La odisea de asistir al estadio

Semblanza del pasado familiar en los estadios y del presente asediado por la violencia, el fanatismo y la droga.

Eran otros tiempos. La familia en pleno acudía al estadio a vivir la fiesta del fútbol. Grandes y chicos se acomodaban en las graderías sin reparar en las camisetas de sus vecinos de partido. La gente llegaba con sus piquetes de papa criolla o rellena, la bota con licor permitida y vendida, las banderas, los radios, las viseras: toda la alegría para disfrutar del mejor espectáculo. Al final del encuentro, ganadores y perdedores protagonizaban el tercer tiempo charlando al calor de unas cervezas y caía la noche entre decenas de caminantes agitando sus pendones hasta en los buses de regreso.

Hoy todo es distinto y el plan de ir al estadio se convirtió en una odisea. Ya no predominan las familias sino una masa de aficionados que porta su divisa como una facción de guerra, muchos dispuestos a devorarse a sus contrarios. Hay padres que aún se atreven a ir y que ya saben cómo sobrevivir al encuentro. La primera regla se aplica en las inmediaciones del estadio. Los que llegan en carro saben que, en lo posible, es mejor no dejar ver sus escudos porque es exponerse a energúmenos individuos dispuestos a destruirlos a piedra, fragmentos de ladrillos o botellas.

Aquellos que llegan a pie tienen sus propios azares. El primero de ellos, someterse a un enjambre de hombres y mujeres de todas las edades, pidiendo, reclamando o exigiendo una moneda o un billete para ajustar el precio de su boleta. Después sigue la paranoia de pasar por la taquilla. Mientras se llega al expendedor, hay que cuidar los bolsillos, abrazar a los niños y permanecer atentos. Entre revendedores, pedigüeños y avezados rateros se compran las boletas. Cada cierto tiempo llegan los policías y dispersan a la montonera. Los carabineros irrumpen con sus caballos y hay que cuidarse de sus cascos.

Las boletas son el primer seguro y, después de franquear el cerrojo de la Policía, es el instante para lucir las camisetas. Hasta ese momento muchos ocultan a quién apoyan. Hay quienes incluso sólo se despojan de sus chaquetas cuando llegan a la tribuna, examinan el color predominante y evalúan la catadura de sus vecinos. Después empieza el partido y se ve de todo. Desde el fanático que para cada frase tiene una procacidad hasta los que son capaces de tirar botellas, pilas o pedazos de roca ocultos. Desfogar la rabia parece el elemento común que anima a las mayorías.

En algunos sectores la situación es extrema. Hay decenas de jóvenes que no ven un minuto de juego pero duran más de dos horas vociferando contra sus “enemigos”, mientras promueven enconados enfrentamientos a puños y patadas. Más de una vez han aflorado los cuchillos. Desde el saludo fascista que increíblemente domina el panorama cuando se entonan las notas marciales del himno de Bogotá, todo parece diseñado para que empiece la guerra. La magia del fútbol desenvuelve su encanto y por momentos todo el mundo se olvida de que los violentos están buscando motivo para explotar.

En el intermedio hay que cuidarse de los enemigos de lo ajeno, que suelen aglomerarse en las bocas de entrada a la tribuna, y cuando agoniza el partido, mientras en los altavoces se imparten  instrucciones para la salida civilizada de las barras, empieza a prepararse el ritual de abandonar rápidamente el estadio. Es mejor ocultar las camisetas, sobre todo si no corresponden al equipo local, es preferible que el tercer tiempo se viva en un lugar distante y conviene alejarse de los alrededores que quedan por cuenta de uno que otro vándalo dispuesto a hacerse notar.

Es la hora en que los vecinos del estadio empiezan a vivir su propio dolor. Ya no son testigos de las trastiendas del fútbol de otros tiempos, cuando los puestos de comida hacían de las suyas o se armaban amistosas tertulias para rematar felizmente la jornada deportiva entre los comentarios del partido, incluyendo el preliminar. Ahora eluden cualquier encuentro directo con células de alebrestados buscando pretexto para romper vidrios o provocar  las riñas. Se guardan en sus casas esperando a que la Policía disperse el peligro. Cada ocho días reeditan un nuevo capítulo de cómo vivir cerca al estadio.

Ya se han visto muertos, más de un comerciante ha pagado los costos de los malos hinchas. Este domingo casi le sacan un ojo al lateral del Cali, Juan Guillermo Domínguez, y el partido con Millonarios estuvo a punto de no jugarse. A lo mejor hubiera salido peor el remedio que la enfermedad. Lo cierto es que adentro, afuera o en las inmediaciones del estadio, el atractivo de ir a fútbol hoy semeja una carrera de obstáculos donde cada paso equivale a esquivar a un agresor o a un frente de violentos, muchas veces drogados o alicorados, que cada semana hacen de este deporte un argumento para ejercer como vengadores.

Ya no es paseo de familia y es preferible quedarse en casa a gozar o a sufrir los partidos por televisión. De los tiempos cuando ir al estadio era un reencuentro con los ídolos y éstos llegaban asediados por decenas de hinchas a la captura de sus autógrafos o fotos, sólo quedan recuerdos. Hoy ni siquiera los héroes de los equipos están a salvo y ya no extraña que salgan o entren en tanquetas de la Policía para no ser atacados por cualquier bárbaro. La Policía y los organismos civiles hacen lo que pueden. Ya no es cuestión de autoridad sino de educación ciudadana. El fútbol es inocente, es otra víctima más.

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