“No era fácil ser amiga de Ana Frank”

La escritora, de padre judío y madre católica, dejó de ser un personaje de ficción para convertirse, a los 79 años, en narradora de las intimidades de la joven víctima del holocausto nazi.  

Volvía a casa después del colegio. Recordaba las impresiones del primer día de clase en el liceo judío de Amsterdam cuando escuchó su nombre: Jacqueline. “¿Tú también vas en esa dirección?”, preguntó una chica con ojos castaño claro señalando el puente que cruzaba el río Ámstel y antes de añadir: “Me llamo Ana Frank”.

“Así fue como nos conocimos y empezamos a frecuentarnos”, recuerda con mirada serena Jacqueline van Maarsen, compañera de estudios de la joven víctima del Holocausto, mientras saborea una taza de té, recién llegada de Amsterdam.

Durante ese curso de 1941, a los 12 años, las dos holandesas trabaron una amistad especial. Una relación que Ana describió con estas palabras en su diario: “Hace poco conocí a Jacqueline van Maarsen en el liceo judío. Ahora es mi mejor amiga”. Sin embargo, ese nombre fue un personaje literario hasta 2003, cuando Jacqueline, quien hoy tiene 79 años, decidió escribir su historia, que Marenostrum acaba de editar en España con un título tomado prestado de esas primeras palabras: Me llamo Ana, dijo, Ana Frank.

 Jacqueline acaba de aterrizar en Madrid. Está un poco cansada, pero atiende a todo el mundo en su hotel, frente al parque del Retiro, con una sonrisa elocuente. Y, cuando habla de su decisión, se muestra relajada y satisfecha. “Ahora estoy feliz. Fue complicado llegar a hablar de este tema. No quería convertirme en una persona conocida sólo a raíz de esa relación. Nadie sabía que Ana era mi amiga. Con los años, empecé a escuchar muchas falsedades sobre su historia. Por eso decidí ponerme a escribir”, cuenta, mientras su marido, Ruud, le ofrece unos pastelitos y vuelve a llenarle la taza de té con un gesto amable. “No siempre resultaba fácil ser la mejor amiga de Ana. Era exigente y a menudo celosa... Teníamos carácteres totalmente opuestos. Sin embargo, éramos como almas gemelas, no había secretos entre nosotras y tratábamos de imitarnos la una a la otra”, devela en el libro.

Desde aquel primer día se hicieron inseparables: “Volvíamos juntas del colegio... Hacíamos los deberes juntas. Ana era más estudiosa, pero yo la ayudaba con las matemáticas, asignatura que no se le daba muy bien”. Juntas jugaban al ping-pong. Y leían los mismos libros, sobre todo las aventuras infantiles de la escritora holandesa Cissy van Marxveldt. “Nos permitían identificarnos con aquellas chicas que vivían en un mundo de libertad y despreocupación”. Mientras observa con ojos vivaces un ejemplar del libro, recuerda: “Lo pasábamos bien. Teníamos conciencia de estar viviendo en una época complicada, pero no imaginábamos lo que ocurriría”.

Jacqueline habla despacio, sopesa sus palabras, y en sus recuerdos se atisba la determinación de toda una vida. Un periplo reflejado en su relato, que documenta también la existencia de una familia entre dos culturas, la judía y la católica, y entre París y Amsterdam, a lo largo del pasado siglo.

Van Maarsen estudió durante los primeros años de la II Guerra Mundial en el liceo judío. El origen de su madre, una católica francesa, le permitió salvarse del exterminio nazi que separó para siempre a las dos amigas. Pero Ana confió su despedida a una carta, fechada el 25 de septiembre de 1942: “Te escribo esta carta para decirte adiós... Espero que nos veamos de nuevo pronto, pero supongo que no será posible antes del fin de la guerra”.

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