Los secuestrados y el fútbol

Ex congresistas y militares reconstruyeron para <strong>El Espectador</strong> momentos en los que un partido los liberó de las cadenas y se convirtió en aliciente para no dejarse morir en la selva.

Este Domingo los civiles, militares y policías que permanecen secuestrados por la guerrilla amanecieron con otro arresto para soportar cautiverios de 11 años. O, tal vez, más sumidos en la desdicha.

Depende de si el sábado en la noche la selección nacional de fútbol ganó, empató o perdió con Bolivia en Bogotá. Depende de si los carceleros de turno les permitieron oír el partido o les decomisaron los radios, depende de si lograron contener sus emociones o les hicieron apagar los transistores porque después de las 8:00 nadie debe hacer ruido, depende de si los aviones de la Fuerza Aérea sobrevolaron, depende de si hubo bombardeo o goles. En estas circunstancias, la vida de los cautivos más antiguos del mundo queda supeditada a los avatares que allí produce un partido de fútbol.

Estos testimonios le dan vigencia al escritor Juan Villoro cuando advirtió: “Es posible que el fútbol represente la última frontera legítima de la intransigencia emocional” (Dios es redondo, Planeta). Y le otorgan razón al legendario periodista y escritor polaco Ryszard Kapuscinski que se lamentaba de que a sus reportajes sobre la guerra y el fútbol les faltó el capítulo colombiano.

“Millos me ayudó a escapar”

El ex gobernador del Meta Alan Jara no quiere quitarse la camiseta que le regaló Gerardo Bedoya, el líder de su equipo del alma, el día que regresó al estadio El Campín de Bogotá tras siete años en poder de las Farc. “El fútbol me dio la posibilidad de escapar del secuestro o de refugiarme de la montaña rusa que eran las noticias sobre si iban a liberarnos o no, aunque ahora me hacen este chiste: dicen que después de ver jugar al equipo tan mal casi arranco pa la selva otra vez.

En el grupo en el que yo estaba, con militares y policías, no nos perdíamos ni un partido gracias a un radio de pila grande que llamábamos ‘la panela’ y que sólo servía para frecuencia AM. Claro que cada que pasaba un avión debíamos apagarla, así estuvieran cobrando un penalti. Una vez estábamos oyendo Cúcuta-Millos, faltaban pocos minutos y creíamos que había ganado. Sintieron un avión, apagamos y cuando nos dejaron oír de nuevo habíamos perdido el partido.

El año más emocionante fue 2007, porque aposté con el sargento Arbey Delgado la lavada de 50 ollas a quién quedaba mejor al final del segundo campeonato: ¿Millos o Santa Fe? ¡Le gané! Otro inolvidable fue el día que ascendió a la profesional Centauros (2002), el equipo de mi tierra, y el más triste fue al año siguiente porque bajó de nuevo a la B. A mis amigos que siguen secuestrados les mandé mensajes de ánimo a través de programas de fútbol como Los dueños del balón y El ballet azul —el programa preferido de seguidores de Millos como el general Luis Mendieta— porque mi apuesta ahora es trabajar con el grupo Colombianos y Colombianas por la Paz hasta que los liberemos”.


“Pasé de sufrir a gozar” 

La ex congresista Gloria Polanco, secuestrada en 2001 en su apartamento de Neiva, nunca había sido aficionada, aunque su esposo Jaime Lozada, congresista asesinado en 2005 por las Farc, fue presidente del Club Atlético Huila. “Lo acompañaba al estadio pero no me gustaba ver ni oír fútbol porque sufro mucho, si me concentró en un partido me da infarto. Al comienzo le decía a Arbey Delgado —sargento del Ejército secuestrado desde agosto de 1998— que cogiera mi radio, pero después los veía tan contentos mientras oían los partidos que empecé a acompañarlos y a hacerle barra a mi Huila. Le ponía todo el volumen al radio y no me daba pena gritar cuando hacían gol. Hasta los guerrilleros que hacían guardia alrededor de la cárcel se emocionaban porque oían la transmisión, hacían fuerza por sus equipos y aunque les tenían prohibido hablar con nosotros, se reían de vernos brincar y apostar la cancharina, una arepuela de harina de trigo agua y sal. Un día el ‘Mono Jojoy’ ordenó que nos los quitaran y duramos como un año sin oír mensajes de nuestras familias ni los partidos. No hallábamos qué hacer de la desesperación”.

Cuando recuperaron la conexión con el mundo exterior, las emisoras habían ampliado los programas en los que hablaban de los secuestrados y durante los partidos los narradores empezaron a transmitirles ánimo. “Era una dicha doble oír el partido y saber que no nos habían olvidado”.

“Lo máximo fue la Copa”

Durante los ocho años que estuvo secuestrado, al ex congresista Óscar Tulio Lizcano le tocó oír los partidos sólo mientras los guerrilleros oían vallenatos. “Como yo fui futbolista —jugué con la selección de la Universidad de Medellín y en las reservas del Nacional como número 10—, lo máximo fue el triunfo del Once Caldas en la Copa Libertadores de 2004.

Estaba en las selvas del Chocó, quería compartir con alguien que mi equipo le había ganado al Boca Juniors y no podía hablar con nadie porque permanecía solo en la caleta. Tenía que aguantarme la emoción, porque después de las ocho no se debía hacer ruido y ninguno de los carceleros podía hablar conmigo.

El único guerrillero fanático era alias Morroco, un paisa hincha del Nacional que después se voló y ahora está en el programa de reinserción. Una característica mía es que yo le hago más fuerza al equipo por el entrenador que por los jugadores.

Al Once por Luis Fernando Montoya y por el Pecoso Castro, a Colombia cuando estaba Pinto. No olvido un día que jugó Caldas-Medellín en Manizales, todos se pusieron una camiseta blanca que decía ‘Libertad para Óscar Lizcano’ y mi esposa Martha hizo el saque de honor.

Ella me hablaba antes de los partidos a través de Caracol y RCN. Comentaristas como Carlos Antonio Vélez, Javier Giraldo Neira y Hernán Peláez me hicieron llorar con sus mensajes. No los conozco pero ya libre Peláez me llamó al teléfono. Al Once fui a saludarlo a mediados de diciembre en señal de agradecimiento.

Una noche, oyendo Goles y maestros creí que me iban a matar porque ‘Jenier’, el guardia que estaba conmigo, empezó a dar plomo, se enloqueció, me tiré al suelo, fueron como nueve tiros por divergencias con Pelusa. Es que como decía Albert Camus, ‘lo que más sé acerca de moral y de las obligaciones de los hombres se lo debo al fútbol’ ”.

“El Pasto me hizo llorar”

El ex congresista Luis Eladio Pérez siempre ha sido socio del Deportivo Pasto desde que ascendió a la categoría A en 1998 y durante sus más de siete años de secuestro fue una de sus motivaciones para no suicidarse. “Cuando el equipo se volvió profesional yo le conseguía financiación como pasajes gratis en Intercontinental de Aviación, con la licorera de Cundinamarca, con Bavaria. La más grande de las felicidades en cautiverio, aunque muy contenida, fue ganar el campeonato apertura de 2006. Creo que me tenían por los lados de Guaviare o Vichada, había presión del Ejército y no había chance de celebrar. Estaba dichoso pero con la tristeza de no estar en la tierra. Escuchaba la fiesta, el himno de Nariño, el de Pasto;


encadenado, sin una hamaca, lloraba solo en la caleta. Al día siguiente era ‘el nuevo rico’ del campamento. Todos habían apostado en contra mía y gané todas las apuestas: diez paquetes de cigarrillos, que allá era como ganarse el Baloto. Discutíamos sobre los árbitros, le echábamos madrazos a Juan Pablo Ángel por botar goles y todo gracias al radiecito que me dio la guerrilla y que es uno de los trofeos del museo de la infamia que tengo en mi casa, junto con el equipo donde cargaba las cosas, el toldillo y la ropa que usé”. Dos militares rescatados en la ‘Operación Jaque’ confirman que junto a Luis Eladio Pérez “estuvimos cautivos por las Farc y seguimos cautivos por el fútbol”: el sargento José Ricardo Marulanda, de Chinchiná, devoto del Once Caldas por nacimiento y del Júnior de Barranquilla por su esposa e hijos, y el sargento José Miguel Arteaga, nacido en Melgar e hincha furibundo del Deportes Tolima y quien no olvida su mejor apuesta: en la final del Mundial 2006 en Alemania él se fue con Italia y le ganó al ex congresista, que le hacía fuerza a Francia.

“Jugara el Pasto o Colombia, el fútbol era un modo de distensión muy importante –recuerda Luis Eladio Pérez–, así a veces hubiera que procesar la tristeza de la derrota. Cuando me dolía la rodilla pensaba cómo hubiera sido mi vida si hubiera cumplido el sueño de ser futbolista, pero a los 12 años un compañero del colegio me rompió el ligamento y me zafó la rótula. Quedé muy mal y le cogí miedo y fobia al fútbol. Fue gracias al sentimiento regionalista del Pasto, a los golazos de tiro libre de Carlos Rendón, que volví a ponerme una camiseta.  Apenas volví me hicieron un homenaje en el estadio”.

“Era clave para nuestra moral”

El soldado profesional William Domínguez, otro hincha de Millos y ahora famoso por su canción Como nos cambia la vida, Ayer fui uno, y hoy soy otro… dice que el fútbol siempre ha sido fundamental en su vida y lo fue más en la selva mientras estuvo secuestrado entre 2007 y 2009. “Mi fiebre por el fútbol es tan grande que con mis amigos del barrio Quirigua (Bogotá) reunimos 15 mil tapas para participar en la Copa Tutti Frutti en El Campincito. Era volante 10, era bueno, tengo la capacidad de distribuir el juego. Por mis propios medios me presenté un día en la sede de Millonarios y les pedí que me vieran jugar y me aceptaron en las juveniles. El problema fue que la sede quedaba en las afueras de Bogotá, me salía muy caro ir y no pude volver. El fútbol era una parte clave de la moral de quienes estuvimos secuestrados. Nos distraíamos llevando las tablas de estadísticas, apostando desayunos y almuerzos. La pasábamos bien en esos ratos hasta que un día los guerrilleros nos quitaron los radios porque en pleno partido pasaron cuñas que decían ‘guerrillero, desmovilícese’.

Entonces agarré mi camiseta negra y le tejí el escudo de Millos en hilo blanco y azul. La tuve como un año, la guardé hasta que salí y ahora me la recogieron y se la llevaron a un laboratorio para investigar los virus que uno trae de allá. Ya averigüé y no me la devuelven. Para rematar, Millos quedó eliminado en el último momento de la última fecha del año pasado. Ese fue el día más duro, lloré de la rabia. Por la selección Colombia no hacía fuerza, porque a cada rato le iba mal. Ahora me desquité porque el equipo me invitó al estadio, me dieron camiseta con mi apellido y me la autografiaron todos los jugadores. Mi ídolo, Óscar Córdoba, me felicitó por estar libre  y me dijo que soy bienvenido cuando quiera ir al club. El presidente del equipo y su esposa me dan boletas para que vaya a todos los partidos y yo feliz”.