Un reto político olímpico

Los Juegos Olímpicos y la geopolítica han estado íntimamente relacionados.

Toda sede olímpica quiere marcar la diferencia. En esta ocasión, más allá de los aspectos deportivos y del espectáculo mediático, los Juegos Olímpicos, cuya ceremonia inaugural tendrá lugar el 8 de agosto, servirán para poner de manifiesto la complejísima interrelación entre deporte y política, medioambiente y economía, medios de comunicación y derechos humanos.

Gracias a Beijing, asistiremos a la exposición más completa de las gigantescas contradicciones que dominan nuestra forma de vida. A un lado tendremos esa cosa llamada espíritu olímpico, que celebra el esfuerzo individual, el afán de superación humano y, también, la extraordinaria diversidad étnica y cultural de nuestra especie. Al otro lado, sin embargo, observaremos en toda su crudeza hasta qué punto, a la par que nos mostramos capaces de superar los mayores retos técnicos y desplegar una creatividad enorme, se continúa negando a millones de seres humanos algo tan básico como el derecho a la vida o unos mínimos de libertad personal.

Estas carencias se ven agravadas en el caso chino por la severa contaminación del aire, el agua y la cadena alimentaria, problemas que involuntariamente se han convertido en los verdaderos protagonistas de los Juegos y que han llevado a las autoridades chinas a tomar medidas drásticas (pero seguramente inútiles a largo plazo).

En realidad, la utopía que nos presentan las autoridades chinas parece cada vez más una distopía, es decir, una utopía perversa, el extremo perfectamente antitético de una sociedad ideal. Por ello, el lema oficial de los Juegos, “Un mundo, un sueño”, no puede ser más afortunado para hacernos visualizar hasta qué punto nuestro modelo de desarrollo (del cual China es un ejemplo extremo, pero en modo alguno una excepción) es insostenible de no mediar un cambio radical en nuestra manera de relacionarnos con nuestro entorno. Si estos Juegos al menos sirvieran para marcar un antes y un después a la hora de entender y afrontar los riegos medioambientales, su recuerdo sería más positivo

En el ámbito político, los Juegos chinos son igualmente complicados. Desde que en Berlín en 1936 Jesse Owens ganara cuatro medallas de oro haciendo abandonar el palco a un Hitler furioso, los Juegos y la política han estado íntimamente relacionados.

La masacre de Tiananmen de 1989 hizo fracasar la primera candidatura olímpica china. Años después, sensible al hecho de que las violaciones de los derechos humanos y las restricciones a la libertad de prensa constituían un obstáculo insuperable, el alcalde de Beijing y presidente de la candidatura china, Liu Qi, se comprometió ante el Comité Olímpico Internacional a


garantizar la libertad de movimientos de los medios de comunicación y a introducir mejoras en la protección de los derechos humanos.

Hoy, 19 años después de Tiananmen, más de 130 presos políticos siguen en la cárcel, sin que las promesas de Beijing de liberarlos coincidiendo con los Juegos parezcan que vayan a materializarse (como tampoco parece que vayan a relajarse las restricciones a la libertad de información a pesar de los compromisos en este sentido). Por su parte, en lo referido a Tíbet, las autoridades chinas han relajado su posición, accediendo a abrir una ronda de conversaciones con los representantes del Dalai Lama. Sin embargo, aquí también está por ver hasta qué punto estas medidas subsistirán una vez finalizados los Juegos.

Durante los últimos meses se discutió mucho si había que boicotear o no los Juegos. No se hizo por obvias razones: una cosa así sólo habría traído consecuencias muy negativas y sólo sería válida si aplicáramos la posibilidad de sostener un doble rasero.

¿Hubiéramos boicoteado los Juegos Olímpicos si éstos se hubieran celebrado en Estados Unidos en el año 2004, coincidiendo con la invasión de Irak, la puesta en marcha de Guantánamo, los vuelos secretos y las cárceles ilegales de la CIA? Seguramente no. Al fin y al cabo, no sólo hay contradicciones en Beijing.

El hijo del arquitecto nazi

Las Olimpiadas de Beijing, que comienzan el próximo 8 de agosto, han despertado comparaciones con las que Hitler organizó en Munich, en 1936. En ambos casos los Juegos han sido interpretados como un símbolo del poderío del país anfitrión. Pero hay otro paralelo. El cerebro del gran cambio de la ciudad sede de los Olímpicos es Albert Speer Jr., el hijo del arquitecto de Hitler, Albert Speer.

El reconocido arquitecto de Frankfurt, aseguró que él no está tratando de imitar a su padre, pero admite que las comparaciones son inevitables. Expertos en arquitectura han encontrado un parecido entre el plan de Speer Jr. para Beijing y el de su padre para Berlín. Ambos parten de un eje que divide la ciudad de norte a sur. Aunque el de Berlín nunca se construyó, en Beijing la  avenida va desde la estación de trenes hasta la villa olímpica.

 

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