La ciudad de las luces cambiantes

La Alcaldía anunció una inversión millonaria para volverlos “inteligentes”.

Era una ciudad más fría y oscura. También más pequeña. Mucho más pequeña. El estruendo de las calles era entonces apenas un discreto susurro en boca de elegantes señores vestidos siempre de negro, sombrero de copa y paraguas. O de parcos campesinos en ruana. Pocos buses, pocos carros, poca algarabía. Bogotá parecía una viuda triste: gris y moderada. Tal y como lo han descrito los libros de historia. Década del 40. Ni siquiera existían aquí los colores intermitentes, las luces que nunca se apagan, aunque todo el mundo esté dormido, de los semáforos. En lugar de esos aparatos, que después nos invadieron, estaban seres de carne y hueso —sí, señores grises y discretos— regulando el escaso tráfico. Se instalaban en las esquinas sobre bases de metro y medio de alto para hacer visibles las señales de tránsito. Eran semáforos humanos. Los primeros que tuvo la capital.

Casi 70 años después, el alcalde que intenta contra viento y marea recuperar su deteriorada imagen —afectada principalmente por el caos en la movilidad— anuncia con bombos y platillos que la administración invertirá cerca de $210 mil millones para modernizar una red que ya completa 37 mil semáforos. No precisamente de carne y hueso. Un proyecto que, prometen las autoridades, estará listo de aquí a cuatro años, y que incluye sofisticados artefactos “inteligentes”, capaces de autoajustarse de acuerdo con el número de vehículos que le pasen enfrente.

Semáforos que, con la ayuda de un dispositivo instalado debajo del pavimento, podrán “leer” si hay muchos o pocos carros esperando a que cambie la luz para actuar en consecuencia: más tiempo en verde si son numerosos los que aguardan, y lo contrario si la cantidad de conductores a esa hora es exigua.

Eso, sumado a la adecuación de una gran central computarizada, desde la cual expertos puedan vigilar y corregir todo lo que tenga que ver con semaforización; y a la instalación de un nuevo sistema de bombillos —que alumbran más, duran más y consumen menos energía— para lograr uno de los sueños colectivos de los bogotanos. La Tierra Prometida. Una ciudad con menos trancones, menos estrés, menos caos.

La pregunta obligada es si la fantasía podrá hacerse realidad, teniendo en cuenta que Bogotá sigue creciendo a un ritmo desmedido —cada día hay más habitantes, más carros, más desbarajuste— sin que cambien algunas de las condiciones que determinan la calidad de vida de los ciudadanos: las mismas vías principales, el mismo bus que se pasa en rojo, la misma incultura. Por ahora y, como reza uno de los principios constitucionales, “hasta que se demuestre lo contrario”, la respuesta es un sí en mayúsculas. Al menos, eso aseguran en la Alcaldía.

Lo explica el ingeniero Benjamín Ochoa, coordinador técnico operativo del mantenimiento de los semáforos de la capital, labor que gracias a un convenio interadministrativo está en manos de la ETB. “El buen funcionamiento de esos aparatos es vital para la movilidad, eso es más que obvio. Cuando la red esté lista y optimizada, los conductores sentirán los beneficios”.

Ochoa es uno de los jefes del grupo de técnicos encargados de arreglar los 10 semáforos que, en promedio, diariamente presentan fallas y que son reportados con diligencia desde las tres centrales computarizadas que funcionan actualmente —Paloquemao, Chicó y Muzú—.

Por estos días los expertos, que laboran divididos en nueve cuadrillas, cada una conformada por dos operarios y un conductor, también instalan los nuevos bombillos —con un sistema de iluminación llamado LED— en 16 intersecciones críticas de la ciudad. Se trata de la primera etapa del proyecto de modernización de la red de semaforización.

 “Duran cerca de 100 mil horas, mientras que las luces tradicionales, apenas ocho mil... No crean un efecto incandescente con el sol... son una maravilla”, comenta el técnico Nefy Trujillo, mientras instala las luces de los 29 semáforos de la intersección de la Autopista Sur a la altura del sector Villa del Río.

La adecuación se lleva a cabo exactamente 39 años después de que se empezaran a ubicar, en serio, esas señales de tránsito en Bogotá. Antes de la década de los 70, además de los semáforos humanos, unos pocos aparatos funcionaban. Las autoridades comenzaban a probarlos cuando la turba los dejó a casi todos en el suelo en 1948.

Ahora invaden la capital sin piedad alguna. Todos los días, desde cualquier rincón de Bogotá, un ciudadano denuncia la falta de semaforización en alguna esquina. Así, anualmente, se levantan unos 240 postes con luces en las vías. En una ciudad menos oscura y fría. Mucho más grande. Desmedida. En la que ya no se ven mucho los sombreros de copa ni las ruanas.