“Que el pueblo me juzgue”

Este lunes se cumplen 100 años del nacimiento de Guillermo León Valencia, presidente colombiano entre 1962 y 1966.

Pocas veces fue al colegio porque su padre, el poeta Guillermo Valencia, creía que era preferible educarlo en casa, con más libros de Dostoievski o Balzac que de texto, y por supuesto, con más poesía de Víctor Hugo o de Hölderling que con tratados tendenciosos de historia. Sus profesores fueron preceptores, hombres que ya por aquellos comienzos de los años 20 vivían como inmortales: los Maya, Arboleda y Zambrano. Cuando una vez al año Guillermo León Valencia se aparecía por las aulas para saludar a sus compañeros de clase, su paso por las callecitas de Popayán era poco menos que vitoreado por las señoras de entonces, que comentaban días y semanas sobre sus grandes moños de gasa blanca y sus cuellos de celuloide. El muchacho, decían, era una especie de príncipe al que había que cuidar, instruir y preservar.

 Como príncipe se graduó de bachiller y como príncipe estudió derecho en la Universidad del Cauca, sin que le importara recibir títulos o grados. Como príncipe fue elegido concejal y diputado en Popayán, trasladado a Bogotá, senador, y como príncipe, desde su elocuencia cuando la Universidad le otorgó un honoris causa en el 56, fue uno de los principales contradictores del régimen dictatorial de Gustavo Rojas Pinilla, quien pretendía perpetuarse en el poder.

Dos años más tarde, Valencia era el candidato ideal para inaugurar con sus aires aristócratas el primer período del Frente Nacional que debía terminar por siempre y para siempre con los odios, muertes y disputas de liberales y conservadores, pero una silenciosa venganza urdida por Laureano Gómez postergó sus aspiraciones y desde la sombra vio pasar los cuatro años de gobierno de Alberto Lleras Camargo. En el 62 fue presidente. Estaba escrito en letras invisibles que aquel hombre al que habían formado desde niño para dirigir, y al que los políticos de su tiempo reverenciaban con admiración, “no por lo que él signifique intrínsecamente, sino por ese halo de grandeza del maestro”, como lo describía el periodista Camilo Restrepo, iba a llegar al Palacio de San Carlos.

Desde el poder prometió acabar con las “repúblicas independientes”, grupos de guerrillas que se habían diseminado por el país para menguar o fulminar la democracia de papel en la que se había convertido el Frente Nacional. Atacó los campamentos subversivos de Marquetalia en el 64, pero de esos ataques sobrevivieron los resentimientos políticos y las venganzas, y Pedro Marín, Tirofijo, quien fundó en 1965 las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia. Creó la Junta Monetaria como suprema autoridad en el manejo de las políticas económicas y construyó más de 60 mil viviendas de tipo social. Recibió a Charles de Gaulle como héroe de la humanidad, pero en su discurso de bienvenida dijo que era el presidente de la República de España.


Ofreció cargos “milimétricos” para que los partidos no se desangraran en inútiles conflictos, pero luego postergó a sus candidatos. Alguna vez, el escritor Arturo Camacho Ramírez lo comparó con Míster Magoo, un curioso personaje de tira cómica, torpe y cegatón, al que todo terminaba por salirle bien. Valencia no era, no podía ser, enemigo de nadie, por eso tenía apoyos profundos de aquellos que creían que era una simple marioneta a la que luego manipularían.

Estuvo con ellos y con sus rivales, pero ninguno lo pudo manejar y, a su manera, se enfrentó con todos. Con los laureanistas, porque eran sus contrincantes políticos; con los ospinistas, porque pretendían darle órdenes. Con Rojas, por aquel memorable discurso del 56; con los liberales, porque eran rojos, demasiado libres y los enemigos para seguir en el poder.

Valencia terminó su gobierno con aplausos, pese a sus innumerables detractores. Fue resistido, pero sin rencores, y generó oposiciones, pero sin violencia. Su personalidad todo lo podía, y por ella todo se le perdonaba, quizá porque en medio de un banquete era capaz de despedirse con suprema educación, pues al día siguiente debía levantarse a las tres de la mañana para irse de caza, o tal vez porque el país tuvo que sufrir con él la muerte de su esposa, doña Susana López Navia.

“La República fue víctima de cuatro años de total desgobierno. Si hemos logrado sobrevivir, ha sido por la acción oportuna y eficaz de algunos ministros”, escribió a finales del 66 Camilo Restrepo. Sin embargo, luego dijo que había sido un hombre de “honestidad diamantina, fiel seguidor de los postulados democráticos, con desinterés y desprendimiento absoluto de los bienes materiales, y cordial y sencilla actitud”.

 Cuando dejó la Presidencia se fue de embajador a España. Allí vivió rodeado por gente como él, por personajes amantes de la caza de dantas y venados, de las altas maneras y la poesía. En el 69 retornó a Bogotá para apoyar la candidatura de Belisario Betancur en las elecciones del 70, y luego se fue a Nueva York, ya resquebrajado, donde murió el 4 de noviembre de 1971. Días antes había dicho, en tono grandilocuente: “Que el pueblo me juzgue”.

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