Parafiscales, salario mínimo y recesión

LA FUNDACIÓN PARA LA EDUCACIÓN Superior y Desarrollo (Fedesarrollo) ha propuesto una reforma tributaria y otra laboral para enfrentar la actual crisis económica, pero en honor a la verdad, independiente del ciclo económico, esta Fundación siempre ha propuesto lo mismo.

La primera propuesta de reforma está orientada a modificar la financiación del Sena, el ICBF y las Cajas de Compensación, sustituyendo los actuales aportes parafiscales de las empresas por un incremento generalizado del IVA. La segunda está dirigida a flexibilizar el salario mínimo para generar empleo.

Desafortunadamente ninguna de estas dos propuestas apunta a producir mayor riqueza, sino a concentrar más la riqueza que ya existe. Las dos medidas son eminentemente regresivas procíclicas, cuando lo que se requiere, en esta coyuntura, son medidas progresivas y contracíclicas que generen mayor empleo en condiciones dignas de un ser humano.

Si bien es cierto, de acuerdo con Asocajas, que el 20% de las empresas contribuye con el 80% de los aportes que reciben las Cajas de Compensación Familiar, no es menos cierto que ello finalmente refleja la capacidad de pago de los agentes económicos. No obstante, si los aportes parafiscales realmente representan una carga onerosa que afecta la competitividad y la generación de empleo de las empresas, su solución no debería buscarse en el bolsillo de toda la población y mucho menos en el de los asalariados. Sustituir más de seis billones de pesos que las empresas privadas y públicas giran a título de aportes parafiscales por IVA, implicaría subir la tarifa de este impuesto alrededor de cinco puntos porcentuales, lo cual es a todas luces una medida que redistribuye la carga tributaria de manera regresiva, además del carácter procíclico que significa subir impuestos en recesión. El impacto sobre el consumo y la inflación acentuaría la crisis que se pretende superar.

Si a lo anterior se le añade la flexibilización del salario mínimo, pues sencillamente se aleja aún más la posibilidad de que se cumpla con lo establecido en el artículo 53 de la Constitución Política, en el sentido de que los contratos, acuerdos y convenios de trabajo, no pueden menoscabar la libertad, la dignidad humana ni los derechos de los trabajadores. Tristemente los economistas que siempre han propuesto la flexibilización del mercado de trabajo, lo hacen pensando en que no existe ninguna diferencia entre una mercancía cualquiera y el rótulo de trabajador con el que se segrega a muchos seres humanos.

Si de verdad a estos economistas los trasnocha la idea de flexibilizar las condiciones laborales, entonces deberían usar su “tanque de pensamiento” para abrir este debate donde corresponde. Mientras el Consenso de Washington y los actuales tratados de libre comercio abogan por la liberalización del comercio internacional y de los flujos de capitales, restringen a su vez la movilidad de los trabajadores. ¿No que los trabajadores y las mercancías son una misma cosa, cuyos mercados hay que flexibilizar? Es evidente la inconsistencia práctica de quienes recitan, sin ton ni son, un modelo teórico que a pesar de haber sido formulado en el siglo XVIII, nunca ha funcionado porque nunca lo han aplicado.

Ante la preocupación que de suyo trae la recesión económica, sería mucho más provechoso para la generación de riqueza y empleo pensar en verdaderas medidas contracíclicas, como en la supresión del impuesto a las transacciones financieras, la reinversión de buena parte de las utilidades de 2008 de los bancos y las empresas, la reducción del impuesto a la gasolina acorde con el precio internacional del petróleo, la reducción del ritmo de ahorro de las regalías, y la ejecución de obras de infraestructura regional con los mil millones de dólares ahorrados en el pasado por los territorios en el FAEP.

* Consultor Internacional lhbarreto@yahoo.es

 

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