En Gaza usan pastillas para olvidar la guerra

Algunos se volvieron adictos al Tradamol, un potente analgésico.

“Las tomo porque, aunque sea por un momento, me hacen olvidar que estoy en Gaza”, dijo Abu Ala’a, padre de cuatro hijos y residente en la Franja de Gaza en una entrevista concedida al periodista Erin Cunningham. Tras ser testigos de atrocidades inimaginables durante la ‘Operación Plomo Fundido’ —la ofensiva militar que Israel lanzó durante más de un mes y que dejó miles de muertos, desempleo, hambre y destrucción— ahora los habitantes de la Franja se enfrentan a una nueva batalla: la adicción al Tradamol, un potente analgésico de la familia de los opiáceos recetado para tratar el dolor.

Su efecto calmante fue descubierto por los gazatíes, aquejados de problemas como el estrés postraumático fruto del conflicto. Por eso, muchos lo consumen diariamente. La ingesta de pastillas de Tradamol, sin embargo, pasa desapercibida. Desde que en febrero del año pasado Hamás (fuerza palestina gobernante en Gaza) decretara la prohibición de vender Tradamol sin prescripción médica, el mercado negro se ha convertido en el principal proveedor de este medicamento, en principio legal. Por sólo seis dólares los consumidores se hacen con unas 10 pastillas.

No existen cifras oficiales, pero según las autoridades, el 30% de los hombres de entre 18 y 34 años consumen Tramal (nombre bajo el que es comercializado el Tradamol) de forma habitual con la intención de evadirse, mejorar su potencia sexual, retrasar la eyaculación y mejorar su concentración. No obstante, los psicólogos lanzaron la alerta por los efectos secundarios de un consumo abusivo de este medicamento de uso psiquiátrico.

En diálogo con El  Espectador, el coordinador de salud mental de Médicos sin Fronteras en Francia, Germán Casas, aseguró que los efectos de estas pastillas “van desde las alucinaciones hasta la pérdida de memoria y coordinación motriz. La adicción daña sobre todo el cerebro”.

La población de Gaza lleva años sufriendo bloqueos en el paso de los productos básicos, además de continuos cortes de electricidad. Miles de niños crecen hacinados en esta  “prisión” cuyos muros impiden la libertad a casi un millón y medio de personas. Los jóvenes viven enterrados en los escombros que dejó la guerra y con un número creciente de adictos que sólo  buscan olvidar.

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