El tesoro de Mogambo

Enrique Acero ha dedicado su vida al estudio de las plantas y a proteger las que se encuentran en peligro de extinción

En 1969 empezó la aventura de Enrique Acero por las selvas de Colombia. Junto a un grupo de investigadores de la Universidad Distrital y el Instituto Agustín Codazzi recorrió los rincones del país estudiando las diferentes especies de plantas, memorizando sus nombres y aprendiendo a reconocer sus usos. Cada una de estas expediciones se convertía en tema de discusión de las clases que dictaba a los estudiantes de Ingeniería Forestal de la Distrital y pronto, también fue el motivo que lo impulsó a crear uno de los senderos ecológicos más grandes de Colombia.

El lugar que escogió fue una finca, que heredó de su padre, ubicada en el municipio de Viotá, a tan sólo dos horas de Bogotá. Diez años tardó en recopilar las 1.600 especies de árboles y plantas que componen este camino silvestre. Durante ese tiempo tuvo que soportar la violencia que azotó la región, debido a la arremetida de la guerrilla y posteriormente de los paramilitares contra la población civil. “Le dije a mi esposa que no podíamos dejar de venir, pues si lo hacíamos, nunca más nos permitirían regresar”, recuerda Enrique.

Después de algunos años la tranquilidad volvió a Viotá y para ese entonces el Sendero Ambiental Mogambo ya estaba terminado. El recorrido comienza con el árbol Maraco. Las indígenas recogían su fruto y preparaban una masilla que utilizaban para depilarse. A su lado se encuentra la Guayusa, una planta del Putumayo que tiene dos veces y medio más cafeína que el café y que se toma para permanecer despierto y activo durante varias horas. Sin embargo, un estudio de la Universidad Javeriana, la Distrital y el Instituto Agustín Codazzi reveló que en algunas personas produce el efecto contrario.

De las plantas medicinales se camina hacia las que se utilizan para envolver alimentos como las hojas de papayo, ideales para conservar la carne cruda, las de plátano, en cuyo interior se mantiene fresco el pan o las de viao, que protegen de los


hongos al queso y la sal. El recorrido, que dura más de dos horas, continúa en la zona donde se encuentran los árboles productores de nueces y sigue hacia una asombrosa colección de palmas, que incluye 90 especies.

A lo largo del sendero también se observan armadillos, familias de búhos, ardillas, martejas y picures entre otros. Además, entre el grupo de plantas colorantes (las utilizan los indígenas como parte de sus rituales o para decorar las artesanías que fabrican), se esconden las esculturas gigantes de algunos mitos tradicionales colombianos como la Llorona y el Bombero de Higuerón. “Me gusta compartir con quienes vienen a caminar por Mogambo los mitos de nuestros ancestros. Es una forma de presevar nuestra historia”, advierte Enrique.

Turismo científico

Después de jubilarse como profesor de la Universidad Distrital, Enrique sintió que debía volver a enseñar. Esta fue una de las razones que lo motivaron, junto a su esposa y sus dos hijas, a emprender un proyecto ambiental de grandes proporciones. Adicionalmente, comprendió que era necesario crear un espacio de reflexión y conocimiento, un lugar en el que las personas comprendieran la importancia de proteger el patrimonio biológico del país, pues cada año desaparecen alrededor de 300 mil hectáreas de bosque.

No ha sido una tarea fácil. El costo de este sendero ecológico lo han asumido Enrique y su familia y sólo logran garantizar el mantenimiento y cuidado de las plantas gracias a la visita de grupos de universitarios que recorren el sendero para realizar trabajos investigativos.

Los esfuerzos de Enrique ahora están encaminados a la publicación de su último libro sobre fauna colombiana y en seguir consiguiendo semillas de plantas exóticas para ampliar el sendero y garantizar la conservación del patrimonio biológico de nuestro país.

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