"No es cierto que guarde rencores”

Alfonso Gómez Méndez sube el tono de precandidato a la Presidencia. Afirma que Álvaro Uribe es ‘el sepulturero de la Constitución del 91’. Le echa vainas a ‘Lucho’ y de Piedad Córdoba dice que tiene más méritos que muchos acomodados.

Alfonso Gómez Méndez vive una paradoja: posee imagen de gran jurista, pero hoy quisiera tener la de un gran político. Entre tanto, quienes son reconocidos como políticos típicos pagarían oro por modificar su regular fama, por la más positiva de expertos en materias del Derecho. No obstante, en ese deseo del ex fiscal no existe contrasentido y más bien se comprende porque él le viene poniendo el ojo a la Presidencia de la República, a pesar de que unos analistas desestiman sus posibilidades en ese terreno.

Cuando le hago caer en la cuenta de esta circunstancia, contesta con el ejemplo más claro: el Presidente figuraba en los sondeos de su primera campaña con el 2% de intención de voto. Claro que el precandidato liberal no alude, cuando hace esa comparación, a dos diferencias fundamentales entre su caso y el de Uribe. La primera, que éste no sólo se la jugó por fuera de su partido de siempre, el liberalismo, sino que cuando ganó, se propuso dividirlo hasta desaparecerlo del mapa. Gómez, por su parte, dice que sería capaz de armar una disidencia, pero manteniendo el talante liberal y jamás en contra del mismo.

La segunda diferencia es que la propuesta del candidato antioqueño de comienzos de 2000 era de un escandaloso corte de derecha para las políticas públicas de entonces, pero contaba con una mayoría silenciosa dispuesta a asumir cualquier costo democrático con tal de salir de la peste guerrillera. En cambio, la ideología de Gómez Méndez está en la orilla opuesta y quién sabe si tenga conexión con los electores del país posUribe. Y no porque no haya argumentos de fondo, sino porque Colombia es otra después de una elección, una reelección y un proyecto con otras reelecciones como premisa principal.

Hay una paradoja más en la faceta política de Alfonso Gómez. Consiste en que siendo un personaje consultado por los medios de influencia por ser docto en muchos temas, los periodistas que tanto lo respetan tampoco le reconocen posibilidades presidenciales, tal vez porque sólo lo califican por su buena gestión como fiscal. Zafarse ese ‘vestido’, pese a que ha ejercido toda clase de cargos de importancia, aun varios de elección popular, le va a costar trabajo pues irónicamente los problemas críticos de la actualidad tienen relación con la superposición de los temas jurídicos y los políticos. De cualquier manera, si sabe aprovechar esa coincidencia, podrá manejar la clave para trocar a su favor el voto de un pueblo que un día querrá doblar la página del presente.

Cecilia Orozco Tascón.- Usted es precandidato presidencial en el liberalismo. ¿Sobre cuáles reglas de juego cree que podría disputar su aspiración?

Alfonso Gómez Méndez.- Sobre la base de unas reglas claras que impliquen garantías para todos los que dentro del liberalismo sometan su nombre a consideración del pueblo, sin gabelas, sin cartas mercadas, sin favoritismo.

C.O.T.- ¿Por qué lo dice? ¿Teme que haya “cartas marcadas”?

A.G.M.- Hasta ahora no hay indicios. Es una simple prevención.

C.O.T.- Si César Gaviria quisiera ser el candidato del Partido Liberal, ¿Qué haría usted?

A.G.M.-  En verdad no creo que el jefe del partido esté pensando en su propia candidatura. Gaviria ha hecho un gran esfuerzo para mantener unido a un liberalismo que recibió en crisis, principalmente por las volteretas hacia el uribismo. Lo veo más en el papel que cumplió el Presidente Turbay para garantizar en su momento la unidad. En el improbable evento de que se rompieran esas reglas de oro, consideraría la idea de convocar a los liberales a un gran movimiento popular independiente.

C.O.T.- Entonces hay posibilidades de que usted se retire del liberalismo. ¿Adheriría al Polo, por ejemplo?

A.G.M.- Siempre he militado en el liberalismo, desde las épocas juveniles en el MRL. Nunca he traicionado los principios del partido; no he caído en coqueteos burocráticos con el conservatismo ni con la derecha; tampoco he hecho parte de alianzas contra el liberalismo. Por todo eso, no me voy a salir. Lucharé siempre desde adentro. Con esto, lo que le estoy diciendo es que para mí no existe la opción de adherir a otro partido.

C.O.T.- ¿Qué diría si Luis Eduardo Garzón ingresara formalmente al Partido Liberal?

A.G.M.- Lucho es un gran activo del país por lo que implica su trayectoria personal. Lo que ocurre es que unas veces quiere armar tolda con el presidente del BID y la esposa de Uribe; otras con César Gaviria, y más recientemente con


Íngrid Betancourt. No sabemos hasta cuándo le dure su deseo de jugar al lado del liberalismo. Por lo menos no lo hizo en la alcaldía a pesar de que el Partido fue decisivo en su elección.

C.O.T.- ¿Cuál es su opinión sobre Piedad Córdoba?

A.G.M.- Piedad es una mujer demócrata y batalladora y no se le debe estigmatizar por su papel en la búsqueda de la paz. Puede haberse equivocado en algunas apreciaciones sobre las Farc o sobre las actitudes del presidente Chávez, pero tiene más méritos que muchos o muchas dirigentes que han hecho del acomodo una forma de supervivencia política.

C.O.T.- Hay quienes dicen que usted tiene problemas con su carrera política porque guarda muchos rencores y no se olvida de nada. ¿Qué opina de esa afirmación?

A.G.M.- No es cierto que guarde rencores. Lo que ocurre es que en un país en donde casi todos los políticos padecen de Alzheimer, tener memoria, como en mi caso, es visto como una condición negativa para buscar el poder. No tengo ningún problema en aplicar la fórmula del Padrenuestro, de perdonar a los que nos ofenden. Pero no puedo dejar de recordar cosas. A este país le hace mucha falta el conocimiento de su historia y de sus protagonistas actuales.

C.O.T.- Usted tiene mucha figuración en los medios de comunicación pero aparece con pocos puntos en las encuestas. ¿Por qué?

A.G.M.-  En términos de Gallup no me va mal. No descalifico las encuestas porque no me favorecen. Sin embargo, me parece que infortunadamente hemos confundido política con elecciones y elecciones con encuestas. Si Álvaro Uribe se hubiera amilanado por el 2% con que arrancó su primera campaña presidencial, no hubiera llegado a la Presidencia ni tampoco hubiera tenido tantos aduladores o lambones a posteriori, como ahora.

C.O.T.- ¿Qué opina del referendo que se está promoviendo para reelegir por segunda vez a Álvaro Uribe?

A.G.M.- El Presidente abusa de su popularidad y ésta no siempre está asociada con la democracia real o con la transparencia política. No es sano estar cambiando cada cuatro años la Constitución para perpetuarse en el poder y no podemos llegar a una especie de “cesarismo plebiscitario”. En el pasado tuvimos buenos gobernantes con éxitos similares al del presidente Uribe, y no como nos han hecho creer ahora. Hablando sólo de los fallecidos, buenos presidentes fueron Olaya Herrera, López Pumarejo, Eduardo Santos, Alberto y Carlos Lleras, Virgilio Barco, López Michelsen. La diferencia es que a ellos no se les ocurrió hacer cambiar la Constitución en beneficio propio y nunca hubieran utilizado para ello al binomio Yidis-Teodolindo.

C.O.T.- Al margen de la reelección, ¿qué opina de Uribe como presidente?

A.G.M.- Ha sido un buen mandatario en varios temas de la agenda pública. En materia de seguridad, son indiscutibles los resultados. Es honrado y trabajador y restableció la confianza del pueblo en la Presidencia. Su grave error ha sido el ejercicio personalizado, caudillista y populista del poder. Y ha sido el gran sepulturero de la Constitución de 1991.

C.O.T.- ¿A qué le atribuye el hecho de que simultáneamente con la popularidad del Jefe de Estado sus críticos más consistentes sean del sector de los académicos y columnistas?

A.G.M.- Ese fenómeno se explica por el manejo populista del poder. Por ejemplo, el mandatario es entrevistado sin interrupción durante horas y horas por las cadenas de radio y televisión. ¿A cuál otro protagonista de la vida pública le dan esas gabelas los medios? Es indudable que por ése y otros factores, la gente no ve las cosas malas que pasan en su gobierno: el clientelismo rampante, la corrupción de funcionarios gubernamentales, las dificultades que ya comienza a tener la economía, el abuso de la televisión. Así cualquiera, con dosis mínimas de cordura e inteligencia, se vuelve inmensamente popular.

C.O.T.- ¿Cree usted que la parapolítica, la yidispolítica y los enfrentamientos entre el Poder Ejecutivo y el Judicial han puesto en peligro la estabilidad de Colombia?


A.G.M.- Tenemos una democracia electoral pero no real. El presidencialismo asfixia. Tal vez no hay otro caso en el mundo de un presidente con tantos poderes, naturalmente acrecentados con la reelección. Y eso se acentúa con la relación Gobierno-empresarios-grandes medios de comunicación.

C.O.T.- Pasando al tema de la reforma judicial, ¿es sano volver al sistema de cooptación para la elección de magistrados tal como lo propone el Gobierno?

A.G.M.- En términos generales el nombramiento de los reemplazos por los propios magistrados funcionó más o menos bien entre 1957 y 1991. Aún existe, sólo que ahora no es absoluta y los magistrados deben ceñirse a unas listas elaboradas —sin norma alguna— por el Consejo Superior de la Judicatura. No creo que esa sea una reforma esencial. Más bien la propuesta del Gobierno suena como un mecanismo de distracción o, como se ha dicho, para darles “caramelo” a las altas cortes.

 C.O.T.- ¿Qué piensa de exigir un mínimo de edad para ser magistrado de altas cortes y prolongar por cinco años más su retiro forzoso?

A.G.M.- Si de lo que se trata es de garantizar la independencia de los magistrados, está bien aumentar la edad porque los más jóvenes pueden ser susceptibles de tentación por las ofertas posteriores que puedan recibir de los gobiernos. Me parece sano aumentar la edad a setenta años. Pero más importante que eso sería establecer severas inhabilidades para impedir que los magistrados o sus parientes puedan ser nombrados o postulados a cargos públicos por los gobiernos, por el Procurador, o el por el Fiscal.

C.O.T.- ¿Entonces usted es de los que creen que el nombramiento de parientes de miembros de las altas cortes en puestos oficiales es fuente de corrupción?

A.G.M.- No necesariamente, pero sí puede ser un factor que afecte seriamente la independencia judicial.

C.O.T.- Otro punto que propone el Gobierno para su reforma, es el de impulsar la segunda instancia para los procesos penales en la Corte Suprema. ¿Le gusta esa idea?

A.G.M.- Es conveniente, pero inoportuna. El Congreso desaprovechó la ocasión de introducir la doble instancia cuando estableció el supuesto sistema penal acusatorio de hoy, porque en ese momento no había congresistas presos. Ahora, esa iniciativa puede ser entendida como un salvavidas que el Gobierno les lanza a los parlamentarios de su coalición que están envueltos en líos judiciales. Además, buena parte de los senadores y representantes actuales tendrían que declararse impedidos: ocupan las curules de sus compañeros detenidos; ellos mismos están llamados a indagatoria o han sido citados a versión libre. Mejor dicho, pueden encontrarse en lista de espera.

C.O.T.- ¿Las reuniones entre la Presidencia y la Corte Suprema podrían terminar en que los fallos sean menos independientes?

A.G.M.- Espero que no. Es parte de nuestro folclor confundir los temas sociales con los institucionales. Que el Presidente de la República y el presidente de la Corte se arrodillen ante el cardenal, es una imagen que no puede hacerle pensar a la gente que tienen que desaparecer las naturales diferencias entre los órganos del poder. Como reza el refrán popular, cada loro en su estaca, o como diría Alberto Casas, cada niño con su boleta.

C.O.T.- Pero parece que el Gobierno ha logrado crear una división en la Corte.

A.G.M.- Ojalá que no sea así. Lo que ocurre es que la reelección inmediata del Presidente afectó todo el equilibrio de poderes. Los magistrados deben saber guardar las distancias y no dejarse engolosinar con las invitaciones sociales al Palacio de Nariño.

C.O.T.- ¿Cree que una situación similar a la que ocurre con la Corte puede estar sucediendo también con la Fiscalía y Procuraduría, es decir, que cuando despiertan escozor sus decisiones en Palacio, el Gobierno trata de “persuadirlas”?

A.G.M.- Procuraduría y Fiscalía deben tener la entereza suficiente para tomar las decisiones independientemente de que le gusten o no al Gobierno. A veces no se ha notado mucho la acción de esas entidades frente a casos descarados de intervención en política del Presidente, de sus ministros o de otros altos funcionarios.

C.O.T.- El Fiscal ha anunciado que una sentencia de la Sala Penal en el sentido de que el delito de sedición no aplica para el paramilitarismo, puede solucionarse con el principio de oportunidad. ¿Qué opina sobre esa tesis?

A.G.M.- No he sido partidario de aplicar sin claras restricciones el principio de oportunidad en nuestra legislación. Si se abre la brecha de dejar en manos de la Fiscalía decidir, por razones de eficacia política, cuándo se aplica la ley o cuándo no, seguiremos ahondando el camino de la laxitud ante el ordenamiento legal.