Vallejo y el culto a la personalidad

Después de diez años de ausencia, el escritor antioqueño Fernando Vallejo regresó a Medellín para participar como invitado de honor en un diálogo abierto en el Teatro Camilo Torres de la Universidad de Antioquia, con motivo de los 150 años del natalicio de Tomás Carrasquilla.

Cruzado de brazos, y de pie en el centro del escenario rodeado de perros, el controvertido escritor despotricó por más de hora y media contra Uribe, la Iglesia y la clase política colombiana, con su habitual diatriba demoledora y virulenta de la que no se escapa nada ni nadie.

La conferencia, como todo lo suyo, fue una mezcolanza de ideas contradictorias, de lucidez y bobería, de menosprecio por lo humano y profundo amor por los animales, de narcisismo y sencillez y de hondo humanismo salpicado con un tinte reaccionario y racista.

Por desgracia, su gusto por el escándalo y el afán protagónico lo ha ido convirtiendo en una estrella del entretenimiento a quien le celebran por igual aciertos y disparates. Y lo más triste es que su necesidad narcisista de escandalizar ha ido en detrimento de la calidad de su obra literaria. Sus recientes libros se han vuelto repetitivos, desorganizados, atiborrados de las mismas formulitas de éxito de los anteriores, de las trilladas irreverencias y llenos de los mismos chistes.

Mucho peor han sido sus intentonas como científico amateur. En un libro que publicó hace unos años, Manualito de imposturología física, Vallejo incursiona en la física con la pretensión de desenmascarar a los grandes físicos. El librito es flaco pero de lectura pesada, un bodrio híbrido de ciencia y literatura atestado de errores, ingenuidades y absurdos que cualquiera que haya recibido un curso elemental puede descubrir.

El problema es que Vallejo, incapaz de superar las dificultades matemáticas que exige la comprensión de la física, y al verse impotente y sin argumentos, recurre al insulto y a la patanería, y cree que así está refutando a Einstein y a Newton. Pero el culto a la personalidad enceguece, y donde los físicos no ven sino estupideces, sus admiradores encuentran un verdadero “placer para la inteligencia”, como alguna vez escribió el periodista Antonio Caballero.

Ya tuvimos suficiente con Patarroyo, que logró que la gente confundiera “farándula publicitaria con cura contra la malaria”, y ahora, al show de Shakira y al invento mediático de Juanes, tristemente se suma el gran escritor antioqueño, convertido en vedette del entretenimiento.

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