Misterio de la paloma mensajera

El descubrimiento de una en las afueras de la cárcel de máxima seguridad de Cómbita, con una tarjeta de teléfono celular en el lomo, evidencia un fenómeno al que el Gobierno debe darle solución.

El título de la inolvidable historia de Alfred Hitchcock también es perfecto para el caso de la paloma mensajera descubierta esta semana por un policía del segundo anillo de control de la gélida cárcel de máxima seguridad de Cómbita, en Boyacá. En medio de un aguacero, empapada y con signos de agotamiento, se posó junto al muro de la prisión y el uniformado se le acercó creyendo que estaba herida, pero apenas la levantó advirtió que tenía en el lomo un forro de tela adherido con un gancho de ropa. Adentro venía la tarjeta inteligente de un teléfono celular, cuyos datos son analizados en la Unidad de Delitos Informáticos de la Dirección de Policía Judicial (Dijín) en Bogotá.

Las palomas belgas del cineasta inglés cargaban en sus patas perlas de un grupo de traficantes que fueron puestos en evidencia por los clásicos tres investigadores de Hitchcock. Según los archivos policiales, las mensajeras colombianas cargan componentes de teléfonos y, desde hace mucho tiempo, mensajes en clave, marihuana, cocaína y heroína.

Una decena de casos como el de Cómbita han sido registrados en distintas cárceles del país. El más documentado de ellos por cuenta del narcotraficante Pablo Escobar Gaviria, quien entre las excentricidades que lo caracterizaron hizo construir un gran palomar frente a la cancha de fútbol de la cárcel La Catedral, en el municipio antioqueño de Envigado. Le decía a la guardia del Instituto Nacional Penitenciario (Inpec) que la colombofilia era una de sus aficiones, pero en realidad fue una de sus previsiones para cuando las autoridades nacionales y estadounidenses empezaron a monitorearle las comunicaciones con su familia y sus escoltas.

Miembros del cartel de Medellín, como John Jairo Velásquez Vásquez, alias Popeye, revelaron en sus confesiones ante la justicia que “El Patrón se valía de las palomitas en casos de emergencia”. La estratagema se descubrió tarde, cuando el capo ya había huido de la prisión. Se estableció que Envigado era —y sigue siéndolo— uno de los lugares del país donde más se practica el arte de criar y entrenar palomas de origen belga.

Un mensaje confirmó que el experto del que se valía Escobar era Johnny Rivera Acosta, uno de sus pistoleros de confianza, conocido como El Palomo y abatido por el Bloque de Búsqueda a fines de 1992. Un abogado cercano a la familia Escobar cuenta que “en las fincas donde se escondía no faltaba el palomar y los utilizó para recibir mensajes como quién quería verlo o a qué caleta le convenía trastearse”. No sólo sabía manejar bandas de sicarios como Los Priscos, sino bandadas de palomas y —qué paradoja— terminó muerto en un tejado.

Ficción y realidad

Tan misteriosas le parecían “las féminas aladas”, y el propio Escobar, al ya fallecido poeta y prosista colombiano Rafael Humberto Moreno Durán, que le inspiraron el cuento Conversión en La Catedral, en el que se preguntó: “¿En qué momento se le ocurrió a El Patrón convertir a las palomas mensajeras en el medio más eficaz para burlar radares y todos esos aparatos de triangulación radiogoniométrica con que los peritos del Bloque de Búsqueda y los expertos norteamericanos pretendían ubicarlo, incluso a través del timbre de su voz?”. El relato, publicado por la revista de la Universidad de México, empieza así: “Ante la ventana abierta la paloma se mantuvo durante unos segundos en el aire, vacilante, hasta que finalmente se posó sobre el alféizar. El Patrón se acercó, la tomó entre sus manos y tras acariciar el blanco plumaje del lomo desató el papelillo que llevaba atado a su pata derecha…”. Difícil imaginar al criminal jefe del narcoterrorismo con una paloma entre las manos, pero se jactaba al decir que recibía “ayuda del Espíritu Santo”.


Entre los reportes consultados por El Espectador hay otro de no ficción, fechado en febrero de 1997, que reporta el desmantelamiento de un palomar en la cárcel de la ciudad de Buga, gracias a la denuncia de una vecina que vio caer “una palomita que no pudo aterrizar bien porque se enredó en los paqueticos que le habían amarrado a las patas”. El director del penal, Jorge Maldonado, investigó y confirmó que se trataba de una mensajera que cargaba ocho gramos de marihuana.

De las 120 aves que vivían con los presos, 50 habían sido amaestradas. El escuadrón aéreo podía surtir a los reclusos de “50 kilos de alucinógenos al mes”. No se halló a los culpables de criarlas ni a los cómplices que las sacaban a escondidas para luego enviarlas con “el correo”, entonces se optó por desmontar el palomar y entregarlas “en custodia” a la Sociedad Protectora de Animales. Sin embargo, algunas volvieron días y semanas después, porque esta especie siempre regresa al sitio donde nació.

No se trata de malicia indígena colombiana, sino de un fenómeno que en marzo de este año también detectó la Policía de Brasil cerca de la ciudad de Sao Paulo, tras interceptar dos palomas que llegaron a la penitenciaría Danilo Pinheiro, de Sorocaba, con piezas de teléfonos adheridas al plumaje. Ya en junio de 2008 una mujer había sido detenida en esa región intentando sacar de una cárcel dos amaestradas ocultas en su bolso.

A finales del año pasado, autoridades de Irán aseguraron haber apresado dos que llevaban anillados a sus patas, tal vez hacia Pakistán, datos sobre una de sus plantas nucleares secretas. Por los mismos días en la cárcel europea de Zenica, Bosnia, fue descubierta una banda distribuidora de cocaína y heroína que había pedido la colombofilia como actividad resocializadora. Hubo complicidad de los guardias.

“Si fuéramos tan lúcidos como ellas”, comentó alguna vez el gran escritor checo Bohumil Hrabal, quien las convirtió en leyenda en la novela, luego llevada al cine, Trenes rigurosamente vigilados, en la que un jefe de estación convive con ellas y con su mierda durante la II Guerra Mundial, mientras pasan por allí las locomotoras cargadas de prisioneros. Hrabal murió en 1997 al caer del quinto piso del Hospital de Praga por alimentar palomas.

“Un grito de socorro”

Quien no se sorprende con estas historias es Wálter López, campeón nacional e internacional de carreras de palomas mensajeras y quien desde hace 35 años está “encarretado con la historia de estas aves maravillosas, desde los egipcios hasta hoy, siempre utilizadas por el hombre para cosas indebidas como la que usted me cuenta o como las guerras, pero también para misiones humanitarias como llevar mensajes de auxilio o muestras de sangre entre hospitales europeos”.

En su finca en Antioquia tiene 400 palomas y palomos, entre ellos los que lo llevaron a ganar la Copa Colombia de los últimos dos años y el que hizo parte del equipo con que nuestro país ganó un campeonato mundial por equipos en Portugal en 2007. “Siempre me han gustado y las crío por hobby”, como lo hacen los miembros de la Federación Colombiana de Colombófilos y de asociaciones tradicionales como la del departamento del Valle, fundada hace 67 años. Precisamente un valluno, Mario Echeverri, ocupó el puesto 16 en el Derby Internacional que se realizó hace una semana con llegada en el Colombódromo de la isla de Tenerife, España.

Wálter explica que una voladora bien entrenada puede recorrer en una jornada hasta 800 kilómetros a una velocidad promedio de 60 kilómetros por hora. El récord nacional es de su palomar: un vuelo entre Quito y Medellín en 13 horas. “La forma ideal de lograrlo es entrenarlas desde que son pichoncitas y sirven como atletas durante cinco o seis años, aunque tuve una que me vivió 19 años y tengo otras de 15”. Según él, la paloma de Cómbita no corresponde a ningún colombófilo agremiado, porque no tiene el anillo de identificación universal, y la única forma de verificar que iba para la cárcel de máxima seguridad es marcarla y liberarla.

El comandante de la Policía de Boyacá, coronel Juan Carlos Polanía, informó a este diario que así lo hizo una vez se asesoró de colombófilos de la región. “Le pusimos una cinta especial en una pata, la liberamos en la Plaza de Bolívar y vamos a ver si llega a la cárcel”. Con el Inpec ya acordaron una inspección para verificar cuántas palomas viven en el penal y cuántas de ellas son mensajeras.


Para hacerlo se valdrán de expertos que las identifican por la forma del pico, la línea casi recta entre el pico y la cabeza y hasta la técnica con que vuelan. En todo caso, la única solución sería identificarlas y trasladarlas a un lugar tan lejano que no les permita regresar a su palomar, según la revista británica New Scientist, valiéndose del magnetismo de la Tierra y de su misteriosa capacidad para captar infrasonidos.

La directora del Inpec, Teresa Moya, le dijo a El Espectador que no sabe de más casos aparte del de Cómbita, que por ahora ninguna persona está siendo investigada, que los presos no están autorizados para criar palomas, que no se ha hecho un censo de palomares en las cárceles del país, pero que “si se llega a establecer que los que existen son utilizados para actividades delictivas, serán desmontados de inmediato”.

“Peligro en el bosque”

Las palomas mensajeras han sido utilizadas casi en todas las guerras y un país en conflicto como Colombia no es la excepción. Los criadores le contaron a este diario que en zonas rurales el Ejército y la Policía hacen controles de su uso, en caso de que sean utilizadas por la guerrilla para casos delictivos, más en esta época en la que prefieren no usar comunicaciones electrónicas por temor a ser localizados. Por eso el coronel Polanía no descarta que para la realización de los secuestros y extorsiones que se planean desde las cárceles se valgan de esa especie, ni que en el hecho estén implicados antiguos hombres de confianza de Pablo Escobar como alias Popeye, quien está preso en Cómbita.

La alerta de las autoridades les dificulta a los colombófilos su diversión, porque acostumbraban traer palomas de Europa para mejorar la raza, pero a los controles de seguridad se suman ahora los del Instituto Colombiano Agropecuario (ICA), que suspendió las importaciones en prevención del contagio del virus asiático de la gripe aviar.

A pesar de todo, Wálter López dice que él y sus colegas seguirán trabajando para que la colombofilia siga siendo reconocida como una práctica deportiva inofensiva, así haya “dulces palomas” que con su mente retorcida empañen una actividad altruista. La máxima aspiración de Wálter es ganar “La carrera del millón de dólares”, que cada año se disputa en Sudáfrica. El coronel Polanía no quiere dejar de atar cabos —como Pete Crenshaw, el investigador estrella de Hitchcock— hasta descubrir qué banda criminal está detrás del misterio de la paloma mensajera de Cómbita.

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