Los guerreros del agua

Mediante una técnica de estimulación conocida como la matronatación, Valli Cian ha conseguido que niños con todo tipo de discapacidades se conviertan en pequeños nadadores.

“¡Uno, dos, tres, todos al agua!”, grita enérgicamente Valli Cian, una arquitecta y nadadora profesional que desde hace 10 años se ha dedicado a trabajar con niños discapacitados. Así, comienza una de las clases de natación más particulares en la que los menores aprenden mediante juegos y cantos las técnicas básicas de natación, mejoran su postura, desarrollan la motricidad, equilibrio y  memoria. “El objetivo del programa es que el niño adquiera destrezas que ha perdido o no conocía, para que cuando esté fuera de la piscina tenga una mejor calidad de vida”.

Mediante una técnica conocida como la matronatación, en la que el padre o la madre participan en la estimulación de su pequeño, esta mujer de descendencia italiana ha logrado lo que para los médicos parecía imposible. Con ejercicios de relajación, agarre y movimientos focalizados dentro del agua, Cian ha sido testigo de cómo niños que llegaron a su clase en silla de ruedas, con el tiempo, se han convertido en pequeños nadadores capaces de atravesar piscinas completas por sí solos.

En este momento se encuentran vinculados al programa 30 niños, de estratos 1, 2, y 3, que tienen entre seis meses y ocho años. Uno de los casos más sorprendentes quizás es el de Laura Mendoza, de ocho años, quien desde hace cuatro asiste a su clase. Esta pequeña nació con una acumulación excesiva de líquido en el cerebro, hidrocefalia.  Pese a los malos augurios de los médicos, fue la primera del grupo que comenzó a nadar sola y en este momento es la líder de los 10 niños nadadores que esperan algún día poder competir con otros deportistas de natación adaptada.

Para los padres de estos pequeños, la matronatación se ha convertido en la terapia más efectiva y divertida para el desarrollo de  sus hijos. “A Nicolás el agua lo pone feliz y le alivia los dolores que le dan a veces en las piernas”, explicó una de las madres, mientras ella y su hijo participaban de la sesión de ejercicios.

Aunque al programa asisten niños con todo tipo de discapacidades, desde que Valli Cian conoció la parálisis cerebral, en el año 1998, cuando trabajó en el Instituto Roosevelt como voluntaria,  le llamó particularmente la atención este padecimiento por el hecho de que estos pequeños presentaban un nivel cognitivo normal. “Lo que más me sorprendió es que ellos son conscientes de sus limitaciones, están encerrados en su propio cuerpo. Esta discapacidad, por lo general, se produce en el momento del parto, la gestación o los primeros años de vida. Es causada por lesiones en el sector del cerebro que controla los músculos y ciertos movimientos del cuerpo”.

Desde hace unos meses, Cian creó su propia fundación. Algunos amigos le ayudan a sostenerse económicamente para que pueda seguir con su programa. Constantemente está en búsqueda de nuevos “ángeles de la guardia”, que le regalan donaciones para que pueda vincular a nuevos niños a las clases.

Para los 30 pequeños que hacen parte del programa, la piscina se ha convertido en el único lugar en donde sus limitaciones quedan de lado y, por primera vez, se sienten seres libres, autónomos, dueños de aquellos movimientos que en la superficie no consideran propios.