La sinfonía del ruido

Fernando Araújo VélezEl cartelito, amarillento y arrugado, oculto por un poste sin luz en la Calle de La Agonía de la Candelaria, sólo decía en letras rojas “Sinfonía del Ruido, Hoy”.

Era una especie de invitación para quienes se esforzaran por investigar la hora, el lugar, la fecha y el asunto. Yo tomé la situación como un desafío, un sinsentido para hallarle una razón a la vida por lo menos un día. Las pesquisas iniciales arrojaron sus primeros resultados sobre el medio día de aquel último viernes de marzo dos años atrás. Un estudiante de música me dijo que “eso debían ser acusmáticos”.

“A-cus-má-ti-cos”, repetía yo  como un autómata, mientras bajaba por aquella Agonía en la que tiempo atrás una monja de clausura había matado a su compañera de habitación en el convento de Las Adoratrices, marcado con el número 3-71. Por aquella calle el nombre parecía haber inducido los hechos. Luego me comentaron a manera de rumor envenenado que las dos protagonistas de aquel drama, Leticia López y Luz Amparo Granada, fueron amantes y cómplices de un oscuro negocio. La verdad desnuda jamás se supo del todo, pero esa tarde mientras desandaba la calle en busca de los acusmáticos o lo que fueran, yo sentí escalofríos.

 Sobre la 5a. me encontré otro afiche similar al primero. Los mismos datos, y escrita a mano sobre un portón: 9 p.m. Decidí aguardar allí algo, lo que ocurriera. Pasaron 30, 40 minutos. Por fin, un estudiante muy bien vestido se detuvo ante el afiche, y tocó con la aldaba lo que debía ser una clave secreta. La puerta se abrió. El muchacho me miró, sonrió,  preguntó si yo iba para el concierto y me hizo pasar. Atravesamos dos pasillos y una habitación vacía. Al fondo, de los agujeros de una cortina se colaban luces azules, blancas, verdes y amarillas, y un zumbido cada vez más intenso. Mi anfitrión descorrió un poco la cortina y me invitó a seguir a otro salón. Regados por ahí había decenas de personajes, disímiles, cabizbajos, paseantes. Movían la cabeza al ritmo de nada, pues no había nada de ritmo en aquella sinfonía del ruido, que era un incesante y agudo pito que salía de parlantes y parlanticos al que aquellos sombríos sujetos llamaban música acusmática. “Es que ésta es nuestra vida de hoy: ruido, incomunicación, estruendo”, me explicó al final del concierto el anfitrión.

 

últimas noticias