Los gaiteros de San Jacinto no se cansan de tocar

En la década del cincuenta, de la mano de Manuel Zapata Olivella y de su hermana Delia, recorrieron Centroamérica, Estados Unidos, China, Unión Soviética, Alemania, Francia, Italia, España y Polonia. Dicen que la música extranjera no les ha afectado para nada y que habrá gaita hasta la eternidad.

Juancho Fernández Polo, sobrino del legendario juglar Toño Fernández, extiende las manos y dice que la artritis lo está acabando. Los nudillos abultados y deformes también se asoman en los pies que se abren como aletas desiguales entre las sandalias que usa el grupo y a las que llaman abarcas tres puntá.

Por esa razón, a mediados de 2008 juró que cantaría hasta diciembre y después iría a descansar a San Jacinto en medio del recuerdo de Candelaria y La maestranza, temas preferidos que siempre incluye en sus presentaciones para rendir homenaje a su tío Toño, el fundador de Los gaiteros que llevan el nombre de su pueblo natal, al que define como sabroso y fresco, pese a la lejanía del río.

Pero, terminó el año y Juancho sigue cantando. Pareciera que la artritis lo ataca sólo al momento de conceder las entrevistas o cuando se sienta en la puerta de su casa a mirar hacia ninguna parte, pues acaba de concluir su presentación en esta madrugada de marzo, después de dos horas en las que estuvo acompañando el sonido triste de las gaitas con su voz aguda y juguetona, y su vitalidad está intacta. No hay muestras de agotamiento.

El cantante principal de Los gaiteros de San Jacinto es un hombre flaco de 81 años. Recuerda el momento en que dejó los cultivos y el machete para convertirse en el guacharaquero de Andrés Landero, un virtuoso del acordeón que también formó parte del famoso grupo. Posteriormente ingresó a la agrupación en el 76, dos años antes de la muerte de Toño, amo y señor de la gaita y el artífice de que ese ritmo de mezclas indígenas, africanas y españolas haya recibido la distinción del Premio Grammy Latino.

Juancho sabe casi todo sobre la vida de Toño. Lo recuerda –despuntando su adolescencia–, junto a los hermanos Lara, Pedro Nolasco, Catalino Parra, Pedro Yépez, Mañe Serpa, Manuel Mendoza y Leovigildo Estrada, los iniciadores de esa música de difuso origen, no exenta de melancolía, que tuvo como epicentro a San Jacinto y se explayó luego más allá de Las Mercedes, Arenas, San Isidro, Las Palmas, Bajo Grande, San Juan, El Carmen de Bolívar, Ovejas y la gran Sabana de la región Caribe.

La imagen de Toño lo persigue, según afirma. Por eso lo evoca en uno de sus mejores momentos, década de los cincuentas, cuando recorrió el país junto al escritor Manuel Zapata Olivella y su hermana Delia, la folcloróloga, quienes años después se llevarían al grupo completo en un recorrido por Centroamérica, Estados Unidos, China, Unión Soviética, Alemania, Francia, Italia, España, Polonia y otros países de Europa oriental.

Un Grammy con sabor a gaita

Al caer la tarde del 8 de noviembre de 2007, Juancho Fernández y Manuel Antonio García, dos de los tres músicos más antiguos de Los gaiteros de San Jacinto, comenzaron a alistarse en una de las dos mil habitaciones del lujoso hotel Luxor de Las Vegas.  Minutos antes, en el amplio corredor de la entrada, se habían embelesado con la réplica de la gran pirámide egipcia en la que se destaca la esfinge faraónica del rey Tutankamón.

Llegaron sin saber cómo; pero, conscientes de que recibirían una distinción que enaltecería la música que desde hace décadas vienen mostrando al mundo a través de una instrumentación conformada por dos gaitas, un llamador, un tambor alegre, una tambora, un millo y un acordeón.

“Fue un momento que nunca olvidaremos. Toda la vida habíamos luchado por un reconocimiento grande hasta que lo alcanzamos. Los amigos de Calle 13 nos ayudaron mucho y con ellos estamos agradecidos. No lloré porque en esos instantes uno debe oponer resistencia a las emociones. Sólo me acordé de mi maestro Mañe Mendoza”, explica Manuel García, minutos antes de una nueva presentación en la que desplegó al viento el sonido de la gaita hembra, un canutillo grueso de 80 centímetros coronado con una cabeza de cera de la que se desprende la gruesa pluma de pato.

A su lado, deslumbrado por el gramófono dorado, estaba Juancho Fernández, tarareando los versos de algunas de las canciones de Un fuego de sangre pura, el álbum editado por el Smithsonian Folkways con el que ganaron el codiciado trofeo al que también aspiraban Los muñequitos de Matanzas, de Cuba, Sones de México Ensemble y Mariza, la cantante mozambiqueña, favorita por su álbum Concerto em Lisboa.


Gabriel Torregroza, descendiente de otro de los legendarios gaiteros del que heredó su nombre,  es uno de los integrantes más jóvenes del grupo y el que más se ha preocupado por conocer la historia y los misterios más recónditos de la gaita. Por eso afirma, después de escuchar a Juancho y a Manuel, que al principio esa música era solo gaita hembra y macho, llamador y tambor. No existía la tambora ni el acordeón y siempre fluyó de manera cadenciosa e instrumental hasta que Toño Fernández le incorporó la letra y el canto profundo.

¿Cómo cantaba Toño? –pregunto.

Juancho, siempre atento y listo para la prueba de sonido, pide que lo escuche y entona la primera estrofa de una de las dos canciones que pareciera reventarle la garganta: Yo tenía mi Candelaria/ Yo tenía mi Candelaria/ Con ella me divertía/ Llegó y me dejó llorando/ Ay, adiós Candelaria mía…

Gabriel dice, entonces, que Candelaria es gaita pura, distinta a la gaita corrida, de naturaleza instrumental, que dio origen al porro, la puya y el merengue autóctonos. Y agrega que incorporaron a la gaita la música de acordeón, la de Andrés Landero, el sabanero que interpretó cumbia con ese instrumento emblemático de los aires vallenatos.

¿Morirá la gaita, Gabriel?

Pensamos que moría cuando se nos fueron Toño Fernández y Mañe Mendoza, pero la tradición sigue viva –responde–. En San Jacinto hay escuelas de gaita en las que los niños aprenden los cantos tradicionales y las nuevas creaciones que conservan la misma estructura. La música extranjera no nos ha afectado para nada. Habrá gaita hasta la eternidad.

Y con ustedes…

Ahora los gaiteros de San Jacinto están en tarima, vestidos de blanco, con el inconfundible sombrero vueltiao coronando sus cabezas y un chal rojo alrededor del cuello. Jairo Herrera sopla la gaita macho y Toño García, la hembra. Rafael Rodríguez estremece el llamador y Gabriel Torregroza no cesa con el tambor alegre ni con el millo. Dionisio Yépez en la tambora y Carmelo Torres estira el acordeón. Y en el canto, Juancho Fernández, el popular Chuchita,  da pasos hacia adelante, mueve los hombros y disemina la voz en la estancia como una especie de lamento náufrago.

La muerte me busca a mí/ Y yo la ando buscando a ella /Pa´ ponerle la querella/ Que ya no quiero morí… La estrofa surge de repente, seca, en medio de un público expectante que sabe que allí están los ganadores del Grammy Latino; pero, que ignora –tal vez–  que en esta ocasión fueron contratados por una suma de dinero que, según Gabriel, ayuda a seguir viviendo con mayor dignidad; que poco le importa, en este momento de goce, que Los gaiteros de San Jacinto están aquí en Riohacha, señores, contratados por el Fondo Mixto de Cultura y las Artes, después de una extensa gira por Marruecos, España y Suiza; y que el cierre en el exterior, antes de continuar por Medellín, Manizales y Bogotá, fue en el Queen´s Theatre de Nueva York.

A estos gaiteros, que siguen sin parar, tampoco les importa haber olvidado mencionar su reciente visita a Chile y Jamaica porque hay que tocar hasta la madrugada de la misma manera que lo vienen haciendo desde hace setenta años y con el sabor inconfundible que le imprimió Toño Fernández, aquel herrero que le gustaba arreglar motores y emborracharse de gaita y aguardiente.

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