El embajador de los vinos argentinos

<p>Ricardo Puebla es ingeniero civil, pero nunca quiso ejercer la carrera. Su padre era un humilde bodeguero y pudo más el grato recuerdo infantil del olor de la madera, la humedad, los paisajes de los viñedos, que el concreto y los puentes.</p>

Desde hace 30 años vive en el mundo vinícola, y aunque ha residido por fuera de su país, siempre retorna a Mendoza, a ese mágico lugar que tiene el poder de producir el 80% de los vinos argentinos.

El vino, para Puebla, más que un trabajo, es una pasión: “Es una bebida cautivante, un imán especial que va acompañado del amor, de las relaciones y de la comida”.

Ha trabajado en casi todas las bodegas argentinas y fue miembro del Directorio de Vinos de Argentina, que reúne a todos los exportadores. Se ha concentrado sobre todo en la parte comercial, sin embargo, conoce la parte técnica a la perfección. “Huelo el día y puedo saber si tendré una buena cosecha, se sabe en la tierra, en el arado y hasta en el viento. Todo tiene una influencia en la producción”, asegura Puebla.

Tiene la fortuna de haber recorrido medio globo terrestre y cuenta con 68 países en su atlas personal. De esta manera ha identificado las necesidades de los diferentes mercados y aprendió que los paladares son genéticos. Por ejemplo, los vinos ácidos no se venden bien en Colombia, porque la gente tiene un gusto que tiende a lo dulce.

Habla con pasión de su oficio y de los terruños patrióticos que promueve en el exterior. “El vino es una obra de arte, es irrepetible y además tiene una fascinante connotación cultural. Es la sangre de Cristo y fue una de las herramientas de la culturización en los tiempos del Imperio Romano”. Para este experto en vinos, la cepa Malbec, la variedad más emblemática argentina, ocupa un lugar especial dentro de sus afinidades electivas, pero nunca podrá decir cuál es el mejor vino del mundo, porque el vino lo hace el momento inolvidable con quien lo esté viviendo.

 

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