UNASUR, un elefante blanco

El pasado 23 de mayo 12 presidentes, incluido el colombiano, acordaron en Brasil el Tratado que crea la Unión de Naciones Suramericanas.

Un ambicioso acuerdo que pretende “construir, de manera participativa y consensuada, un espacio de integración y unión cultural, social, económico y político entre sus pueblos, priorizando al diálogo, las políticas sociales, la educación, la energía, la infraestructura, el financiamiento y el medio ambiente, entre otros, con miras a eliminar la desigualdad, lograr inclusión y participación ciudadana, fortalecer la democracia y reducir asimetrías con el fortalecimiento de la soberanía e independencia de los Estados”.

Al leer el texto completo del Tratado, no se sabe si deslumbrarse por la visión de estadistas y largo plazo de sus impulsores, o preocuparse por el tiempo que le dedican algunos presidentes a crear instituciones que, además de gastar los recursos de “sus pueblos”, no sirven para nada.

Algunos argumentarán que es mejor tener un espacio para el diálogo en temas como la pobreza, el medio ambiente, la seguridad, etc. Pero no nos digamos mentiras, si existiera una verdadera voluntad política para actuar conjuntamente y en un marco de cooperación, la región tendría menos problemas de los que tiene y no sería necesario crear este Tratado, con todo el bombo diplomático que lo rodea.

Habrá que lidiar con la creación de una nueva entidad jurídica, con Secretaría General en Quito, Parlamento Suramericano en Cochabamba y tratar que funcionen los esquemas existentes, como la CAN y el Mercosur.

Es claro que Colombia no podía ser el único suramericano que se quedaba por fuera de este juego, por aquello del aislamiento internacional, así que tenía que participar; pero cada paso que se dé de ahora en adelante para fortalecer ese esquema de integración socio-político-económico, debe medirse con mucha cautela para no terminar explicando en unos años por qué ese elefante blanco, creado en medio de tantos discursos, no sólo no funcionó y la región sigue sumida en la pobreza, sino por qué terminó siendo un foro utilizado por nuestros vecinos para cuestionar una y otra vez las políticas y actuaciones de Colombia en cada uno de esos frentes.

El pasado 23 de mayo 12 presidentes, incluido el colombiano, acordaron en Brasil el Tratado que crea la Unión de Naciones Suramericanas. Un ambicioso acuerdo que pretende “construir, de manera participativa y consensuada, un espacio de integración y unión cultural, social, económico y político entre sus pueblos, priorizando al diálogo, las políticas sociales, la educación, la energía, la infraestructura, el financiamiento y el medio ambiente, entre otros, con miras a eliminar la desigualdad, lograr inclusión y participación ciudadana, fortalecer la democracia y reducir asimetrías con el fortalecimiento de la soberanía e independencia de los Estados”.

Al leer el texto completo del Tratado, no se sabe si deslumbrarse por la visión de estadistas y largo plazo de sus impulsores, o preocuparse por el tiempo que le dedican algunos presidentes a crear instituciones que, además de gastar los recursos de “sus pueblos”, no sirven para nada.

Algunos argumentarán que es mejor tener un espacio para el diálogo en temas como la pobreza, el medio ambiente, la seguridad, etc. Pero no nos digamos mentiras, si existiera una verdadera voluntad política para actuar conjuntamente y en un marco de cooperación, la región tendría menos problemas de los que tiene y no sería necesario crear este Tratado, con todo el bombo diplomático que lo rodea.

Habrá que lidiar con la creación de una nueva entidad jurídica, con Secretaría General en Quito, Parlamento Suramericano en Cochabamba y tratar que funcionen los esquemas existentes, como la CAN y el Mercosur.

Es claro que Colombia no podía ser el único suramericano que se quedaba por fuera de este juego, por aquello del aislamiento internacional, así que tenía que participar; pero cada paso que se dé de ahora en adelante para fortalecer ese esquema de integración socio-político-económico, debe medirse con mucha cautela para no terminar explicando en unos años por qué ese elefante blanco, creado en medio de tantos discursos, no sólo no funcionó y la región sigue sumida en la pobreza, sino por qué terminó siendo un foro utilizado por nuestros vecinos para cuestionar una y otra vez las políticas y actuaciones de Colombia en cada uno de esos frentes.

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