a los elementos del establishment de Washington. Esta abogada es el modelo contrario a la mayoría de primeras damas que han pasado por la Casa Blanca en los últimos 25 años. Mujer de carácter, Michelle podría ser la primera consorte presidencial afroamericana, una profesional que se ha labrado una carrera y una historia que le impiden ser, simplemente, la sombra de su marido.

Nacida y criada en las duras barriadas del South Side de Chicago, Michelle Obama es un verso suelto en la campaña del senador de Illinois. Ha provocado amagos de infarto en los asesores de prensa del senador al reconocer que su marido no baja la basura por la noche, que por la mañana tiene mal aliento y que tira la ropa interior sucia por el suelo del dormitorio. Incidentes que lo han beneficiado en las encuestas, por darle la dimensión humana a un candidato idolatrado por millones de seguidores.

Este carácter polémico se ve acompañado de un estilo rotundo. Luce trajes de chaqueta, cuellos altos y collares de perlas. Adora los zapatos de tacón de Jimmy Choo y la revista Vanity Fair la designó como “una de las 10 mujeres mejor vestidas del mundo” en 2007.

En una intervención reciente en The View, se vio cómo los asesores de su marido tratan de suavizar su imagen. Lució un vestido de flores y un gran broche. Nada más al sentarse saludó a las presentadoras —entre ellas está la actriz Whoopy Goldberg— con un choque de puños, como haría un quinceañero. “Me lo han enseñado los empleados más jóvenes de mi marido”, dijo.

Nada hay más lejos de esta espontaneidad que el pétreo gesto de Cindy McCain, de 54 años, reina del rodeo cuando era adolescente, hermosa madre de cuatro niños y heredera del imperio cervecero de Arizona Hensley & Company. Es la mujer de la permanente sonrisa y la voz dulce.

Como la ex primera dama Betty Ford, McCain tiene un pasado difícil. A finales de los años 80 sufrió una adicción a los analgésicos. Su dependencia era tan fuerte que acabó robando cajas de pastillas de la ONG que ella misma había fundado.

Cindy también intenta dar un vuelco a su imagen. La Cindy callada y elegante ha dado paso a la Cindy que trabaja con las ONG y se preocupa por los niños, la misma que adoptó a una niña de Bangladesh en 1991. Pero esta imagen no pasa de ser una excepción. En los viajes junto a su marido, Cindy McCain confía en el traje chaqueta, gruesas perlas y moños que nada tienen que envidiar a cualquier episodio de Mujeres desesperadas.