El día del sacrificio

Prácticas extremas para conmemorar la muerte de Cristo el Viernes Santo.

Cada Viernes Santo habrá de caminar varios kilómetros cargando una pesada cruz de madera bajo el sol del trópico que lacera la carne y convierte el aire en poderoso fuego que lastima los pulmones. Cada Viernes Santo habrá de llegar hasta una empinada colina y allí será crucificado de pies y manos con clavos de acero. Cada Viernes Santo se sentirá un poco más cerca de Dios, aquella idea lejana por la que ha de sufrir lo insufrible. Durante el recorrido será azotado mientras carga 50 kilos de peso en la espalda, adolorida por el cansancio y los golpes.

La gente participa del ritual, del castigo público, como si se tratara de un criminal. Al final de la jornada, a su lado, habrá varios como él, al menos unos diez: todos entregados a establecer una especie de comunión a través del dolor físico, la sangre, el sudor y la angustia. La escena se repite en varios pueblos de Filipinas, uno de los pocos países católicos de Asia, en donde todos los años algunos lugareños se crucifican como una muestra de fe, de creencia que está más allá de los ritos y los cánones aceptados por la doctrina.

La ocasión es aprovechada por miles de turistas, que arriban para observar un espectáculo que tiene un cierto aire de demencia y cuya llegada sirve como motor para las economías locales, paralizadas en tiempos de crisis.

Cuando todos son bajados de las cruces, con los pies y las manos destrozadas, les dicen a los periodistas y a los curiosos que nada de esto tiene que ver con dinero o popularidad, que todo es parte de una profunda convicción, de una retorcida forma de ofrenda a un poder superior. “Lo hago por mi familia, para pedir por su salud y para que Dios nos dé la fuerza de superar los males que se nos presenten. Estos son tiempos muy difíciles y espero que mi sacrificio sirva de algo para superarlos”, cuenta adolorido Rolando Bautista, uno de los crucificados del Viernes Santo en ese país.

Sin embargo, estas prácticas, aquellas que buscan alcanzar a Dios mediante el castigo inclemente del cuerpo, no son una exclusividad de países perdidos en el mar Pacífico. En varios lugares de Colombia los penitentes se flagelan y se crucifican simbólicamente para conmemorar los acontecimientos de la Semana Mayor. Es el caso de Santo Tomás, Atlántico, un municipio en donde un nutrido grupo de adultos pasa medio día lacerándose como una forma de agradecimiento por los favores recibidos y una especie de sacrificio que ofrecen al dios del dolor.

Aquí y allá, la Iglesia Católica condena estos hechos por considerar que se asemejan más a proezas de circo que a actos de verdadera fe. Sin embargo, poco parece importarle a los espectadores lo que digan los prelados desde el Vaticano o Bogotá. Para la multitud de curiosos y devotos de estas prácticas, congregarse alrededor de los crucificados es muestra de su empatía con el dolor humano, de su comunión con un propósito superior o que extrañamente están convencidos de que sólo experimentando el sufrimiento pueden acercarse a Dios.

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