“Actuar con arrogancia sería un error”

Rodrigo Pardo, ex canciller y director de la revista ‘Cambio’, habla sobre el preacuerdo entre Colombia y Estados Unidos según el cual habría personal militar y de inteligencia.

Las explosivas revelaciones de la revista Cambio que está circulando pusieron en público los detalles de un preacuerdo con Estados Unidos que no tiene antecedentes en nuestra historia. En resumen, ese medio de comunicación obtuvo el documento según el cual Colombia estaría a punto de aceptar que cinco de sus bases militares más importantes se utilicen parcialmente por las Fuerzas Armadas norteamericanas. Las bases se encuentran en el Caribe, con la de Malambo (Barranquilla) y con la ARC Bolívar (Cartagena); en el océano Pacífico, con la ARC Málaga; en el centro del país, con la de Palanquero y en los Llanos Orientales, con la de Apiay.

Los funcionarios de los dos gobiernos han sostenido en los últimos meses cuatro reuniones para concretar el convenio de cooperación militar, que es urgente para Estados Unidos porque sus unidades, aparatos y radares deben salir de la base ecuatoriana de Manta, a más tardar en el mes de noviembre. Sin embargo, los norteamericanos han dicho que se retirarán en septiembre. Ante los rumores que venían creciendo desde hace más de un año, la Cancillería y el Ministerio de Defensa han negado que las operaciones de Manta se pudieran trasladar a Colombia. No obstante, según lo acordado hasta el momento, las actividades estadounidenses no sólo continuarían en el territorio nacional, repartidas en varias zonas, sino que incrementarían su alcance porque Estados Unidos tendría bases en los dos océanos y, adicionalmente, se permitiría la intervención extranjera cuando haya actos “terroristas”.

Aunque el ministro encargado de Defensa, general Freddy Padilla de León, dijo que “hasta que todo se acuerde, no hay nada acordado”, la administración Uribe podría enfrentar en los próximos días agrias discusiones internas con la oposición política, con el Congreso, que no ha sido consultado a pesar de que constitucionalmente es el Legislativo el que tiene que avalar los convenios internacionales, y con los ex presidentes y demás miembros de la Comisión Asesora de Relaciones Exteriores. En cuanto al frente externo, la situación no es mejor. Es muy probable que Ecuador, Venezuela, Bolivia y hasta Brasil sientan que una presencia tan fuerte de Estados Unidos en la región afectaría su seguridad. El Espectador entrevistó a Rodrigo Pardo García-Peña en su doble condición de ex canciller y de actual director de la revista Cambio, responsable de la publicación del informe.

Cecilia Orozco Tascón (C.O.T).– Según la revelación de la revista Cambio, Estados Unidos va a tener presencia en cinco de las principales bases militares colombianas. ¿No es eso escandaloso para la soberanía nacional?

Rodrigo Pardo García-Peña (R.P.G-P.).– No me escandaliza que se profundice la cooperación militar con Estados Unidos. Pero es un hecho  que la motivación para la negociación de este acuerdo, o al menos una de las principales motivaciones, es que a Estados Unidos se le agotó su acuerdo con Ecuador para mantener la base de Manta. Es un objetivo del Pentágono, más que del Ministerio de Defensa de Colombia. El punto no es que sea una base nueva, que se traslade de Manta, o que se utilicen las bases ya existentes para hacer el mismo trabajo, sino hasta qué punto se necesita agregar nuevos planes de cooperación para los intereses militares y de seguridad de Colombia. Hay indicios que demuestran que la ayuda de Estados Unidos en el combate de la guerra estaba funcionando muy bien, y que en cambio en materia de lucha contra las drogas no se producían los resultados esperados. Eso querría decir que en lo militar no se necesitaba más y en lo de las drogas sería un error ensayar más de lo mismo.

C.O.T.– Recuerdo el lío que se armó en los 90, cuando el entonces ministro de Defensa, Rafael Pardo, autorizó la presencia de militares norteamericanos en Juanchaco. ¿La situación interna del país es distinta ahora y eso posibilita este acuerdo?

R.P.G-P.– El concepto de soberanía ha cambiado, y el trabajo colectivo y supranacional se vuelve la norma en un mundo globalizado. Colombia y Estados Unidos han vencido resquemores y dogmas en los últimos veinte años. Recuerde la oposición que hubo durante el gobierno de Betancur a la extradición; en el de Barco, a la colocación de radares; en el de Gaviria, a la construcción de una escuela en Juanchaco. Hoy todo es distinto: tenemos un Plan Colombia, con más de US$500 millones de ayuda al año. De modo que dar un paso más tiene lógica. Habría que examinar, más bien, las condiciones, fines y alcances. Una cosa es la lucha contra las drogas y otra muy distinta la estrategia global de Estados Unidos contra el terrorismo, contra enemigos internacionales ¿Le conviene a Colombia entrar a ser un factor en conflictos que no son suyos?

C.O.T.– ¿Usted comparte la opinión del general Padilla en el sentido de que aquí no habrá una nueva base de Manta sin explicar el permiso de las principales bases colombianas?

R.P.G-P–. El general Padilla tiene tres razones válidas para negar que habrá un traslado de la base de Manta: la primera, que una base gringa, con mando y construcción estadounidenses al estilo de las que existieron al final de la Segunda Guerra Mundial, sería un anacronismo. La segunda, que el concepto de una profundización de la cooperación ya existente tiene mejor presentación que la de la instalación de una base. Y la tercera, que las negociaciones todavía están en curso y les falta un hervor.

C.O.T.– Todos sabemos que una cosa se lee en los acuerdos y que la práctica es distinta. ¿Colombia le puede negar a Estados Unidos que ejecute ciertas operaciones, por ejemplo de vigilancia de los países vecinos?


R.P.G-P.– Paradójicamente, Ecuador, que hace diez años tiene una base de Estados Unidos en su territorio, nos podría contar si la utilizó contra sus vecinos. No veo que la motivación de Estados Unidos ni la de Colombia sean diferentes a la de la estrategia antidrogas y, eventualmente, a la de la colaboración en el combate contra la guerrilla. Otra cosa es que con el pésimo estado de las relaciones con Correa y Chávez se presenten inquietudes en esos países y se pongan peligrosamente nerviosos.

C.O.T.– ¿Venezuela y Ecuador, pero también el resto de los vecinos —por ejemplo, Brasil— tienen motivos para preocuparse?

R.P.G-P.– Como dije antes, se van a poner nerviosos porque existe mucha desconfianza. Son tan malas las relaciones con Ecuador y con Venezuela, que cualquier pequeñez se puede crecer y producir un incidente. Sería un error despreciar el manejo diplomático que requeriría un acuerdo como el que se está negociando con Estados Unidos. Habría que aprovechar el nuevo clima positivo generado con la llegada de Obama y el mejoramiento de las relaciones de Venezuela con EE.UU. para adelantar una estrategia de control del daño. Se necesita transparencia, y sería un error muy grave actuar con arrogancia.

C.O.T.– ¿Cree que Colombia estará más aislada del contexto regional?

R.P.G-P.– Colombia está aislada porque se quedó sin política exterior, que es un tema distinto, y el canciller Bermúdez está haciendo esfuerzos por ajustarse a las nuevas realidades. El esquema con Estados Unidos apenas se está empezando a rediseñar, con lentitud y dificultades, después de la alianza estrecha que hubo con Bush. En el contexto andino, Colombia está rodeada de desconfianza, sin relaciones con Ecuador, distanciado de Bolivia y con una agenda mínima con Venezuela. Y de las grandes iniciativas continentales no forma parte, al menos en forma protagónica. Colombia no se siente cómoda en ningún escenario.

C.O.T.– Su revista dice que este acuerdo “amplía” el que hizo con Ecuador en dos aspectos: la aplicación del mismo a los dos océanos y el hecho de que la cooperación incluya el “terrorismo”. ¿Qué repercusión tendrá ese superacuerdo en las decisiones internas sobre guerra y paz?

R.P.G-P.– El borrador del acuerdo no dice en ninguna parte que Estados Unidos pueda tomar decisiones unilaterales en Colombia. Me parece obvio que eso esté descartado. No se le olvide que en el Plan Colombia ya se están aplicando conceptos sobre atribuciones, prerrogativas y limitaciones que aplican al máximo de 800 soldados que —según límite impuesto por el Congreso de Estados Unidos— pueden operar en el país. Nada de eso cambia. Obviamente, intensificar la cooperación militar con la primera potencia militar del mundo no es un acto de un gobierno que tiene fe en la solución política del conflicto armado. ¡Pero sabemos hace rato que el de Uribe no la tiene!

C.O.T.– ¿Y en materia del funcionamiento mismo de las Fuerzas Militares? Debe ser humillante para los colombianos tener que estar supeditados a los norteamericanos...

R.P.G-P.– Es obvio que nadie va a firmar un texto que subordine a los militares colombianos a comandantes extranjeros.

C.O.T.– Recuerde, de nuevo, que en la práctica las cosas son a otro precio.

R.P.G-P.– No creo. En cambio, tengo otro tipo de inquietudes sobre la duración, condiciones y el manejo de la información. Y tengo preguntas en el campo diplomático: ¿cómo así que le levantan el veto a la base de Palanquero —a la que ya le aprobaron US$46 millones después de haber estado sancionada por problemas de Derechos Humanos— pero no pueden aprobar el TLC porque sí hay problemas de Derechos Humanos? ¿Al fin qué? Parecería que los problemas de Palanquero ya no importan ante la necesidad que tiene Estados Unidos de sustituir la base de Manta. Y que lo del TLC es entonces un tema de política interna. Eso no me parece serio. Habría que profundizar la cooperación militar con reglas claras, y también la de Derechos Humanos; se debería aprobar el TLC, y está bien que se negocie un nuevo tratado de extradición. Pero se necesita una estrategia global para que Colombia no pierda en todos los temas. Parecería que cada ministro va a Washington a decir sí, sin que se entere el resto del Gobierno.

C.O.T.– Entonces, ¿Colombia claudica autorizando el uso de Palanquero y de las otras bases para que Estados Unidos no la sancione por violaciones a los Derechos Humanos?

R.P.G-P.– Este acuerdo, si se consolida, no evitará los cuestionamientos en materia de Derechos Humanos, sino que los aumentará porque incrementará la atención en la forma como se llevan a cabo las acciones militares. Y porque se produce justo en un momento en el que ese tema es más importante en el Congreso, de mayoría demócrata, lo cual, entre otras cosas, no es malo si se asume con una actitud diferente a la simple defensa.

C.O.T.– Después de darse semejante pela, ¿Colombia tendrá finalmente un TLC aprobado por los demócratas?

R.P.G-P.– Sí. Va a tomar tiempo mientras Obama organiza su bancada en el Congreso y sale de otros temas que son más importantes para él. El TLC no es una prioridad para el nuevo gobierno, ni es un tema en el cual va a pagar un costo político. Habrá TLC, pero más tarde que pronto.

C.O.T.– Este acuerdo se hizo a espaldas de los colombianos e incluso a espaldas del Congreso, órgano que según la Constitución es el que debe dar el permiso para este tipo de convenios. ¿Qué opina?

R.P.G-P.– Es lógico que el Gobierno no dé detalles de una negociación que está en curso, por supuesto. Pero se le ha ido la mano en negar lo evidente —que sí hay negociaciones— y sería ingenuo pensar que un tema tan complejo no se deba debatir. Por el contrario: se necesita un análisis profundo. Yo creo que si para Estados Unidos es tan importante sustituir la logística con que hacían las operaciones de la base de Manta, Colombia tiene una carta de negociación que no parecería estar usando. En cuanto al Congreso, me parece que los dos gobiernos sostienen que no es necesaria la intervención del Legislativo porque se trata de la continuidad de un tratado ya existente y aprobado. Habrá que ver si se acepta esa interpretación.

C.O.T.– Con este acuerdo que no se consultó internamente con nadie, ¿el Ejecutivo colombiano le aplicó la eutanasia a la agonizante Comisión Asesora de Relaciones Exteriores?

R.P.G-P.– La Asesora tiene problemas hace rato por las malas relaciones entre los ex presidentes. No parece que Uribe tenga confianza en ese mecanismo, ni que le guste compartir la política exterior ni analizar los temas en forma colectiva. En un caso como éste, obviamente convendría escuchar voces, buscar consensos, conocer opiniones, mejorar criterios.


Ruptura en la política exterior

Juan Carlos Flórez es un respetado historiador y profesor universitario. Consultamos su opinión sobre el preacuerdo de cooperación militar entre Colombia y Estados Unidos:

“Introducir, con un hábil camuflaje semántico, bases estadounidenses en Colombia, significa romper una larga tradición de política exterior. Después de la debacle de Panamá de hace ya un siglo, la élite colombiana se alineó estratégicamente del lado de Estados Unidos. Pero supo conservar prudentes distancias. Como bien lo definió el académico canadiense Stephen Randall, éramos a la vez aliados y distantes de Estados Unidos. Esa sabia distancia se ha roto en los últimos años al permitirles una intromisión agobiante en nuestros asuntos internos. Entregar bases en nuestro territorio es una política exterior anacrónica que nos impediría construir una relación más equitativa con Estados Unidos y más creativa con nuestros vecinos. Pero quizá lo más grave, es que su preparación se haya hecho a espaldas de la opinión pública y en contravía del consenso que caracterizó la toma de decisiones en esa materia. Entramos en un campo minado en el que la polarización política interior puede contaminar el debate sobre nuestra política exterior. ¿Se comprometió el presidente Uribe con Obama  a aprobar las bases? Si lo hizo, estaríamos aceptando que la política exterior se hace a la medida del gobernante, y no de los intereses del país”.

Relaciones con el poder

Cecilia Orozco T.- La audiencia que Obama le concedió a Uribe la semana pasada, ¿es el premio por haber cedido las cinco bases militares en Colombia?

Rodrigo Pardo.- No. Obama necesitaba reunirse con Uribe porque está formando sus criterios y definiendo sus políticas hacia la región, y Colombia es el país que recibe más ayuda económica y más atención diplomática. También es un país amigo en medio de una subregión en la que otros (Venezuela, Ecuador, Bolivia) han tenido pésimas relaciones con Estados Unidos. Escuchar al Presidente de Colombia era algo del interés de Obama.

C.O.T.- El general Padilla dijo que la información de Cambio respecto de este acuerdo no debería haberse conocido aún. ¿La revista se preguntó si debería publicar un documento de seguridad nacional?

R.P.- Pierre Salinger, jefe de prensa de John F. Kennedy, hizo un análisis muy interesante sobre por qué las relaciones entre el poder y la prensa nunca pueden ser buenas. Una, es que a los gobiernos sólo les gusta que se informe sobre procesos cumplidos, y a los periodistas nos corresponde averiguar qué es lo que está en curso. Entiendo al general Padilla y puede tener razón desde su posición, pero como periodista creo que la responsabilidad nuestra es contarle a la sociedad lo que está pasando en temas relevantes para el país. Éste es, sin duda, uno de ellos. Insistiremos en él, con más información, investigación y análisis.