El Boyacá tiene su ‘Chico’

Joao Rivelino Hinestroza sería inscrito por el  Chicó para el torneo Apertura. El delantero fue descubierto por Eduardo Pimentel en el Urabá antioqueño. Él encarna la historia de cientos de futbolistas que dejan a su familia y a su tierra para triunfar.

Del legendario Roberto Rivelino sólo sabe que fue un grande del fútbol y que tenía una patada fenomenal. Unos videos con goles y jugadas del crack brasileño contenidos en algunos viejos casetes de VHS que un día le mostró su padre, un amante enamorado de la fantasía del ‘scratch’ de los 70, es la referencia que tiene del porqué de su nombre. Joao Rivelino Hinestroza Valencia, el pequeño que acaba de cumplir 13 años y que hoy entrena codo a codo con los profesionales del Boyacá Chicó, cuenta con orgullo que ya tiene “algunas cositas” de aquel jugador de regates eléctricos, campeón mundial en México.

“Los quiebres, la gambeta, los goles y la velocidad. La patada todavía me falta”, reconoce el púber futbolista, oriundo de Apartadó, que en los próximos días será inscrito ante la Dimayor por el club dirigido por Alberto Gamero, lo que lo convertiría en el más joven entre los jugadores de Primera División.

“Me sorprendió un poco, pero sé que todo esto es por mi trabajo. Tengo ganas y eso es lo importante”, dice Joao Rivelino, cuyo talento desconcertó a Eduardo Pimentel, en una de sus conocidas expediciones a la región del Urabá antioqueño.

“Un día hicieron un partido en el estadio de Apartadó y dijeron que era muy importante para nuestro futuro. Ese día jugué muy bien y hasta hice gol”, recuerda Joao, quien también tiene muy presente la primera frase de Pimentel después del partido: “Me dijo: ‘¿Usted no se aburriría en Tunja?’, pero yo le dije que no, que lo mío era el fútbol”.

Joao Rivelino nació en una finca en la que trabajaba su papá en Turbo, pero a los pocos meses de nacido lo llevaron a Apartadó, donde creció junto a sus cuatro hermanos y sus dos hermanas (todos mayores) y empezó a jugar fútbol como todos los niños de aquella región. “Al comienzo jugaba descalzo, pero después entré a un equipo del pueblo donde estaba Alexander Balanta, a quien le agradezco mucho, porque me enseñó lo que hoy sé”. El entrenador que menciona con tanto aprecio, fue precisamente quien le regaló sus primeros guayos.

A mediados del año pasado Joao recibió la noticia que le ha dado un giro total a su vida. Tuvo que llamar a su papá para pedirle permiso, ya que aunque vive con su mamá, ella padece  problemas mentales por un accidente que sufrió cuando él estaba recién nacido.

Pocos días después, con 190 mil pesos en el bolsillo, entre lo que le mandó Pimentel para los tiquetes de bus y algo que reunieron sus hermanos y amigos para que comiera por el camino, Rivelino partió hacia la fría capital boyacense, con el sueño de ayudar a su familia. “Yo les dije, voy a luchar por ustedes, soy el menor, pero les voy a ayudar”, cuenta.

“Cuando llegué me dijeron que aquí no había divisiones inferiores, sino que el que rindiera lo ascendían”, explica, por eso, en los primeros seis meses Rivelino trabajó con un grupo de juveniles que dirige John Jaime La Flecha Gómez y donde las


palabras claves son trabajo, esfuerzo y paciencia. Con ellos jugó varios partidos de fogueo bajo la atenta mirada del técnico Alberto Gamero, quien siempre está muy pendiente de los nuevos talentos que puedan reforzar su plantilla.

En diciembre Rivelino  pudo visitar a su familia y cuando regresó le tenían la buena nueva: pasaría a entrenar con los profesionales, donde encontró a un paisano que se ha convertido en ejemplo de todos los jóvenes del equipo: Évert Antonio Chaca Palacios, quien a sus 40 años es el jugador más veterano del torneo y se prepara para una nueva temporada con el equipo ajedrezado.

“Chaca me dice que la disciplina es lo primero y yo tomo bien ese consejo”, afirma Joao, quien pese a su corta edad muestra una gran fortaleza para soportar estar en una tierra extraña, de costumbres muy diferentes.

“Lo más duro es adaptarme al ambiente de esta ciudad. A mí me hace mucha falta mi familia, pero esto se trata es de ganas y de querer”, dice el joven delantero al que  se le hace agua la boca cuando se acuerda del bocachico y el robalito, que fritos o guisados, son sus platos favoritos y que pocas veces los puede degustar. “Solo cuando me mandan el pescado por encomienda en una cajita”.

El frío ha sido otra barrera que ha tenido que vencer, sin embargo, dice que hoy está muy adaptado, por eso sobresale entre los ‘enruanados’ que transitan por la Plaza de Bolívar de Tunja, porque luce una camiseta y unas bermudas muy coloridas, además de sus zapatillas rojas.

En sus manos tiene enrollado un fax que le acaban de enviar con la copia de su registro civil, porque tiene que solicitar la tarjeta de identidad que perdió hace unos pocos días. “Creo que fue un día que me paró el Ejército y después de mostrarle mi tarjeta no guardé bien la billetera”, explica.

Espera que el trámite sea rápido, porque se acerca el torneo y Rivelino quiere estar inscrito y listo desde el primer día para que el técnico Gamero lo tenga en cuenta.

“Yo quiero ser un grande en el fútbol y quiero sacar a mi familia adelante y sé que lo voy a lograr, porque Dios me está premiando”, dice con mucha convicción este niño que llegó de 12 años a Tunja y que el pasado 31 de diciembre cumplió los 13, el pequeño al que además del fútbol le encanta jugar a las escondidas y a ‘la lleva’ con sus vecinos en el conjunto Villa Cecilia y quien también se considera un duro para el fútbol en los juegos de video. “Ahí también soy jodido (ágil)”, asegura.

 Chicó se la juega con la juventud de Rivelino, quien ahora tiene su oportunidad de demostrar que a pesar de ser un niño, tiene la fuerza y las ganas de un grande.

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