La rapiña por América Latina

Dos fuerzas buscan el predominio sobre el continente: chavistas y antichavistas. El golpe militar en Honduras sacude el tablero.

En toda América Latina, con la excepción de Cuba y veremos cómo acaba la pelea en Honduras, reinan lo que en Europa se llama ‘democracias formales’. Formales, pero poco serias. La democracia es en todas ellas de una densidad débil; de forma que el único instrumento que tiene el ciudadano para influir en el destino de la nación es votar cada cuando sea, y ni siquiera con total seguridad de que el cómputo de sufragios no sea demasiado creativo; son democracias electoralistas, en las que los partidos existen porque se vota más que para expresar las inquietudes del ciudadano.

Colombia, por ejemplo, se ufana mucho de su sentido civilista, del garantismo que tan bien expresa su océano legal, pero puede permitírselo por la extraordinaria disciplina de su clase dirigente, que consiste en que los que mandan, sean del partido que sean, estén siempre de acuerdo en lo fundamental. La homogeneidad de la élite colombiana es admirable. Nunca deja a los suyos en la calle.

Pero el voto si no se manosea, ya es algo y 2009 está siendo un año decisivo en la medida en que los acontecimientos electorales son la expresión de una lucha de América Latina por sí misma, una rapiña entre dos bandos, chavismo y antichavismo, con posibilidades decrecientes para los que quieran permanecer tras la barrera a verlas venir.

En lo que llevamos de año ha habido en América Latina dos referendos (Bolivia y Venezuela); tres elecciones presidenciales (El Salvador, Ecuador y Panamá); y dos elecciones legislativas (El Salvador y Argentina). Y están por celebrarse cuatro presidenciales: Uruguay, Chile, Honduras y Bolivia; y unas legislativas: México este domingo 5 de julio. Y todas ellas han influido o van a influir en la matemática de esa pugna. Por primera vez en la historia cabe que las elecciones latinoamericanas no sean exclusivamente nacionales o se limiten a tener algún eco internacionalista como las del sandinismo de la primera hora, sino que resuenen en toda América Latina, contribuyendo a la división del continente en dos bloques. El tiempo para la síntesis de las antítesis, en versión del marxismo vulgar –como podría apetecer a Brasil y Chile– se va acortando de elección en elección.

Los referendos de Bolivia y Venezuela confirmaron posiciones chavistas al ampliar las posibilidades de reelección en el caso de Evo Morales a un mandato más, y las de Hugo Chávez a las que desee. En las presidenciales, Ecuador hizo otro tanto consolidando a Rafael Correa en la primera magistratura; El Salvador descartó al derechista Arena, 20 años en el poder, para elegir a Mauricio Funes, cuyo partido tiene un ala ex guerrillera fuertemente chavista y cubanoide, pero él dice que quiere jugar a la equidistancia entre izquierdas, lo que lo aproximaría a las posiciones de Lula y Bachelet.

En Panamá el relevo del oficialismo formalmente a la izquierda, pero siempre tocado de la máxima prudencia, hizo presidente a un hombre de negocios para el que Chávez carece de cualquier atractivo. Y las legislativas salvadoreñas anticiparon la victoria del Frente Farabundo Martí en las presidenciales que se celebraron semanas más tarde; las legislativas de medio tiempo en Argentina infligieron, en cambio, una severa derrota al peronismo kirchnerista, lo que no favorece al chavismo cerca del que por razones más de oportunidad que de convicción merodeaba la presidencia del dúo Cristina-Néstor. Los vencedores, casi todos también peronistas, no tienen hoy ni tiempo ni ganas de alinearse con nadie, al menos con la casa tan revuelta. Las posiciones, por tanto, se mantienen porque si el chavismo mejora en El Salvador, no avanza o incluso retrocede en Panamá y Argentina.

El 24 de junio el chavismo pasaba revista y hacía cuentas. En esa fecha ingresaban en el ALBA Ecuador, San Vicente y Antigua, los dos últimos micro-Estados anglófonos de las Antillas, que a nuestros efectos ni existen ni son latinoamericanos. Con las nuevas inclusiones, el grupo creado por Venezuela y Cuba en 2004 tiene ya nueve integrantes: los citados más Bolivia, Honduras, Nicaragua y Dominicana, ésta también perteneciente al sarpullido insular del mar Caribe. El ALBA ha cambiado de nombre, pero no de siglas y ahora es Alianza –en lugar de Alternativa– Bolivariana de América, lo que los interesados interpretan como un paso más en la constitución de un bloque de poder. Con un PIB de casi 700.000 millones de dólares y unos 70 millones de habitantes, aunque un volumen muy débil de intercambios comerciales conjuntos, a excepción y por razones políticas entre Cuba y Venezuela, no por ello deja de ser una fuerza de despliegue rápido, con gran disciplina de voto en los foros mundiales, que habrá que tener en cuenta.

 La organización, que se presenta como alternativa no mercantil al ALCA de Estados Unidos, está creando a toda velocidad sus instituciones, y aunque le sobra retórica pronto tendrá la oportunidad de demostrar lo que vale. El ALBA ha creado el sucre, como moneda de cuenta virtual para sus transacciones, y el próximo 27 de julio celebrará una especie de triple inauguración de sus Consejos rectores, el político en Quito, el económico en Caracas, y el social en La Paz, que deberán reunirse mensualmente por rotación entre las nueve capitales, mientras que los presidentes, especie de Corte Suprema del invento, celebrarán cumbres trimestrales también por rotación, a comenzar en septiembre en Bolivia.


La profusión de reuniones, que recuerda la facilidad con que los países árabes se unían y desunían en los años 60 y 70, puede ser un simple acné juvenil, pero esa convicción es precisamente la que lo alza no sólo frente a los Estados Unidos del presidente Obama, sino, desde dentro, contra UNASUR –fundado a instancias de Brasil– o contra el mismo Mercosur, últimamente un tanto vegetativo, y todos los organismos panamericanos, en general, para hacer un día inútil, aunque sólo sea por acumulación, a la OEA, de hechura norteamericana.

Entre las debilidades del ALBA figuran algún enfeudamiento a los objetivos estratégicos de Caracas, como la entrada de Irán, en 2007, a la organización en calidad de observador de los ayatolas, cuya intimidad no precisa ningún país latinoamericano, y que su gran combustible es el petro-bolívar venezolano, que, con el crudo a 70 dólares el barril, aún puede dispensarse, si bien no con la alegría de antaño.

Lo más notable que le ha ocurrido al ALBA ha sido, sin embargo, el ingreso de Quito. Correa venía cooperando con el chavismo, mientras trataba de usarlo para sus fines económicos pero en modo alguno antioccidentales. La absurda disputa con Colombia, en la que ambos tienen responsabilidad, pero en la que el despropósito más reciente es la querella ecuatoriana contra el ex ministro de Defensa colombiano, Juan Manuel Santos, y sobre todo la furibunda campaña contra Correa de la gran mayoría de los medios de comunicación del país, han acabado por arrojar al mandatario si no en los brazos, sí en los barriles de Chávez.

Entre las ceremonias del voto aún pendientes hay cuatro presidenciales: Uruguay en octubre, donde el candidato José Mujica del Frente Amplio –y también próximo a la síntesis brasileña– parte con alguna ventaja sobre la derecha; Chile, con la concertación miniizquierdista de Michelle Bachelet en dificultades ante la derecha de Sebastián Piñera, en noviembre; Honduras, que es la gran incógnita, donde si hay elecciones, la derecha querrá organizar una gran concentración partidaria contra el chavismo; y Bolivia en la que Morales con su segura victoria dejará las cosas como están. Y las legislativas de México que, con ese dinosaurio inextinguible que es el PRI como favorito, aparecen extrañamente ajenas al coso latinoamericano. En la medida en que Argentina se latinoamericaniza en la confusión, México, nación creadora y fundadora de América Latina, se aleja en su proceso de normalización política que la lleva a mirar al norte de Río Bravo.

Las posiciones tienden a mantenerse: seis chavistas formales (Cuba, Venezuela, Nicaragua, Honduras, Bolivia y Ecuador); más algún catecúmeno por atraer como la Guatemala de Álvaro Colom, otro que parece ya convencido, el Paraguay de Fernando Lugo, y El Salvador a la espera de noticias; Argentina en su camino hacía ninguna parte; diversos partidarios del mínimo común denominador que lideraría Brasil, con Chile, Costa Rica y Uruguay; los del chavismo a ningún precio, entre los que estarían Colombia y Perú; y México allá, en su nada espléndido aislamiento.

Pero la trifulca hondureña con dos presidentes, el chavista Manuel Zelaya pugnando por recuperar la presidencia, y el golpista, Roberto Micheletti, jurando que él es todo un demócrata, puede ser un punto de desequilibrio a favor o en contra del bloque que se dice bolivariano. Si prevalece la Honduras de los que siempre han mandado, será el primer país que abandone el bloque chavista, y si gana una línea más popular Chávez puede salvar la cara. Ganar o perder en Honduras tendrá un gran valor simbólico para los dos agrupamientos, el ya claramente estructurado de Caracas y el magma formado por equidistantes y adversarios directos. Y porque es un magma es por lo que no ofrece garantías de perdurar. El presidente venezolano Chávez lo sabe y crea instituciones para que un día América Latina opte hasta sus últimas consecuencias en favor o en contra de su proyecto, que por falta de nombre mejor llamaremos ‘socialismo del siglo XXI’.

 * Columnista y editorialista del diario español ‘El País’

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