São Paulo Fashion Week

Recorrido y análisis de la pasada semana de la moda en Brasil.

El mayor espectáculo de moda de Iberoamérica ha decidido celebrar en grande el año de Francia en Brasil. Aquí se exhibieron trajes de alta costura de Chanel, Ungaro, Dior, YSL, Gaultier y Cardin pertenecientes a la modelo y musa brasileña Bethy Lagardère, considerada por la revista Bazaar, Francia, como una de las mujeres más elegantes del mundo.

La industria del modelaje ha permitido a cientos de jóvenes salir del anonimato y convertirse en celebridades mundiales. Este año desfilaron Gisele Bundchen, Isabeli Fontana, Jesús Luz, el novio de Madonna, o Raquel Zimmerman, para quien Karl Lagerfeld creó especialmente una cartera para ir a la playa. Paulo Borges, director del Sao Paulo Fashion Week, invitó además a Didier Grumbach, presidente de la Cámara Sindical de la Alta Costura a participar del evento y a presentar su libro Historias de moda. Pero según Grumbach “los desfiles de moda no sirven para nada”… ¡Vaya reflexión en una semana con 40 de ellos!

Un encuentro de estas dimensiones no escapa al hecho político y en esta estación la discusión gira en torno a la participación de una cuota del 10% de modelos afrodescendientes en cada desfile, para algunos diseñadores una forma sutil de dictadura sobre la creatividad, para otros mero oportunismo político. Las preocupaciones sobre la salud, talla y edad de las modelos o las del calentamiento global quedaron atrás, la moda todo lo procesa o desecha y lo que no le resulta “novedoso” lo ignora o deja de nombrarlo.

El entorno económico global exige prudencia, y aunque la mayoría de los diseñadores se manifiestan optimistas sobre el futuro, la realidad parece otra. Pese a ello las figuras de relevancia en el panorama de la moda brasileña parecen confirmarse estación tras estación. Si se pregunta a la  prensa especializada y compradores qué los trae a Brasil, la respuesta es casi siempre la misma: los trajes de baño; los diseñadores Alexandre Herchcovitch, Ronaldo Fraga o Isabela Capeto; Osklen como marca y, este año, agregaría además a María Bonita en vestuario casual y a Ellus en  jeanswear.

Herchcovitch se inspira en el fútbol americano y el rugby para crear una colección femenina conceptualmente fuerte pero comercialmente inviable en la que lo más destacado son los vestidos de látex pintados a mano que recuerdan pinturas tribales, las grandes hombreras y las armaduras dificultan la vestibilidad del producto. Por el contrario, su colección masculina es una demostración de vanguardia pura en el más difícil de los terrenos: la sastrería; una lección sutil de exploración, investigación y búsqueda.

Ronaldo Fraga, quien estará presente en Colombiamoda, crea una Disneylandia latina de puertas abiertas y refinadas sutilezas políticas, un lugar que no es sólo propiedad de los gringos. Preocupado por la realidad, el diseñador rinde un homenaje a México, Colombia, Argentina y Uruguay; la suya es una reflexión poética sobre el mirarnos como latinoamericanos afectuosos, inagotables y resistentes en un mundo movedizo y sin fronteras.

Osklen, por su parte, racionaliza el carnaval y a partir de un ejercicio formal con la camiseta crea toda una colección de prendas y siluetas que superpone, reconstruye y deconstruye. Aunque la colección se aleja del ADN de la marca, que es eminentemente sportswear, el ejercicio visual resulta fuertemente atractivo.

María Bonita se inspira en las ferias callejeras de Brasil y crea prendas que mezclan las formas y usos de canastas con las texturas de los bultos y el colorido con la tecnología textil.

Ellus crea una colección inspirada en los motociclistas. Elaborada en jean de colores muy claros o tie dye en sus siluetas se mezclan elementos como cremalleras u ojaletes con cueros y algodones livianos.

Igualmente Isabela Capeto recrea un momento de crisis como los años 40 para recordarnos que allí también se soñó y hubo espacio para el romanticismo y que el hoy parece ser una metáfora del ayer.

Cuarenta desfiles donde hay tanto por admirar, editar o rescatar y donde, según palabras de los diseñadores, sólo el 40% de lo exhibido sale a las tiendas que como producto comercial hace pensar que quizás el señor Grumbach tiene razón: ¿será que los desfiles sirven para algo?

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