La ciudad de los milagros

Una monja en vías de canonización, el resurgir del edificio de Avianca, El Cartucho, Cudecom y el Eje Ambiental.

La Bogotá que hoy celebra el Domingo de Ramos y la Resurrección de Cristo guarda dentro de sus historias y secretos a una madre superiora que está en vías de canonización, Sara Alvarado Pontón, a un edificio que fue movido para ampliar la Avenida 19, el de Cudecom, a otro que resurgió después de un voraz incendio, el de Avianca, a una avenida que pasó de ser el río San Francisco a convertirse en una caótica Jiménez, y después, en el Eje Ambiental, a un puente varias veces reconstruido y a un parque: el del tercer Milenio, que durante años fue epicentro de drogas, muerte y dolor y se llamaba El Cartucho.

Un eje pasado por agua

El río San Francisco es a Bogotá lo que Dios a los católicos: está, pero nadie lo ve. Su cauce tiene el mismo trazado de las calles de adoquín que atraviesan, como una médula espinal, las construcciones antiguas del centro histórico.

En los años 20, cuando los mandatarios de la ciudad sopesaron el valor del agua que corría y la sed de progreso, tomaron la determinación de canalizarlo por debajo de las capas de concreto sobre las que se dibujaría el recorrido de la Avenida Jiménez.

Fue una pelea entre la razón del hombre y los caprichos de la naturaleza en la que salió airosa la primera. Actualmente, la avenida, también llamada Eje Ambiental, conecta la estación de teleférico del cerro de Monserrate con la calle 13 y enmarca el transitar exclusivo de los buses articulados del sistema Transmilenio, que circundan entre la Iglesia de Las Aguas y los mercaderes asiduos del sector de San Victorino, para posteriormente abastecer de transporte a toda la ciudad.

A pesar de que el San Francisco esté ausente y presente a la vez, o viceversa, desde el año 2000, y guiado por la inventiva del diseñador Rogelio Salmona, el río emergió del fondo de la tierra de una forma simbólica. Una cadena de piletas y fuentes adornó la vera de la calzada recordando o informando a los transeúntes que aunque el suelo que pisan es firme, tiene corazón de agua.

La Madre Sarita

Desde que su corazón dejó de latir en mayo de 1980, la habitación en la que pasó sus últimos días tomó visos de altar. Sus compañeras de causa, quienes decidieron acompañarla en la misión altruista y se resguardaron en los hábitos de las Monjas de Nazareth, no ocuparon la alcoba en el segundo piso del noviciado, la dejaron intacta pero la limpiaron con cautela, como acariciando las mejillas de su Madre, ya arrugadas luego de 77 años a bordo del mundo.

Dicen que el cuarto es bendito, que el espíritu de la Madre Sarita se percibe entre su máquina de escribir, su pluma y su cama de barrotes. Esperan a que los milagros de la superiora la encumbren en el grupo de difuntos a los que el Vaticano profesa devoción. A la luz de hoy, en el Pontificado la reconocen como Sierva de Dios y es la primera bogotana que hace fila en la Sagrada Congregación de los Santos, en donde se estudia su caso desde hace casi 10 años. 

La huella de María Sara Alvarado Pontón se extendió hacia 10 países y ha cautivado a más de 300 mujeres que siguen sus pasos. Sin embargo, es en Bogotá en donde su legado se percibe con mayor claridad. Creó el colegio de Nuestra Señora de Nazareth de Bosa, que educa a 2.300 alumnos, fundó siete ancianatos y abrió su propio noviciado al norte de la ciudad, el lugar en donde la estela de su existencia es venerada en la segunda planta.

Lo que muchos vieron en ella fue una vocación diáfana, la de una persona de abolengos que lo tuvo todo para ser una especie de aristócrata moderna y aún así prefirió inclinarse hacia la filantropía. Ese, quizá, fue el primer milagro de su paso por el mundo.

Desaparecer El Cartucho

Hace 10 años, cualquier bogotano sabía que por ahí no se pasaba. Entre la Avenida Caracas y la carrera décima y de las calles sexta a la décima, olía mal. Olía a basuco, a sangre, a comida recalentada, a basura apilada y olvidada, a toneladas de material listo para reciclar, a fogatas eternas para hacerle el quite al frío.

El Cartucho estaba ahí para quedarse, apropiado por hombres, mujeres y niños harapientos, muchos de ellos consumidos por el vicio. Era fácil encontrar casos de profesionales que algún día incierto se extraviaron allí para nunca más volver. Las noticias notificaban a menudo asesinatos, atracos y adictos irredentos, esos flacos tirados en el suelo consumidos por el ‘asustao’, como le dicen al basuco. También había gente inocente, recicladores que habían encontrado un refugio en el que nadie los molestaba.

En 1999, este sector era la casa de 14.085 personas, según Bienestar Social. Parecía imposible borrar de la faz de la ciudad esta realidad. Ese mismo año, el entonces alcalde, Enrique Peñalosa, formuló el proyecto de recuperación de El Cartucho: desalojar la gente y reubicarla en viviendas subsidiadas, demoler las casas de la zona y construir el Parque Tercer Milenio. Pese a múltiples protestas en las que se intercambiaron tiros, piedras y gases lacrimógenos, la primera vivienda fue tumbada el 13 de marzo de 1999 y en el segundo semestre de 2004 el parque estaba terminado.


No obstante, muchos de los habitantes de la deteriorada zona sólo se mudaron unas pocas cuadras cerca de allí. Así, la localidad de Los Mártires vio nacer el Bronx, entre las calles novena y décima y carreras 15 y 15A. Cerca de 3.800 personas viven en el lugar, donde se consiguen drogas, armas y problemas.

Varias entidades del Distrito se aliaron hace un par de meses para realizar actividades integrales: recuperar el espacio público, incrementar la participación de los sectores comerciales, mejorar la calidad de vida de los habitantes y reducir el número de delitos, pero hoy en día el panorama luce sin muchos cambios.

Unos duermen en la acera y, por efectos seguramente de la droga, no se percatan de la incomodidad del suelo, o de la piel rojiza a merced de los rayos directos del sol, o del pútrido olor que generan bolsas de basura abiertas y el aroma intenso del ‘asustao’.

El incendio del edificio de Avianca

Fue el 23 de julio de 1973. Mientras la cúspide del edifico de Avianca (ubicado en la carrera 7ª con calle 16) se ocultaba en medio del humo negro y las llamas, un periodista narraba: “El edificio más alto y hermoso de Bogotá hoy se convirtió en una mole de muerte, ennegrecida por la acción de las llamas, que consumieron los pisos, del 14 al 40, y dejaron cuatro muertos”.

Eran las 7:30 de la mañana. Las llamas comenzaron a expandirse desde el depósito del piso número 14. En el lugar había arrumes de tapetes y alfombras viejas, en una combinación mortal de gasolina y alcohol. Allí, en segundos, se dieron cita los vigilantes, el electricista, el plomero y el mecánico, para intentar una y otra vez —todas fallidas— desvanecer el fuego.

Pasaron 15 minutos para que arribaran los bomberos. Llegaron hasta el piso de la tragedia. Les pidieron a los pocos que todavía persistían en apagar las llamas que desalojaran el sitio, les dijeron que era una locura que continuaran allí, que en segundos la edificación podría desplomarse y no había que adivinar quiénes serían las primeras víctimas.

Las llamas llegaron hasta el piso 15, 16, 17, 20, 30... 40. Los bomberos desplegaban las eternas mangueras y el agua empezó a hacer más trágica la  tragedia. Los pisos inferiores se inundaron y el espectáculo pasó del fuego a un mar de escritorios, papeles, sillas, y mesas destruidas, flotando, arrasando con todo lo que encontraban a su paso.

El supervisor de turno y el mecánico se apresuraron a atender las órdenes de los bomberos y en medio de la prisa y de la torpeza, por escapar del fuego y del agua que en momento eran igual de letales, cayeron de las alturas. Luego pasaron a ser parte de la lista de víctimas fatales que dejó la tragedia del edificio más alto y hermoso de la ciudad.

En los colegios dieron la orden de desalojar, de salir más temprano de lo que dictaba el horario. No importaba que quedaran a cien kilómetros, la ciudad estaba de luto y todos debían hacer el duelo.

El edificio no se desplomó, como lo diagnosticaron los bomberos, pero el episodio quedó escrito en la historia de Bogotá como uno de sus capítulos más negros: cuatro muertos, 63 heridos y 24 pisos en ruinas.

Cudecom, un traslado de película

A mediados de 1974, los residentes del edificio de Cudecom, ubicado sobre la carrera Caracas con avenida 19, recibieron la noticia de que serían trasladados 29 metros hacia el sur de la ciudad. Incrédulos y sorprendidos, preguntaron por qué. La respuesta parecía sacada de un compendio de absurdos: La edificación, de siete pisos,  sería movida. Cinco mil toneladas de concreto serían removidas por ocho gatos hidráulicos, a razón de 20 centímetros por minuto y con una fuerza de 18 mil libras, pues la construcción debía darle espacio a las obras de ampliación que se tenían previstas para la avenida 19. Los trabajos se iniciaron el 6 de octubre, por un grupo de mil personas aproximadamente. Los habitantes del Cudecom tuvieron que sacar sus pertenencias para preveer cualquier tipo de anomalía. Algunos se apostaron en los alrededores de la zona para observar el traslado. Otros se quedaron dentro y desde las entrañas de la construcción pudieron ser testigos de excepción de un hecho histórico y milagroso para la ciudad.  Elisabeth Saravia, antigua colaboradora de El Espectador, escribió muchos años después algunas de sus experiencias. “Mi papá nos explicó en la mesa: ‘Tenemos que mudarnos’ ”. Y luego leyó en el periódico: “Según lo estimado por el ingeniero Antonio Páez Restrepo, en cuatro meses se correrá el edificio Cudecom”. La gran obra fue seguida paso a paso por cientos de miles de colombianos a través de una de las transmisiones de televisión más innovadoras de la época. Los curiosos fueron hasta el sector para observar el espectáculo en directo con sus paseos de olla y sus radios de pilas, y relatarían con el tiempo, como Saravia, que ellos estuvieron ese día allí.