Una historia en lengua bífida

A proposito del hallazgo, esta semana en la mina carbonífera de El Cerrejón, de la mayor serpiente que ha vivido sobre la Tierra. Perfil de una familia acostumbrada a hablar el lenguaje de los seres que han reptado desde la Biblia hasta hoy.

Juan Manuel Renjifo es un hombre de 60 años, de dulces maneras, quien casi siempre habla en voz baja y fuma compulsivamente. De su mano cuelga permanentemente el humeante extremo de un cigarrillo con el que palia la conversación, como si la historia le saliera mejor con el sabor del tabaco, porque la historia es larga. Desde hace más de 30 años trabaja con culebras. Es una de las personas que desarrollaron por primera vez el suero antiofídico en Colombia, labor a la que se ha dedicado desde 1973, cuando ingresó al Instituto Nacional de Salud para explorar los vericuetos del veneno de las serpientes del país en busca de un antídoto: el suero que permite salvar vidas en los más de 2.500 casos de mordedura de estos reptiles que se presentan cada año en Colombia.

El cuento de la ciencia, la medicina y las serpientes se extiende a lo largo de tres generaciones de la familia Renjifo: viene del padre de Juan Manuel y va hasta su hija, Camila, una estudiante de biología. Pareciera que los Renjifo no tienen sangre caliente.

Como la gran mayoría de las pasiones profundas, de las motivaciones que nacen en lo más hondo del estómago, como si aquello se tratara de una fuerza ajena que impone su voluntad, el amor de Renjifo por la ciencia y la investigación pudo haber nacido de su padre, el médico Santiago Renjifo Salcedo.

Renjifo padre fue ministro de Salud durante el gobierno de Guillermo León Valencia, entre 1962 y 1966, además de desempeñar varios cargos directivos en instituciones del mismo ramo, como la Escuela de Salud Pública de la Universidad Nacional, durante buena parte de su vida. Sin embargo, debajo de la corbata y el protocolo de los funcionarios del alto gobierno, habitaba en Santiago Renjifo un aventurero. Formó  parte de la primera expedición a la Sierra de La Macarena, un territorio que aún hoy parece inhóspito, agreste, como si la selva no quisiera la presencia del hombre en sus dominios.

En ese entonces, aún era un paraje virgen, uno de los tantos rincones del mapa nacional sin nombre ni Dios, sin un estandarte que reclamara aquel paisaje indómito para alguna causa, la que fuera. El ministro, machete en mano y con la compañía de varios médicos y científicos, se dio a la tarea de explorar los rincones de la Sierra en busca del funcionamiento de la naturaleza, una parte de la ecuación de la vida. Renjifo arañó la región en busca de la cura contra la fiebre amarilla, una de aquellas enfermedades que por aquel entonces equivalían a una peste de proporciones bíblicas.

Santiago Renjifo Salcedo murió en 1969, tres años después de haber dejado su oficina ministerial. Hoy su nombre lo llevan una medalla al mérito médico en el departamento del Valle y el punto más alto de la Sierra, el Pico Renjifo, como testimonio vivo de la aventura en la que participó el ex ministro.


Valores familiares

“Yo empecé a trabajar con serpientes porque me dijeron que no podía, que mejor no lo hiciera. En la Universidad Javeriana tuve varios profesores que trataron de disuadirme de meterme en el cuento de las culebras. Mi trabajo arrancó con un no”, dice, entre el humo de otro cigarrillo, Juan Manuel Renjifo. “Cuando entré al Instituto Nacional de Salud era apenas un auxiliar y mi sueldo era de $4.200, en 1973. Junto con otros profesionales, entre ellos el médico pediatra Rodrigo Ángel, y bajo la guía de Róger Bolaños, un médico costarricense, y quien era en el momento toda una autoridad en la materia, comenzamos a investigar serpientes con miras a la producción de suero antiofídico, algo que para la época no se hacía en el país”.

Después de varios meses de entrenamiento y lectura, de aprendizaje de un oficio que puede ser letal, en 1974, Renjifo y otros profesionales empezaron el proceso de producción del preciado suero, que comienza con la recolección de las serpientes, la valiosa fuente del veneno, que en última instancia se convierte en la cura.

Renjifo cuenta que en 1974 su primera labor consistió en repartir cajas por todo el país y, al mismo tiempo, enseñarle a la gente a reconocer y atrapar las serpientes para poder desvenenarlas en el laboratorio del Instituto. Y advierte que una de las cosas más importantes es contar con las especies nativas del país. “No sirve de a mucho que se traigan sueros del extranjero, cuando estos son hechos con base en serpientes que no hay en Colombia, porque el suero pierde títulos, efectividad: una persona a la que le sea aplicada el suero que no corresponde necesitará, en caso de ser verdaderamente efectivo, más dosis, lo que aumenta la probabilidad de que el paciente desarrolle reacciones alérgicas, un asunto muy peligroso”.

La producción de suero se hizo sin mayores percances y con estándares muy altos de calidad, hasta el año 2000. En ese momento, recuerda Renjifo, debido a problemas de administración, el Instituto Nacional de Salud debió cerrar sus laboratorios, pues alguien en el nivel gerencial había olvidado cumplir con el requisito de solicitar de parte del Invima una visita para certificar las buenas prácticas de manufactura. “Por un lío gerencial el país se quedó sin producir su propio suero, mientras se mejoraban las condiciones de los laboratorios, que nunca pusieron en riesgo la calidad de la producción. Esto pudo ser un problema mayor, pues el suero de otros lados no necesariamente se hace con las especies que habitan en Colombia y eso disminuye su efectividad”, explica el herpetólogo.

En Colombia hay 250 especies de serpientes, además de la serpiente más grande que ha vivido en la Tierra, cuyo fósil fue encontrado esta semana en El Cerrejón. De éstas, 74 son venenosas. Fueron 30 años de ferviente investigación y trabajo


para producir suero con el fin de cubrir casi la totalidad de las especies y así blindar el país contra las muertes por accidentes con estos reptiles, cuyos venenos logran su letal cometido después de deformar grotescamente el cuerpo humano, como si la naturaleza se cebara con la desdicha de aquel que pierde el encuentro con estos reptiles.

En 2005, de acuerdo con Renjifo mismo, gracias a la reforma del Estado impulsada por el presidente Álvaro Uribe, el investigador salió del Instituto. “Había cumplido la edad y otras cosas y no tuvieron en cuenta mi experiencia ni mi recorrido”. Sin embargo, Renjifo dejó el legado de su trabajo, la pericia acumulada durante más de 30 años, a su hija Camila, quien, siguiendo la pasión por la ciencia y la investigación que viene en la sangre de los Renjifo desde los años en que su abuelo se batía cara a cara con la selva indómita de La Macarena, estudió biología y se concentró en el análisis de los mismo reptiles que aún hoy desvelan a su padre.

“Las serpientes venenosas que hay en el país se pueden dividir en dos familias: biperidae y ellapidae (de la cual hacen parte las corales). Mi tesis versa, en reducidas palabras, acerca de las diferencias radicales que existen entre los venenos de dos serpientes coral de la misma especie. Esto es de suma importancia, porque incide en la efectividad con la que se produce el suero, ya que no basta con tener suero de una especie, sino de la serpiente específica, debido a las diferencias que puede haber dentro de la misma familia”, dice Camila Renjifo, con los ojos refulgentes de emoción. Para ella, el tema de la producción de suero antiofídico es un asunto de salud pública.

“Su papá le dice: mija, yo te heredé un país”, aclara la esposa de Juan Manuel para explicar el sentimiento profundo que yace detrás de los datos, la estadística y el método científico; el pequeño motor que impulsa la curiosidad humana. En vez del machete que decapita sin mediar palabra, Camila Renjifo hace énfasis en la palabra, la ciencia y el conocimiento como formas de llegar a encontrar soluciones y verdades dentro del mundo letal, pero fascinante, de los venenos de un animal que repta por la tierra, condenado al odio de muchos y a la atención de pocos, como los Renjifo.

Así se fabrica el antídoto

Durante cerca de ocho meses, se inyectan pequeñas dosis de veneno de serpiente en el lomo de los caballos, unos animales con el sistema inmunológico capaz de contrarrestar el efecto nocivo de las toxinas.

Después de este período, a cada caballo se le extraen varios litros de sangre, que se llevan a un laboratorio especializado. Allí el líquido se somete a procesos de filtrado y centrifugación en los que se limpia y se separa el plasma de la sangre del animal.

El plasma, en el que se encuentran los anticuerpos, entra en un nuevo proceso en el que se minimiza su concentración. Así se reduce la posibilidad de que ocasione una reacción alérgica. Se envasa y queda listo para ser aplicado.

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Santiago La Rotta

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Una historia en lengua bífida

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