El sur también se confiesa

Era un domingo cualquiera y cientos de personas caminaban, entre decenas de comercios que viven de la romería de los creyentes, hacia el mismo altar, el de la Parroquia del Niño Jesús en la Plaza del 20 de Julio.

En la entrada del templo ya había tres personas de rodillas, con los codos y la frente estampados en el suelo. Otros prefirieron hacer fila en uno de los cuatro confesionarios de madera sobre los cuales reposaba el brillo leve del sol, que traspasaba los vitrales.

Entre semana hay uno o dos sacerdotes. El domingo la demanda aumenta, por eso, esa madrugada cuatro capellanes escuchaban los pecados con un gesto tan serio como compasivo. A pocos pasos de allí estaba abierto el Salón Penitencial, un lugar especialmente construido para el sacramento de la penitencia. Ocho confesionarios estaban acomodados en círculo, cada uno dispuesto para las decenas de feligreses que acuden, sobre todo, en la cuaresma que se inicia con la marca de la cruz de ceniza y finaliza en Semana Santa. Ninguna pintura ni adorno, sólo un par de ventanas de monasterio y un letrero que rezaba: “No te condeno, vete y no peques más”. El silencio era tal que ni siquiera se escuchaban susurros. En el cristianismo y catolicismo, las personas se confiesan para detectar las tentaciones, los deseos y las culpas, a fin de admitirlas y purificarse. “Aquí los hombres asisten principalmente por haber sido infieles. Algunos de ellos vienen con frecuencia, ya que ese pecado se les convierte en una adicción. A su vez, las mujeres, que son las más fieles a la confesión, piden perdón por ser malgeniadas, por gritar y decir malas palabras”, contaba Luis Alfredo Cárdenas, vicario de la Parroquia del Niños Jesús.

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