El enigma de la espada de Gonzalo Jiménez de Quesada

<p>La increíble historia de una señora que se acercó al Museo Nacional con un arma blanca  que, según la tradición de su familia, perteneció al fundador de Santafé de Bogotá. Los peritos no descartan que lo sea.</p>

La petición de Cristina Lleras Figueroa, curadora del Museo Nacional, le pareció un tanto excéntrica a Ignacio Briceño: “Queremos que estudies una espada. La señora que la trajo al Museo asegura que perteneció a Gonzalo Jiménez de Quesada”. Para un experto en armas antiguas, una espada de la conquista constituye de por sí una rareza. Una espada atribuida al fundador de Bogotá, despuntando el siglo XXI, rayaba en lo novelesco.

Ignacio Briceño Balcázar trabaja como genetista en el Instituto de Genética de la Universidad Javeriana. Heredó de su padre y sus abuelos la afición por las armas antiguas, al punto que se ha convertido en un avezado perito. Algunas de las piezas exhibidas en el Museo Nacional, como el arcabuz más antiguo que se conoce en Colombia, hacen parte de su catálogo personal y están allí en calidad de préstamo. Era su deber darle un vistazo a aquella espada.

La fotografía del arma, que le enviaron días más tarde, reafirmó su primera sospecha: una confusión. Más que un arma del siglo XVI, aquella parecía un bastón de estoque. Las espadas camufladas en bastones se popularizaron en el siglo XIX. Sin embargo, el aspecto envejecido y deteriorado de la hoja lo hizo dudar. La mala calidad de la fotografía impedía fijarse en los detalles, así que antes de ofrecer un dictamen definitivo prefirió ver la espada.

1545: el año clave

Se acordó una cita en el apartamento de la señora Luisa Merizalde de Francisco, quien había ofrecido la espada al museo para cumplir con la voluntad de un tío suyo, Juan Cabo. Por décadas, este pariente español, maestro de escuela, conservó la espada. Siempre soñando con que saliera de su casa en Castro Urdiales, un puerto cerca de Santoña, en la provincia de Santander, y regresara a la tierra en la que habría conquistado gloria y fama, empuñada por Gonzalo Jiménez de Quesada.

Cuando Ignacio Briceño desenfundó la espada, el corazón comenzó a latirle más aprisa: “No puedo decirle exactamente por qué, pero cuando uno tiene en sus manos una pieza original, sabe al instante que lo es. En ese momento supe que comenzaba una búsqueda que no me dejaría en paz”. Ese día no llevó una cámara fotográfica, así que en una hoja copió a mano, con la mayor exactitud, los símbolos inscritos en el metal. Se distinguía con claridad un año: 1545. También una cruz. Y, en el canal del tercio medio, una secuencia de dibujos que le resultaron enigmáticos.

Tres pistas

Al regresar a su casa, decidió trazar tres líneas de búsqueda. Una, rastrear información a partir de la fecha. Otra consistiría en reconstruir la genealogía de la señora Merizalde. La tercera, descodificar aquellos símbolos.

Ese mismo día comenzó a cotejar la cruz que copió de la espada con los símbolos de armerías reseñados en un libro que heredó de su abuelo materno, Ricardo Balcázar Vergara. En la página 256 del Catálogo histórico-descriptivo de la Real Armería de Madrid, una edición de 1898, encontró una cruz similar. Una cruz pontificia, característica de las hojas de espada jinetas del siglo XVI, anchas, de campo llano, con recazo y una estría en el tercio fuerte. La espada de la señora Merizalde encajaba en esa descripción. Los otros símbolos, una secuencia de líneas y óvalos, no supo interpretarlos.

El año de la inscripción, 1545, se convirtió muy pronto en un poderoso indicio. Coincidía con el período en el que Gonzalo Jiménez de Quesada regresó a España luego de conquistar lo que se llamaría, en su honor, el Nuevo Reino de Granada.

En ese punto, las pistas no permitían descalificar la espada, pero tampoco confirmar la relación con el “Adelantado Ximénez”. Ignacio decidió pedirle a un colega suyo del Instituto de Genética de la Universidad Javeriana, Alberto Gómez Gutiérrez, que lo apoyara en la pesquisa. Era la persona indicada para reconstruir la genealogía de doña Luisa Merizalde. Desde que participó, hace veinte años, en la Expedición Humana, el doctor Gómez ha combinado sus investigaciones en genética de poblaciones con estudios genealógicos.


Gómez se dio entonces a la tarea de establecer si alguna rama del árbol familiar de doña Luisa se entrecruzaba con los descendientes de la familia Jiménez de Quesada. La estrategia era sencilla: “Comencé a reconstruir la genealogía de Quesada hacia abajo y la de la señora Merizalde hacia arriba, en busca de un punto de encuentro”.

El conquistador no tuvo hijos. Esto lo pudo comprobar en una probanza de la Audiencia Real del Nuevo Reyno de Granada: “... dar licencia para que los indios que os estaban encomendados, atento a que no tenéis hijos, los podáis dejar al tiempo de vuestra muerte a los deudos vuestros que os pareciere”.

Pero antes de asomarse a los libros de genealogías españolas, nuevos indicios aparecieron para guiar la búsqueda. Se trató de un documento que doña Luisa entregó al Museo el día que ofreció la espada. El historial de la espada que según la tradición familiar de los Cabo de Santaña (Santander), España, perteneció a Don Gonzalo Jiménez de Quesada emparentado con esta familia fue redactado por el tío Juan Cabo temiendo que se extraviara la historia que durante quinientos años pasó de generación en generación. Gómez se dio a la tarea de transcribirlo.

Tiempos de guerra

En el Historial, Gómez encontró un recuento pormenorizado de matrimonios, hijos y viajes entre España y el Nuevo Reino de Granada de los ancestros de los Cabo. Salvo algunas inconsistencias históricas referentes a la vida del Adelantado, como el lugar de nacimiento y el año, el texto era un vibrante relato de las peripecias que vivió la espada, al menos desde el siglo XIX.

¿Por qué nadie más allá de esta familia sabía de la existencia del arma? “Por azares de la vida”, escribió el tío Cabo. La espada permaneció todo el siglo XX en España y no en Colombia, “primero por la muerte de mi abuelo Dámaso, que murió muy pronto cuando mi padre tenía 11 años. Luego muere también Don Ignacio, (hermano de su abuelo que residía en Colombia)”. Aunque su padre continuó manteniendo vivos los lazos con la familia que emigró a América, cuando estalló la Primera Guerra Mundial ese cruce de cartas se interrumpió. Sólo al fin de la guerra, algunos parientes establecidos en Colombia regresaron a España y reanudaron la comunicación.

En el reencuentro se habló de la espada, que entonces “la tenía en su casa el tío Pablo, hermano de mi padre, el cual estaba arrimado o liado con una mujer de mal vivir, por cuyo motivo mi padre y todos nosotros estábamos reñidos con él”.

Para recuperarla, el padre de Juan Cabo tuvo que valerse de terceras personas y comprarla a su propio hermano. Pero una vez más la guerra y la muerte complicaron el regreso de la espada a Colombia: “la Segunda Guerra Mundial, nuestra Guerra Civil Española, la muerte de nuestro hermano Enrique, las pérdidas de bienes, la muerte de mis padres y hermanos, todo contribuyó a que esta espada, después de más de cien años, permanezca aún en España”.

Pero entre toda aquella fascinante historia, la frase que alumbró la búsqueda de Alberto Gómez fue una en particular: “Doña María Jesús tenía un tío por parte de su madre que estaba casado con una biznieta de Jiménez de Quesada”. Es decir, que Doña María de Jesús era la bisabuela de Luisa Merizalde, quien finalmente entregó la espada.

Durante más de dos meses Alberto Gómez se dedicó a rastrear esa pista. Apoyándose en la obra Genealogías del Nuevo Reyno de Granada, de Juan Flórez de Ocáriz, escrita a mediados del siglo XVII, encontró la bisagra que unía a la señora Luisa Merizalde con el conquistador y que permitía sospechar que la historia de la espada no era una ficción familiar.

Con base en sus indagaciones concluyó en los apuntes sobre la investigación de manera preliminar: “Como podrá constatarse, no existe la posibilidad de línea directa hacia Gonzalo Jiménez de Quesada, por cuanto éste no tuvo descendencia. Sus herederos fueron los descendientes de su hermana Andrea Ximénez de Quesada, entre quienes no encontramos hasta el momento vínculo de parentesco con la familia de Francisco Cabo. Se encontró, sí, una posibilidad que correspondería a la tradición familiar con algunos ajustes, en cuanto uno de los tíos por línea materna casó con una descendiente directa de un compañero de Gonzalo Jiménez, quien pudo haber sido el propietario de la espada, bien por adquisición directa, o por legación del Adelantado”.

Ambos genetistas estaban entusiasmados con los hallazgos. Las pocas pistas favorecían la hipótesis de la espada del fundador. Coincidía el año. Existía una trama genealógica que unía a los Merizalde con los Jiménez. El entregar la espada al Museo sin pedir ningún tipo de recompensa a cambio, lo cual no es común entre falsificadores y timadores, le daba credibilidad a la leyenda familiar. Además, en el relato de Juan Cabo se aclaraba el aspecto anacrónico de la hoja y el estuche: “lo mandó hacer mi abuelo para facilitar así en su día el envío de dicha espada”.


Una prueba definitiva sería encontrar la empuñadura. “Es una parte de la espada que habla con más claridad sobre el estilo y el armero que la construyó”, explica Ignacio Briceño. Pero la empuñadura, según Juan Cabo, se la quitó su abuelo a la espada y la envió a uno de sus hermanos que residía en Colombia, pensando que más tarde enviaría la hoja.

“Por ahora lo que podemos concluir es que se trata de una espada de la época de la Conquista, y que la insistencia de un español por devolver la espada a sus propietarios en Colombia permite pensar que se trata del arma de un conquistador que estuvo en estas tierras. Hace falta consultar testamentos de algunos descendientes de la hermana de Gonzalo Jiménez de Quesada y descifrar la secuencia de símbolos de la hoja”, concluye Alberto Gómez.

También descifrar los símbolos del canal. Ignacio Briceño aún no tiene idea de qué tipo de código es ese. Está estableciendo contactos con algunos expertos en armas de la Conquista para consultar su opinión. De comprobarse que perteneció al fundador de Bogotá su valor sería incalculable.

Mientras estos dos investigadores le roban algunas horas a sus labores en el Instituto de Genética para seguir escarbando en la historia, Luisa Merizalde, quien recuperó la espada entre las pertenencias de una de sus hermanas, recibe todos los meses el boletín cultural del Museo Nacional, donde figura como “Amiga del Museo”.

El Adelantado Jiménez de Quesada

Gonzalo Jiménez llega a Santa Marta, de acuerdo con Flórez de Ocáriz, en 1535.

Vuelve a España por primera vez en 1539. Sale de España a finales de 1541 o comienzos de 1542, para permanecer fuera del alcance de las autoridades que lo buscaban con Real Cédula de orden de captura expedida el 17 de febrero de 1542. Se presume que circuló por Francia, Portugal e Italia.

Regresa a España a mediados de 1545, cuando aparece en Granada en agosto 8, notificándose como hermano y heredero universal de Francisco Ximénez de Quesada y Hernán Pérez de Quesada. Luego aparece en Toledo en noviembre 17, y posteriormente en Madrid en febrero 1 de 1546.

Regresa a Cartagena en 1551 y luego a Santa Fe, pues recibe del Contador del Nuevo Reyno, Pedro Briceño, su salario a partir de esa fecha, tal y como estaba previsto en la Cédula del 23 de abril de 1548: éste se le otorgaría a partir del día en que “entrare en esta Tierra”.

Gonzalo Jiménez de Quesada muere en Mariquita el 16 de febrero de 1579.

*Texto de Alberto Gómez Gutiérrez.

Las pistolas de Bolívar

En 2004, la Casa Christie's subastó una caja de madera con un par de pistolas de duelo en su interior, que perteneció al Libertador Simón Bolívar. La inscripción en plata asegurada a la caja eliminó cualquier duda sobre su autenticidad: “Manuela Sáenz saluda al Señor Ricardo Stonhewer Illingworth, y le ofrece esta caja de pistolas por haber sido esta del uso del Libertador. Bogotá / Junio 1 de 1830”.

Las pistolas aparecían firmadas por Nicolas-Nöel Boutet, uno de los armeros más importantes de la historia y el oficial del emperador francés. Su precio se estimó entre 600 y 800 mil dólares.

Desde cuando Bolívar obsequió sus armas de duelo a Ricardo Illingworth, donante de recursos a sus campañas militares, se perdió el rastro de las pistolas. La Casa Christie's, al subastarlas, no reveló mayores detalles sobre los tenedores de las pistolas.