La lucha y la tragedia uigur

Comenzó como un rumor que se propagó acompañado del miedo.

En el mercado, en la librería y de camino a la mezquita no se hablaba de otra cosa: que los chinos terminarían tomando el control. Que los días de la bandera azul celeste estaban contados.

Era la primera semana de septiembre de 1949 cuando una noticia lo confirmó: el avión en que viajaba Ehmetjan Qasimi, el presidente de la república, se había estrellado junto al lago Baikal. Con él murieron todos los miembros de su gabinete. Unos meses más tarde, las tropas del Ejército Popular de China, al comando de Mao Zedong, entraron triunfantes en Ghulja, la capital, y tomaron el control. Los uigures no sospechaban que apenas estaban dando los primeros pasos de un largo camino de represión y sufrimiento.

Los chinos instalaron un régimen marcial en la región: abolieron sin consulta alguna la República de Turkestán Oriental, la anexionaron a China, le cambiaron el nombre por Xinjiang (que traduce ‘Nuevo Dominio’) e impusieron las reglas comunistas dictadas desde Pekín.

La vida fue cambiando de a poco para los uigures. Los ocupantes prohibieron su idioma (un dialecto de origen turco) para imponer el mandarín, y también fueron vetados la bandera azul celeste con la media luna musulmana y la práctica del islam.

Dos caminos se presentaron para los pobladores de Xinjiang: el exilio o la adaptación forzosa al estilo de vida maoísta. Mientras buena parte de la población partió hacia Occidente, quienes se quedaron dieron inicio a la búsqueda de su propia identidad.

Los relatos de los ancianos fueron el primer indicio. Las historias narraban cómo sus antepasados abandonaron la fría taiga siberiana del lago Baikal y se asentaron en el Macizo de Altai, para expandirse a través de los siglos por los desiertos del Asia central.

“Eran tan buenos jinetes y arqueros que cualquier imperio quería tenerlos de su lado”, comenta Carlos García, experto en temas asiáticos y catedrático de la Universidad Javeriana.

La tradición oral fue corroborada por la historia: haciendo parte de los ejércitos de Genghis Ghan y Tamerlán lograron dominar desde Persia, pasando por el subcontinente indio, hasta lo que hoy es la frontera entre China y Rusia.

Otro factor, muy importante, fue el islam. “Existen 57 grupos étnicos en China. La religión es uno de los ejes centrales de su cultura”, reconoce García.

Y así, entre un estricto control a sus prácticas culturales, los uigures vivieron bajo los preceptos de Pekín. Hasta que en los años 90 el gobierno descubrió yacimientos petrolíferos y gasíferos.

Para evitar futuras confrontaciones con el creciente sentimiento nacionalista, el Partido Comunista de China diseñó una política de incentivos a los miembros de la etnia Han (el 92% de la población nacional pertenece a este grupo) para que se asentaran y abrieran negocios en Xinjiang.

La consecuencia salta a la vista una década después: la etnia Han es mayoría en la región con el 42% de la población, seguida de un 40% de uigures y un 8% restante de kazajos, kirguises, tártaros, uzbekos y tayikos. A esto se suma que, desde los atentados del 11-S, Pekín encontró la excusa perfecta para controlar el nacionalismo en Xinjiang.

“El gobierno ha orquestado una campaña agresiva que ha desencadenado el arresto y la detención arbitraria de miles de uigures acusados de terrorismo, separatismo y extremismo religioso”, denunció Amnistía Internacional en un informe publicado en abril de este año.

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