Una ciudad invisible

Ubicada en el noroccidente de China se encuentra esta población en donde el paisaje se caracteriza por una exótica mezcla de lugares desérticos, misteriosas cavernas y oasis incomparables. Visita a un país  grande y sorprendente.

Aunque es cierto que China (Reino Medio, como indica su nombre en caracteres) es un país muy vasto y que tiene mil lugares y templos para ver, si uno tiene la oportunidad de viajar a Oriente hay un sitio fuera de las rutas turísticas comunes que no hay que perderse: Dunhuang.

Se trata de una pequeña ciudad ubicada al noroccidente de China, en la provincia de Gansu, más exactamente en toda la mitad del milenario corredor de Hexi, el estrecho pasaje que comunicó siempre a esta gran nación con el mundo occidental.

 Una de las maneras más rápidas de llegar a Dunhuang es tomando un vuelo de Beijing a Lanzhou, la capital de la provincia de Gansu, y a partir de allí abordar otro vuelo o un tren hasta el destino. Sin embargo, uno de los placeres de viajar por toda China es hacerlo en tren y es posible conseguir uno desde Beijing hasta Lanzhou y de ahí subirse a otro que lo transporte hasta Dunhuang.

Tras horas de viajar en tren, el monótono paisaje árido da paso a imponentes dunas de arena enrollada que dejan boquiabierto a cualquier espectador. Inmerso en el desierto del Gobi a la manera de un oasis, Dunhuang ofrece vista a las dunas desde casi cualquier punto e incluso tiene a sus afueras un hotel —el Dunhuang Shanzhuang— cuyas habitaciones parecieran incrustarse en pleno desierto.

Más allá de las dunas y las noches románticas y estrelladas con el paisaje desértico como fondo, son sus atracciones turísticas las que hacen de Dunhuang destino de viajeros chinos y extranjeros.

Al llegar es probable que varios taxistas ofrezcan sus servicios como choferes y guías turísticos y que para ello tengan todo un folleto con las muchas atracciones que hay dentro y alrededor de la ciudad. Si bien la mayoría de estos espontáneos ‘guías’ son confiables y saben lo que hacen, algunas de las visitas que proponen se ven increíbles en la foto pero en realidad no tienen nada de sorprendente. Todos los lugares para visitar quedan en áreas próximas a Dunhuang, bien sea a diez minutos o una hora de distancia, y entre ellos hay, sobre todo, tres o cuatro fundamentales que descrestan a cualquiera.

 Dunhuang es especialmente famosa por tener a veinte minutos en carro las cuevas de Mogao, uno de los complejos más grandes y antiguos de cuevas de arte budista de toda China y del mundo. El lugar  está compuesto de una serie de grutas incrustadas en las paredes de un cañón de 1.700 metros de largo en medio de las arenas del desierto del Gobi. En su descubrimiento, se determinó que las primeras de estas cuevas datan del siglo IV a.C., época a partir de la cual este sitio geográfico se convirtió en uno de los principales centros de devoción y estudio budistas, llegando a albergar 18 monasterios, miles de monjes, traductores, calígrafos y artistas.


Las cuevas están abiertas al público todo el año, variando el precio de admisión, dependiendo de la temporada y las cuevas disponibles para ver. Son más de 600 cuevas y el nivel de protección es bastante rígido, por lo cual es imposible visitarlas libremente por uno mismo. Por unos 12 euros, la admisión a las cuevas otorga un tour de dos horas por 10 cuevas.

 Otra de las atracciones principales está seis kilómetros al sur, más al interior del Gobi. Se trata de Mingsha Shan (la montaña de la arena que canta, como su nombre en chino lo indica), un oasis rodeado de dunas colosales que llegan a los 2.000 metros de altura. Para llegar al oasis hay que escalar, bien sea a pie o en una caravana de camellos. Una vez en la cima, se contempla la extensión del desierto y se inicia el descenso hacia lo que llaman el Lago de la luna creciente: agua cristalina acompañada de unas construcciones tradicionales chinas. Aparte de la extrañeza del lugar y lo imponente del paisaje, la admisión a Mingsha Shan permite quedarse todo el día, disfrutar de las dunas, tratar de escalarlas y esperar en ellas la caída del sol.

Con la guía de cualquier taxista es muy fácil atravesar el desierto y llegar a uno de los puntos cruciales de la Ruta de la Seda: Yumen Guan (Paso de la puerta de Jade). Si bien el paso de los siglos ha hecho estragos y ya poco queda, aún está en pie esta puerta de paso (y torre de vigilancia) que marcaba el inicio de la ruta que seguía por el norte hacia Turpán. Allí el paisaje se hace aún más sorprendente y extraño al combinar un desierto de dunas, seguido de pastizales con yaks y una cadena montañosa con sus picos nevados al fondo.

Dunhuang, desierto, cuevas budistas, oasis y ruta de la seda, todo a la vez, es una mezcla muy interesante y única en China. A mitad de camino entre la China típica (representada por Beijing, al este del país y la nacionalidad Han) y la región autónoma uighur de Xinjiang (el extremo opuesto), entre la hora oficial de Beijing y la hora real de su latitud, entre el chino mandarín y su dialecto uighur, Dunhuang es simplemente fascinante. No sólo sus atracciones turísticas sino lo abrupto de sus paisajes, la mezcla de culturas que se ve reflejada desde los rasgos de sus habitantes hasta su habla, pasando por su deliciosa comida (que une lo mejor de la cocina típica china con la de Medio Oriente), hacen de Dunhuang uno de los destinos imperdibles del ‘Reino Medio’.

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