Vestigios de una sabana

Germán Hermida, un ingeniero enamorado del pasado, recorrió los alrededores de Bogotá para reconstruir sus historias. Indios, falsos poemas y guerrilleros aparecen en sus relatos.

A los nativos les llegó el momento de pintarse la cara de negro y rojo, de raspar el lomo de las ranas venenosas con las puntas de las flechas, de apretar fuerte las mandíbulas para blandir con más destreza sus pesados mazos muiscas. Ya sabían que esos hombres blancos que llamaban suamuyscas (dioses), también podían morir y que cuando se bajaban de los grandes venados sin cuernos —caballos en lengua maldita— eran tan indios como ellos. Y vieron cómo los invasores amarraban a sus hijos a los árboles, y cómo rodeaban sus cuellos con esa cabuya mortífera, y cómo la apretaban hasta que sus ojos blanquecían y la vida de sus familiares se apagaba con el mismo brillo mortecino de una fogata que recibe la lluvia.

Había llegado la hora de la rebelión. Aguardaron en silencio el paso de las huestes de atuendos raros y metales al cinto. Conocían los altiplanos de Cajicá y esperaron el momento justo para matar, para vengar, para cumplir con las órdenes de su líder Zipa. Atacaron y asesinaron, pero la versatilidad de las espadas no esperaría hasta que fuera demasiado tarde y sobrevino el contraataque y con él, el fracaso muisca y con el fracaso, la huida.

Diezmados, heridos y acongojados buscaron refugio en las montañas mientras sus enemigos reían a carcajadas y comían los frutos robados de sus tierras. Se alimentaban porque no iban a condonar lo imperdonable y emprendieron camino tras ellos, hacia las montañas. Los 3.000 güechas —los guerreros— se replegaban en los peñascos de Sutatausa, adonde no tardarían en llegar sus verdugos. Los vieron marchar por las estepas de la sabana hasta que comenzaron a subir las laderas.

Entonces vino la catarata roja. Uno a uno, lo indios se iban lanzando al barranco en un suicidio colectivo que resultaba más decoroso que caer reducidos por los filos de las espadas o los impactos de los arqueros. La vida se agotó primero que el honor y 1.541 pasó a ser el año en que los mariscales invasores de la sabana enviaban cartas a la Corona relatando los hechos.

Después de 467 años, cuando los calendarios de 2008 quemaban sus primeras hojas, los visitantes de aquel peñasco ya eran el legado visible de la Conquista española. Grupos de a 30 estudiantes que tras cuatro meses fueron aumentando y aumentando el número hasta llegar a la cifra de 400, recogían los pasos de los güechas y se asomaban al barranco mientras sus raíces indígenas se estremecían en las entrañas. “En sus caras se notaba esa sensación de sorpresa y asombro que aparece al ver algo magnífico”. Quien habla es Germán Hermida, el guía de los recorridos, un maniático de la historia de la sabana de Bogotá.

La ingeniería civil se atravesó en su camino porque “uno vive de la historia, pero es difícil que la historia le dé a uno para vivir”. Siempre que salía de la empresa en la que juega a ser alquimista mezclando materiales para la construcción, pasaba varias horas de encierro devorando libros —casi todos ellos relacionados con los vestigios del siglo XVI— y manuscritos que se encontraba en los archivos.

Leía y se encontraba con historias de otros tiempos que quería revivir visitando los lugares y viajando a los destinos que se anclaban en su memoria obsesiva de historiador sin diploma. Viajó tanto, persiguió documentos y conoció personajes, hasta que una noche cualquiera, su mujer, cansada de oír las misma historias, le dijo en ese tono femenino siempre revestido de eufemismos: “Germán, ¿por qué no escribes tus historias’”. Y bueno, por qué no escribirlas.

Paso varias horas en el computador reconstruyendo los hechos históricos y añadiendo a los textos las aventuras vividas. Afiló sus páginas y las envió a la convocatoria “Bogotá Capital Mundial del Libro” de la Secretaría de Cultura. Su proyecto consistía no sólo en hacer una invitación a los jóvenes de los colegios distritales que los acercara a la lectura publicando el libro: los más atractivo de su propuesta fue la intención de viajar con ellos a alguno de los lugares que reseñaba, una especie de anzuelo que los obligara a leer sus escritos.


El proyecto, titulado Música de huesos en honor al hallazgo que una arqueóloga extranjera realizó en los alrededores de Nemocón y en el que encontró una flauta hecha de huesos humanos, salió ganador y con una financiación de $50 millones el libro empezó a cobrar vida y los jóvenes a recorrer la sabana como lo hicieron los antiguos nativos muiscas. Se imprimieron 3.000 ejemplares, que a su vez se repartieron gratuitamente en los colegios. Luego apareció Alfaguara con todo su poder editorial y lo trasladó a los anaqueles de las librerías desde hace algunas semanas. “Son ocho crónicas de la sabana, historias casi desconocidas que no están en la memoria ni de los bogotanos ni de los colombianos. Mi búsqueda dejó de estar en presente cuando tuve cómo vivir y darme lujos, y se trasladó al pasado en forma de amor por tiempos antiguos”.

Un poema de dudosa procedencia

En 1919, un estudiante de derecho de la U. del Rosario se encontró en la biblioteca de la universidad con el que parecía ser el poema más antiguo escrito en Colombia. Dentro de las páginas de un denso libro de Avicena aparecían unos versos que databan de septiembre de 1538 y que aparecían firmados por Antón de Lescanes, uno de los monjes que había venido con la expedición española de Jiménez de Quesada. El descubridor del poema, Juan Francisco Franco Quijano, publicó el hallazgo en la revista ‘Colegio Mayor’ de la universidad y causó cierto ruido dentro de los historiadores. Sin embargo, algunos de ellos notaron varias incongruencias en el descubrimiento y lo desvirtuaron. Franco Quijano se marchó a vivir a Venezuela, donde 20 años más tarde fue acusado de falsificador.

Paseo por Cantabria

Germán Hermida aprovechó una de sus visitas a Madrid, España, para seguir la huella de ‘El gran cuaderno de la jornada’, un manuscrito redactado por Gonzalo Jiménez de Quesada que permanece extraviado desde el siglo XV, cuando un monje llamado Juan de Castellanos lo utilizó para construir el ‘Compendio historial de las conquistas del Nuevo Reino de Granada’. En el escrito, el fundador de Bogotá da su versión acerca de las expediciones que encabezó, pues tras su fracaso en los Llanos la Corona lo embargó y lo sumió en la miseria. Hermida se basa en la evidencia de varios historiadores que le hacen pensar que el libro se encuentra en un pueblo en Cantabria llamado Espinama (foto), donde tras hablar con los habitantes se encuentra con una iglesia roída por los años. No obstante, su búsqueda no prospera y regresa al país con las manos vacías y con el manuscrito aún extraviado.

El guerrillero historiador de Sibaté

En las manos de Hermida cayó hacia el año 2000 un folleto titulado ‘Pisadas en el Valle’. En él, dos profesores del barrio Pablo Neruda, de Sibaté, reconstruían la historia del pueblo y reseñaban la existencia de las ruinas de un pueblo antiguo llamado Tuso, que en 1600 había sido devorado por la viruela. Interesado en conocer el lugar, el ingeniero viajó a Sibaté a buscar a uno de los autores de dicho folleto: José Marbel Zamora Pérez (foto). Sin embargo, al llegar a su casa,  le dijeron que el profesor se encontraba preso, e indagando un poco descubrió que se trababa de un militante de las Farc cercano al ‘Mono Jojoy’. Zamora se fugó de la cárcel en 2001 y fue recapturado en 2008, cuando en su prontuario figuraba la participación en los atentados al Palacio de Nariño del 7 de agosto de 2002, día de la posesión de Álvaro Uribe como Presidente de Colombia. Finalmente, y tras varias pesquisas, Hermida logró hallar las ruinas de Tuso no muy lejos del Salto del Tequendama.

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