Mi dosis personal de uribismo

El uribismo es una especie de gran traba nacional. Un  tipo como José Obdulio es el gran jíbaro de esa exótica sicodelia criolla: la cannabis sativa, ahora se llama seguridad democrática, al ácido lisérgico, ahora le dicen encuestas, los hongos alucinógenos tienen el poder delirante de la reelección y el referendo.

Antes, los jefes de los partidos se cocinaban a fuego lento, en años de pola, aguardiente, muñequeo, compra y venta de votos, lechona y bazares. Ahora, bajo los efectos de esta poderosa droga, cuya dosis personal está permitida, un siquiatra pasa, sin escalas, del diván a la ternura, de ahí a comisionado de paz y, en segundos, como un pase de perica,  se convierte en “director de la colectividad”, es decir, político profesional.

Hay muchos que se han vuelto adictos desquiciados. Uno de ellos, el de mostrar, se cree como su jefe, incluso se las dio de ministro, y ahora, como los veteranos drogos que se quedaron enredados en un viaje de LSD, y dicen ser la reencarnación de Jimmy Hendrix, anda por todo el país, como un iluminado, gritando a los cuatro vientos que quiere ser como el clon del que ahora manda en la Casa de Nariño.
Muchos le creen, incluso un diario de circulación nacional le dedicó un editorial elogioso a esa candidatura, supuestamente conservadora, que bien habría podido fraguarse en algún paraje de Villa de Leyva, donde dicen que se comen los mejores hongos alucinógenos del pais, tan buenos como los que nacen en las esquinas de las curules del Congreso Nacional, donde al parecer podrían aprobar el referendo, antesala de la reelección.

Quise hacer un ensayo como el de mi amigo Hector Abad, y bajarme mi dosis personal de uribismo, a ver qué sentía. No sé si logre el lirismo de su columna enmarihuanada, pero quiero comunicar mi experiencia de este viaje sicodélico, bajo la guía del siquiatra Luis Carlos, que a falta de pacientes, terminó de líder de cambio radical.

Voy a You Tube, y me aplico la droga: veo un video con una entrevista concedida por el jefe indiscutible de la patria al periodista Rhiz Khan, del canal Al Jazeera. El mandatario clarividente habla en  inglés, por lo que el efecto que busco es inmediato: quedo en trance.

Siento un impulso irresistible: estar presente en el próximo consejo comunitario, ver al líder sublime, sentir como irradia confianza inversionista, su amor de patria, su entrega absoluta en la derrota de la far. Se me traba la lengua: trato de decir Farc, pero no me sale…far, así con minúsculas y todo. Veo en mi biblioteca que baila el libro que escribieron Iván Cepeda y Jorge Rojas sobre Uribe y los paramilitares. Empiezo a romper cada una de sus hojas, con un inmenso deleite, como si fuera una margarita siniestra, quiero armar una hoguera para quemar todo el resto de textos que me circundan, a imagen y semejanza de nuestro insigne y piadoso procurador, Alejandro Ordoñez.

Tengo seca la boca y mis ojos están rojos.  Me quiere dar la pálida: acabo de ver una foto del nuevo look de Marta Lucía Ramírez y de inmediato me imagino a una amazona, montada en un caballo brioso, recorriendo el país de palmo a palmo, mezcla de Juan de Arco, o Juana la Loca, me confundo, me angustio... Llamo a Luís Carlos, la señorita, con una voz ultrasensual, me dice que tranquilo mi amor, que el doctor me llama apenas pueda, que me tome un aguardientico para que me pase la maluquera. Alucino: Juan Manuel Santos luciendo la banda presidencial, decide hacer su primer consejo de ministros en las antiguas cuevas del Mono Jojoy. Me debato entre poner música de carrilera o un vallenato, para sentirme en Córdoba, en la finca de líder supremo.

Mi mujer llega con una agüita aromática, a ver si me compongo, y confundo su nombre: le digo Lina. Se pone furiosa y me deja solo, con las ansiedades de mi traba uribista. Repaso las encuestas y son como un elixir para el alma: él (¿El?) es imbatible. Juan Lozano se me aparece, como de la nada,  me habla en un idioma incomprensible, luce una túnica, y su imagen se me disuelve en la de Bin Laden…Juan Bin Lozano Laden, es absurdo, mi cerebro está a punto de estallar.

¿Habrá algún antídoto posible para este desmadre que siento, que se parece tanto a la traba colectiva que podría prolongarse otros cuatro años, así penalicen la dosis mínima y continúe la otra guerra (perdida) contra las drogas?

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