Heráldica de conquista

Una columna de Pilar Marrero en La Opinión, de Los Ángeles (no confundir con la opinión de los ángeles), activó la espoleta de un recuerdo enterrado en mi memoria.

Habla allí la celebrada periodista de un pasillo del Capitolio en Washington, donde “prácticamente escondidos del público y de los miles de turistas que todos los días visitan el lugar, están los retratos de tres estadounidenses que hicieron historia: el primer hispano, el primer afroamericano y la primera mujer electos a la Cámara de Representantes”.

Con base en una experiencia similar, entiendo la tristeza y la consiguiente rabia de Pilar Marrero. Cierto día de una primavera en Madrid, nuestro buen amigo Javier Maderuelo nos propuso ir a conocer en Segovia el Real Sitio de La Granja. Poderla visitar acompañados de semejante cicerone, una autoridad reconocida en materia artística, y especializado en la arquitectura de jardines, fue una tentación que no quisimos resistir.

Recorriendo aquellos jardines sin rumbo fijo por el eje del palacio, llegamos a una plaza con una fuente en el centro, y en cuyo borde se yergue un pabelloncito muy coqueto, algo así como un quiosco rococó. Y mientras nos íbamos acercando, descubrimos que en la esquina que veíamos enfrente de nosotros, achaflanándola, campeaba un medallón de piedra con varias figuras. La más destacada de ellas era un animal: un caballo.

Javier se lamentó de que no fuésemos duchos en Heráldica y Emblemática, pues todos esos medallones, nos dijo, como los pórticos de las catedrales, son libros que cuentan historias, son verdaderas enciclopedias para la atenta mirada de quien sepa descifrarlas.

Seguimos avanzando, dando lentamente la vuelta al quiosco, y en la siguiente esquina apareció otro medallón también en chaflán, y entre cuyas figuras también aparecía un animal, ahora un elefante. “Un momento —dije—, en el medallón anterior había un caballo y aquí un elefante. Eso podría querer decir que este pabellón estaba dedicado emblemáticamente a los cuatro continentes homologados entonces. El caballo sería Europa, y el elefante, Asia”.

No parecía una suposición descabellada y nos encaminamos ipso facto a la tercera esquina, para ver qué animal la exornaba. ¡Era un león! ¡África! Entonces no nos cupo ninguna duda, estábamos seguros de que ese quiosco nos reservaba ahora el medallón correspondiente a América. Y ahí nos detuvimos largo rato antes de continuar, debatiendo cuál sería el animal heráldico elegido por los arquitectos de La Granja para representar al Nuevo Mundo.

Descartamos de entrada al águila por su ubicuidad universal, y al colibrí por su tamaño, y al quetzal por su poca representatividad hemisférica, y al cóndor por su aspecto tan parecido al de otras aves no americanas. Dijimos rotundamente no al coyote y al tapir, al yacaré y al ñandú, y al carpincho y al jaguar, y abucheamos al bromista de nosotros tres que mencionó la piraña. La apuesta fuerte iba por el lado de la llama andina, del guanaco, de la vicuña.

Dándonos por vencidos, y sin una opción unánime, nos acercamos a ver el cuarto medallón.

Aquí necesito tomar aire y recordar a los lectores que el Real Sitio de La Granja se construyó entre 1721 y 1723. Y en ese contexto histórico, a casi dos siglos y medio de la conquista de América, explíquenme —si es que pueden— qué repugnante concepto de la Humanidad había hecho que allí, en el cuarto medallón, el “animal” representativo fuese un indígena: “el buen salvaje”.

Mejor no les cuento en qué estado de ánimo regresamos a Madrid.

*Llego, canto y me voy.

 

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