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hace 4 horas

¿Cuál democracia?

EN LA ACTUAL CRISIS HONDUREÑA los dos “bandos” políticos dicen defender la democracia.

Por obvias razones, Zelaya y sus defensores nacionales e internacionales alegan que la intervención militar constituye un ataque directo a la democracia. Pero curiosamente, los militares y sus simpatizantes también reclaman estar actuando en nombre de la democracia y en contra de la “dictadura chavista”.

Esta coincidencia no se explica porque sólo uno de los bandos esté utilizando el término democracia adecuadamente. Ambas versiones aluden a características importantes de la democracia, pero fallan al ofrecer una versión parcial e incompleta de la misma, que termina por desvirtuar el significado contemporáneo de democracia.

Así, es evidente que Zelaya y sus defensores aciertan cuando afirman que un golpe militar constituye una grave afrenta a la democracia, que implica un gran retroceso en el proceso de democratización de América Latina, en donde por fin los golpes de esa naturaleza parecían estarse dejando atrás. Sin embargo, lo que éstos olvidan o no resaltan lo suficiente es que el deseo de Zelaya de mantenerse en el poder a través de una reforma constitucional de dudosa legalidad no obedece a ningún concepto serio de democracia, sino a un mecanismo plebiscitario que desconoce la alternación en el poder y debilita el libre juego democrático.

Como lo ha resaltado Adam Przeworski, la democracia no sólo se caracteriza por la existencia de elecciones, sino también por la posibilidad real de que el gobierno de turno pierda en ellas y ceda el poder. Y en las frágiles democracias latinoamericanas, la ausencia de este tipo de alternación en el poder ha sido un problema tanto o más recurrente que el autoritarismo. Así, hubo algunos casos aislados de alternación de partidos políticos en el siglo XIX —por ejemplo, en Colombia en 1837 y en Honduras en 1852—, pero ésta no volvió a ocurrir sino mucho tiempo después —en Colombia en 1930 y en Honduras en 1928—. Además, ahora que la alternación había comenzado a regularizarse, las reformas constitucionales para suspenderla o eliminarla mediante reelecciones sucesivas se han puesto en boga en toda América Latina.

Esto no quiere decir, de manera alguna, que un golpe militar pueda justificarse por el hecho de que no haya alternación inmediata de partidos políticos o de gobernantes. Sin lugar a dudas, el uso de la fuerza para tomarse el poder constituye un ataque mucho más grosero y dañino contra la democracia que permanecer en él de manera prolongada o indefinida mediante elecciones. Ello es así, incluso cuando el golpe militar reclama tener el propósito de restaurar la democracia y de convocar a elecciones cuanto antes. Este reclamo, que hacen hoy los golpistas en Tegucigalpa, también ha sido supremamente común en América Latina. La gran mayoría de dictadores ha declarado que su gobierno es provisional y que la democracia será restaurada tan pronto cesen los peligros que la hacen inviable transitoriamente. Pero ello no ha sido óbice para que muchas de esas dictaduras se prolonguen en el tiempo mucho más allá de cualquier interpretación razonable de lo provisional o transitorio.

Ahora bien, la ausencia de alternación en el poder puede ser menos grave que un golpe militar, pero en todo caso es inaceptable. La constante posibilidad de alterar reglas de juego tan importantes como los términos presidenciales permite que la democracia sea manipulada hasta el punto de quedar reducida a poco más que un espectáculo formal, en el cual los ciudadanos salen a votar, pero su voto poco o nada dice porque no hay una competencia política seria, y por ende no hay opciones reales de dónde escoger.

Al parecer, este último punto ha sido olvidado por los críticos del golpe en Honduras, que con razón rechazan la toma militar del poder, pero sin poner mayor reparo en el problema que le dio origen, defendiendo con ello un concepto muy flaco de democracia. Quizás esto explica que actores que normalmente defienden posturas tan opuestas como Chávez y las organizaciones internacionales de Derechos Humanos, parezcan estar de acuerdo en su apreciación de la situación en Honduras.

* Estudiante de doctorado de laUniversidad de Columbia e investigadora asociada de DeJuSticia.

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