ONU celebra el Día Internacional del Autismo

La historia de Martha Lizarazo y su fundación para ayudar a niños autistas.

Solamente cuando Fabián cumplió seis años, los doctores descubrieron que era autista. Desde que nació, su madre notó que se comportaba diferente, aprendió a caminar más tarde de lo normal y sólo pudo pronunciar algunas palabras a los cuatro años. Martha Lizarazo lo llevó cientos de veces al pediatra, preocupada por su retraso cognitivo y motor. Le hicieron todo tipo de exámenes, pero los resultados salían siempre normales y el médico la tranquilizaba diciéndole que debía darle tiempo al niño para que se desarrollara a su propio ritmo.

La noticia de que Fabián era autista sorprendió a la familia Lizarazo. No sabían qué hacer, a quién recurrir ni cómo ayudarlo. Trataron de que estudiara en un jardín regular, con niños de su misma edad que lo motivaran a salir adelante, pero fue muy difícil que les abrieran las puertas, pues las profesoras, según Martha, no tienen ni el tiempo ni la preparación para dedicarse a un niño inquieto, con dificultades para comunicarse, arranques de ira, de felicidad o de tristeza, como Fabián. Así que optaron por llevarlo a sesiones de terapia física y de lenguaje y apoyar este proceso desde el hogar, lo cual permitió que aprendiera a comunicarse de manera más fluida, un logro que los médicos califican como sorprendente.

La vida cambió radicalmente para Martha. No sólo tenía que aguantar los murmullos y señalamientos de la gente en la calle cada vez que a Fabián le daba por aletear como un pájaro, reírse a carcajadas o lanzar alaridos; también tenía que soportar su indiferencia, su ausencia. “Hablar con él era como hablar con una pared”. Cada vez que Martha conversaba con alguien sobre Fabián, se le escurrían las lágrimas. Así pasaron varios años, hasta que decidió que había llegado el momento de llenarse de valentía y luchar por sacar a su niño adelante.

Reunió dinero con su familia, arrendó una casa en el barrio Santa Isabel, al sur de Bogotá, y creó la Fundación Rompiendo Barreras. Con la ayuda de un equipo interdisciplinario de terapistas de lenguaje, fisioterapeutas y profesores, Martha intenta ayudar a que niños como Fabián aprendan a comunicarse y a potencializar sus habilidades, para que en el futuro sean capaces de valerse por sí mismos. Por eso, las clases de cocina, de pintura y de sistemas son una de las prioridades del programa de estudios.

Martha se siente contenta por la labor que ha realizado, pero ahora quiere ayudar a pequeños que no tengan recursos y por eso se dio a la tarea de buscar personas que estén dispuestas a apadrinarlos y brindarles la oportunidad de superar las barreras que les impone su condición de autistas.

 msuarez@elespectador.com

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