El ateísmo manso

El libro reúne el testimonio de 16 personajes colombianos que explican por qué no creen en Dios. Este fragmento es parte de la versión de un escritor.

En la adolescencia, cuando leyendo a Russell, discutiendo con mis amigos y pensando solo resolví que ya no volvería a creer en Dios, tuve momentos de lucha interior, incluso de agonía. Dejar de creer en Papá Noel, en el Purgatorio o en la Virgen María no era muy difícil. Pero renunciar a creer en el ser más poderoso que se pudiera imaginar, en la idea más grande que me habían inculcado mi madre, mi abuela y mis maestros desde pequeño, no era tan sencillo, si bien mi padre, que era agnóstico, me hubiera dicho siempre que no sabía si Dios existía o no y que según la hora o el día se inclinaba por una cosa o por la otra.

“Amar a Dios sobre todas las cosas”, decía el primer mandamiento; “Creo en Dios Padre todopoderoso / creador del cielo y de la tierra / de todo lo visible y lo invisible”, empezaba el Credo; “Padre nuestro que estás en el cielo / santificado sea tu nombre”, rezaba el Padre Nuestro. Esas tres frases, como tres mantras rítmicos y rígidos impresos con sangre en tus neuronas, martillaban en la mente como una orden tajante e ineluctable de una potencia silenciosa, lejana, desconocida, y mucho más potente cuanto más desconocida, lejana y silenciosa. Todavía hoy, cuando llevo más de treinta años siendo ateo, recuerdo esas oraciones, y hasta soy capaz de concederles un indudable encanto poético. El Padre Nuestro, por ejemplo, tiene la gran virtud de ser un largo poema sin un solo adjetivo, y esa sequedad de recursos retóricos le da una eficiencia mayor, una elegancia sobria parecida a la de las grandes basílicas románicas. Borges, que era ateo y no creía en la supervivencia después de la muerte, se murió recitando el Padre Nuestro en Anglosajón (en inglés antiguo), no porque creyera en los conjuros del rezo, sino por las virtudes de serenidad que tienen las palabras rítmicas cuando están bien escritas.

Los que han creído en Dios, durante siglos, durante milenios, no han sido imbéciles, ni han sido malos poetas, ni malos pintores, ni malos músicos. Tampoco han sido siempre malas personas. Si pienso en la poesía de San Juan de la Cruz, en las vírgenes de Rafael, en los santos de Giotto, en las santas de Bernini, en el Cristo de Velásquez, en la música religiosa de Bach, comprendo que la religión ha inspirado algunas de las más altas creaciones artísticas del largo recorrido del Homo sapiens sobre esta dura tierra.

La religión ha sido un consuelo, además, para millones de personas, porque le quita a la muerte individual su carácter definitivo, al conceder la esperanza de volver a ver a las personas queridas en otro mundo sin las molestias de este (o aunque sea en otro submundo, el infierno, mucho más molesto que este). La religión ha sido un factor de cohesión, porque hace ver como hermanos y aliados a personas que no tienen parentesco con uno. La religión, quizá, desde la antigüedad, mitigó en algunos malévolos su maldad, por miedo al castigo de una potencia sobrenatural. La religión les dio a los justos la esperanza de que en el más allá los malos serían castigados y los buenos premiados, cosa que raramente ocurre en este valle de lágrimas. La religión durante siglos representó también la única opción de volverse una persona estudiosa y pensante, para todos aquellos que preferían la vida retirada y contemplativa como una opción mejor que la vida activa. Los primeros científicos, pensadores, escritores, músicos, filósofos, naturalistas, al menos en el mundo occidental tras la caída del Imperio Romano, en general fueron también monjes.

Pero toda aquella agonía de la adolescencia (dejar de frecuentar los sacramentos, dejar de tener un Padre en el cielo, dejar de pedir ayuda a potencias sobrenaturales, dejar de sentir que un ángel invisible me protegía y un diablo maligno me tentaba) fue desapareciendo poco a poco y hoy en día vivo mi ateísmo con una serenidad —me atrevo a decir— de beato. Dios ya no es un problema para mí, y me resulta tan lejano como el acné juvenil. Cuando todavía luchaba con mi ateísmo, me gustaba confrontar mis ideas con las de mis amigos o enemigos creyentes, y retarlos a duelos intelectuales en los que me sentía indiscutible ganador, por la fuerza de mis argumentos, por la pobreza de sus pruebas a favor de Dios, por mi ciencia y mi lógica opuesta a sus supersticiones y prejuicios. Hoy en día, en cambio, soy un ateo manso, no un ateo militante; no un ateo que piensa que haya que convertir a todos los hombres al ateísmo, como un apóstol al revés, igual aunque contrario a esos fanáticos que todo el día nos quieren convertir al islam, al catolicismo, al adventismo del séptimo día, a las sectas mormonas o evangélicas o hinduístas. Así como no creo que los creyentes sean mejores personas que los no creyentes, tampoco me parece que los ateos seamos éticamente superiores a nadie.

Sí creo, en cambio, que los ateos vivimos más desengañados, en el mejor sentido de la palabra desengaño. Considero que vivimos en un mundo menos ilusorio que el de los creyentes. No estoy diciendo que vivamos en la Verdad, esa palabra tan grande. A la verdad la humanidad se ha venido acercando de manera asintótica, y lo más probable es que la verdad perfecta no la alcancemos nunca. En todo caso creo que hay innumerables pruebas para pensar que la descripción física, química y geológica del origen de la tierra, o del universo, y la explicación evolutiva y biológica sobre la vida son mucho más precisas, confiables y cercanas a la verdad que las muy poéticas sentencias del Génesis. Con esto quiero decir que la ciencia es una herramienta más confiable que el mito para describir eso que, no sin perplejidades, llamamos “realidad”.


Sé muy bien el daño que el fanatismo religioso le hace y le ha hecho al mundo durante toda la historia. Puedo imaginarme muy bien el terror de un muchacho o de una doncella azteca cuando eran conducidos al altar de los sacrificios, donde un sumo sacerdote, con un cuchillo de obsidiana, les sacaría el todavía vibrante corazón para ofrendárselo a un dios sediento de sangre, a un Sol que no saldría si no se perpetraba el holocausto. Conozco las historias de las guerras de religión, la quema de herejes, las cruzadas, la Jihad, las conquistas violentas y asesinas acometidas en nombre de la religión del amor al prójimo, y ejecutadas con cruces y espadas para matar al prójimo. Pero también conozco los atropellos de Stalin, derruyendo los tesoros de la arquitectura religiosa ortodoxa, y mandando a los Gulag a personas que no tenían otra culpa que seguir creyendo en el Dios y en los santos que sus padres y su iglesia ortodoxa les habían metido en la cabeza desde pequeños.

Así como hay creyentes serenos y privados, los hay fanáticos y ultramontanos, listos a revivir las hogueras de la Inquisición. Del mismo modo, hay ateos mansos y ateos militantes, comecuras, quizá demasiado emotivos, tan exaltados que cuesta trabajo creer en la sinceridad de su ateísmo. Si yo fui un ateo de los últimos (militante) y ahora soy de los primeros (manso), quizá este cambio no sea por virtud, sino por el simple motivo biológico de que los años disminuyen la cantidad de testosterona en la sangre.

Pero en fin. El hecho es que el ateísmo militante me parece, a estas alturas, una pérdida de tiempo. En realidad yo no creo que tenga mucho sentido lógico demostrar la inexistencia de algo. Es difícil, por ejemplo, demostrar que los unicornios no existen. Yo los he visto en cuadros, sin duda, como también he visto en pintura la paloma que representa al Espíritu Santo. Son los que creen en la existencia real —no imaginaria— de los unicornios, quienes tienen la carga de la prueba. Mientras los creyentes en unicornios no nos presenten una manada de esta bonita especie, o siquiera un ejemplar, más vale vivir como si los unicornios no existieran. Algo parecido ocurre con los extraterrestres. Mientras no haya ningún tipo de contacto con ellos, podemos dudar firmemente de su existencia o podemos por lo menos decir que su existencia es irrelevante para nosotros. Supongamos que efectivamente hay vida inteligente en algún otro rincón del universo; el hecho es que si ese rincón está tan apartado de nosotros que jamás en la historia de ellos o en la nuestra entraremos en relación, entonces su ausencia eterna, en términos prácticos, es equivalente a la inexistencia.

Yo no puedo descartar, análogamente, que haya un dios o muchos dioses (ausentes, o malos, o muertos o dormidos o indolentes). El caso es que mientras ellos no tengan ninguna interrelación con nosotros, mientras su única revelación sea la más absoluta y lejana indiferencia hacia los asuntos humanos, su existencia es tan irrelevante como la de esos hipotéticos extraterrestres con los que jamás podremos entrar en contacto.

Ahora bien, la hipótesis de seres imaginarios como los dragones, los fantasmas o los unicornios, es algo que en cierto sentido enriquece la realidad poética del mundo. También los dioses, los ángeles y los diablos, así como los espíritus en gloria o en pena de los muertos, son imaginaciones que hablan muy bien de la infinita e insaciable capacidad del ingenio humano, de su maravillosa tendencia a la fantasmagoría. También el Quijote o Funes el memorioso son seres imaginarios que sin embargo obedecen a agradables e hipotéticas fantasías humanas.

Creo que el Dios cristiano, así como el islámico o los millones de dioses de la religión hinduísta, están hechos del mismo material fantástico con que fueron compuestos Funes o el Quijote. Por esto mismo veo con más ternura y afecto que con animadversión los infinitos tratados de la doctrina y la teología cristiana, judía o musulmana. Miles de hombres han dedicado la vida entera a escribir tratados sobre fantasmas, catecismos de inventos, preceptos dictados por seres imaginarios. Estos no son otra cosa, en palabras de Borges, que ramas muy frondosas de la literatura fantástica. Cristo, como decía Pessoa, quizá no es más que el más triste y más joven de los dioses, “uno más en el Panteón y en el culto”. ¡Cuántas limitaciones, cuántos crímenes, cuántas prohibiciones, cuántos sacrificios, cuántos sufrimientos (pero también cuántas bondades y actos de altruismo) en nombre de una especie de unicornio imaginario!

Opiniones de incrédulos

¿Por qué soy agnóstico?

Carlos Gaviria Díaz, presidente del Polo Democrático


“Cuando digo que la fe no es fuente de conocimiento y que sólo mediante ella se puede tener por cierta la existencia de Dios, no desvalorizo la fe, sino que la pongo en su sitio”.

Dios no existe: ¡Deje de preocuparse!

Felipe Zuleta, columnista

“No creo que nazcamos ateos. Dos hechos me marcaron la senda para convertirme en antirreligioso. El agnosticismo de mi abuelo Alberto Lleras, que como libre pensador no era ni teísta ni ateísta, y un regalo que en mi séptimo año de vida me hizo mi abuela paterna y que pomposamente se llamaba el ‘detente’”.

Dios o no Dios: Is it the question?

Humberto de la Calle, ex ministro y columnista

“Si se quiere, parodiando a Sartre, el infierno somos nosotros. Y de él podemos salir sin la ayuda de un Dios ignoto”.

Agujeros negros

Gustavo Álvarez Gardeazábal, escritor

“Mientras más descubrimientos científicos van haciendo, más elementos encuentro para sentirme satisfecho de haber explicado el concepto de Dios como el fruto exclusivo, y excluyente, de la falta de conocimiento y de la pereza humana por no concatenar lo conocido con lo desconocido y extraer conclusiones de sentido común”.

Dios es un concepto que cuestiono…

Florence Thomas, feminista

“Soy demócrata y feminista; defiendo a las mujeres y defendiéndolas no he podido comulgar con una idea de Dios. Y si Dios existe, hace ya tiempo que está perdiendo a las mujeres”.

¿Dios existe?

Daniel Samper Ospina, director de la revista ‘Soho’

“Reemplacé la religión por la poesía, y mi relación de la vida cambió del todo: si la religión me daba respuestas, la poesía me daba preguntas; si la religión trataba de mesurarme, la poesía era una forma de sublevarse ante los dictados de una vida convencional”.

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