Un baile para dos

El deshielo en las relaciones entre Estados Unidos y Cuba es una posibilidad cada vez más cercana. El presidente norteamericano dijo durante la Cumbre para las Américas que busca “un nuevo comienzo” con La Habana.

El baile de la sociedad americana ha comenzado. Barack Obama elimina, como prometió en su campaña presidencial, las absurdas restricciones que sufrían los cubanoamericanos, para viajar y enviar remesas a Cuba; el gobierno de ese país ni siquiera abre la boca y sólo el anciano líder, Fidel Castro, en sus “Reflexiones”, responde con un discurso prehistórico, típico de esos ya muy lejanos tiempos en que en América Latina nada había cambiado.

Sea una estrategia desviacionista del gobierno de Obama para aliviar las presiones a favor de Cuba ante la Cumbre de las Américas (como piensan algunos analistas), o sea parte de un pensado plan de rectificación de la postura de confrontación de Estados Unidos hacia América Latina (como piensan otros), lo cierto es que se trata, en el caso cubano, de uno de esos bailes tradicionales, en los cuales es imprescindible el movimiento de dos.

Y de acuerdo a la estructuración gubernamental hecha por Raúl Castro, acudiendo a verdaderos fósiles políticos (muchos de ellos de pensamiento conservador y estalinista), y de acuerdo  a la costumbre del gobierno cubano de utilizar la fórmula del “enemigo político número uno” (una fórmula en la que siempre se exige al “imperio norteamericano” que cambie y haga concesiones, sin que Cuba ni siquiera haga un simple cambio), nada nuevo habrá que esperar del gobierno de la isla.

Se trata, como dije en el primer párrafo, de un escenario nuevo en la sociedad americana: a pesar del desastre político nacional e internacional que fue la administración Bush, la sociedad norteamericana transitó por cambios muy profundos que han permitido que un negro presida hoy el que fue el país más racista del mundo; y en el caso de Cuba, el exilio y sus luchas por la democratización de la isla, también ha cambiado (tanto, que la mayoría de las agrupaciones políticas exiliadas acaban de manifestar que esperan que Obama elimine, además, el embargo).

La herencia Bush

Barack Obama, a quien muchos parecen querer exigir que sea más mago que presidente de Estados Unidos, desde antes de llegar a la Casa Blanca había manifestado su idea de que Washington debía estar a la altura de los cambios internacionales que en materia política se estaban produciendo en el mundo, y específicamente, en América Latina.

Su decisión de dar un rumbo distinto a la usual estrategia de prepotencia y humillación de Estados Unidos hacia los países de la región es ya un enorme paso de avance. Ese cambio de rumbo ha comenzado con la más polémica de las piezas en ese ajedrez histórico entre la Casa Blanca y lo que José Martí llamó “Nuestra América”: Cuba.

Es sólo un primer paso, pero es un paso esencial, de carácter humanista, respondiendo al humanismo de los orígenes de la nación americana: no se trata de satisfacer al gobierno cubano; más bien es una respuesta al pueblo de la isla y a esos más de dos millones de cubanos desperdigados por el mundo, que en su mayoría han deseado siempre que Estados Unidos y Cuba tengan relaciones normales, para bien de todas las partes.


Para ciertos sectores es, también, un peligro que el gobierno norteamericano haga estos cambios. Quienes quieren mantener su estatus de poder en América Latina, supuestamente luchando por el bien de las mayorías apelando a un discurso propio de los tiempos de la Guerra Fría, pretenden que Barack Obama, de un plumazo, se ponga a los pies del continente, y le han exigido incluso (siguiendo el modelo creado por Fidel Castro) que haga concesiones sin recibir nada a cambio.

Apenas unas horas después de levantadas las restricciones, Fidel Castro minimiza la importancia de esas medidas, se hace el de la vista gorda ante el cambio de conciencia social que significa que un negro presida hoy Estados Unidos (le faltó poco para asegurar que Obama llegó allí de puro milagro), se muestra petulante al decir que a Cuba no le importa ni le hace falta ser miembro de una institución “tan deshonrosa” como la OEA (en su tozudez no se da cuenta de que está ofendiendo de ese modo, a esos gobiernos latinoamericanos que están luchando porque Cuba regrese a este organismo), y se siente con derechos de exigirle al mandatario   que tiene que levantar el bloqueo económico. Todo ello anunciando claramente en sus últimas “Reflexiones” que Cuba no hará ni siquiera una concesión.

Entretanto, los verdaderos protagonistas de ese otro duro baile que es la vida cotidiana: los cubanos de la isla, esperan. Y es curioso que todos los analistas, periodistas y observadores de organizaciones internacionales con oficinas en Cuba, coincidan en que los cubanos hoy hablan más de Barack Obama como el hombre que puede solucionar sus problemas, que de Raúl Castro, Fidel Castro y el resto de su camarilla.

Las destituciones recientes de hombres puestos allí por Fidel Castro (aunque vergonzosamente lo negara en otra de sus “Reflexiones”), la represión contra los movimientos de oposición en la isla, la no respuesta del gobierno a los pedidos internacionales de liberación de los más de 200 presos políticos, y el mantenimiento de las absurdas restricciones que impiden las verdaderas libertades de expresión, movimiento y participación económica de los ciudadanos en la isla, y su noticia  de que Cuba no hará concesiones, son síntomas muy preocupantes de que, quizás, Barack Obama tenga que bailar solo este nuevo baile.

Veremos qué pasa si ese presidente negro logra eliminar la piedra que el gobierno cubano ha tomado siempre de pretexto para justificar su incapacidad de solucionar los problemas de la isla: el embargo económico.

* Escritor cubano

 

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