Legionarios de Bojayá

Siete años después de la mayor masacre de civiles en Colombia, los jóvenes sobrevivientes ayudan a su pueblo a superar el trauma a través de la Legión del Afecto.

A los sobrevivientes de la peor matanza de civiles en la historia del conflicto colombiano los persiguen sonidos e imágenes de aquel 2 de mayo de 2002 en Bojayá, Chocó: el traqueteo del fuego cruzado entre guerrilleros de las Farc y paramilitares de las Autodefensas Unidas de Colombia, los llamados de los pescadores y a refugiarse en la iglesia, la explosión de un cilindro bomba, los 119 cadáveres mutilados -45 de niños-, los gritos de auxilio de decenas de heridos, el olor a muerte, la desolación, la huída, las cicatrices, el recuerdo que atormenta.

Sobreponerse a semejante traumatismo es un proceso en el que todavía hay mucho por sanar. Es el reto que enfrentan nueve hombres, niños cuando sucedió la masacre que diezmó a sus familias, personajes únicos como la ortografía de sus nombres: José de la Cruz y José Milton Valencia Córdoba, Jhon Fredys y Rovinson Velásquez M., Veison Velásquez Vásquez, Éver Hernando Romaña, Erlin Perea, Boris Velásquez, Perbis Palacios.

El Espectador los encontró en plena travesía por el centro del país como miembros de los Legionarios del Afecto, un movimiento que recorre Colombia en busca de jóvenes marginados por la pobreza o el conflicto, discriminados por raza o situación social, víctimas o victimarios de la violencia urbana y rural. Ya son 800  por obra y gracia de un proyecto fundado cinco años atrás por el ex asesor de paz del presidente Belisario Betancur y asesor de las Naciones Unidas, Mario Flórez, junto al consultor Darío Barberena y con el respaldo del Programa de la ONU para el Desarrollo y de Acción Social de la Presidencia de la República.

Cuenta con un presupuesto de 3.000 millones de pesos y consiste en un proceso de resocialización de muchachos con base en actividades culturales que los proyectan en cada región como nuevos líderes de sus comunidades. El trabajo es planeado y realizado por ellos, a cambio reciben presupuesto, manutención y un salario mínimo mensual. En este ambiente fue que los sobrevivientes de Bojayá encontraron una opción de vida distinta a ser la carne de cañón de la guerra, en medio de la selva chocoana.

Encarnar a los muertos

José de la Cruz Valencia relata lamentándose de la impotencia de entonces: “Perdí a varios familiares y amigos; los oíamos gritar, intentamos acercarnos a la iglesia para estar con ellos pero los balazos nos hicieron devolver. Eso me salvó de morir en la explosión”. Tiene 22 años, desde hace 20 meses integra los Legionarios y se especializó en promover obras de teatro en todo el Chocó, al tiempo que estudia administración de empresas. “Esta tragedia me llevó a apegarme más a la vida y a concientizarme de que hay que trabajar para servirle a nuestra gente”.

Con el apoyo de la Diócesis de Quibdó y una experta alemana, estos sobrevivientes llevaron a las tablas tres obras de teatro con las que ayudan a los habitantes de los caseríos palafíticos del río Atrato a hacer catarsis. En Los muertos hablan encarnan a los familiares y amigos fallecidos. Quienes los extrañan pueden despedirse de ellos, expresarles sus sentimientos de viva voz o a través de cartas. José hace el papel de un herido que declama: “Entre los platanales/ enterraremos los cadáveres/ de nuestros muertos/ para que le den el color verde a los racimos/ y nos alimenten”. Entonces entran las cantaoras o musas lamentando lo ocurrido, en un ritual fúnebre que se transforma en alabanza.

Aún muertos seguirán viviendo, es la segunda obra en la que los sacrificados les responden y les piden no dejarse arrancar de sus raíces por los alzados en armas. La tercera se llama Hoy es un día especial y aborda el tema de la libertad, desde cómo prevenir enfermedades de transmisión sexual y embarazos no deseados hasta cómo respetar la naturaleza.

Contagiadas por la iniciativa de estos jóvenes, las mujeres de Bojayá pintaron un telón gigante en el que incluyeron los nombres de todas las víctimas de la masacre y lo cuelgan cada aniversario, amarrado de los maderos sobre los que se elevan sus casas a centímetros del caudal del río.

Del grupo también hace parte Erlin Perea, de 23 años. “Falleció mi hermano Herlindo y mi primo Wilmar, mi mamá quedó malherida como mi tía Rufina y mi tío Ílson. No pude hacer nada por ellos distinto a sacarlos de las fosas comunes y enterrarlos en el cementerio. Ahora soy artesano, llevó casi dos años en la Legión, estoy conociendo el país y me estoy formando para ayudarle a la comunidad. Ha habido un cambio de mentalidad desde la matanza, el gobierno nos construyó un caserío nuevo en cemento y con calles pavimentadas, pero todavía el acueducto no es permanente y dependemos de una planta de energía”. Además de obras de concreto, necesitan la garantía de que pueden salir a pescar bocachicos, doncellas, dentones y quícharos, o a cultivar arroz, yuca y plátano, sin temor.

Conoció a los principales actores armados que aún se disputan el corredor selvático que comunica a Colombia con Panamá y a los océanos Pacífico y Atlántico. Uno de ellos el paramilitar Fredy Rendón, alias ‘el Alemán’, ha confesado en forma parcial los crímenes que se cometieron en el Chocó. Erlin no pronuncia la palabra odio ni contra Rendón ni contra la guerrilla ni contra el Ejército y la Policía que los dejó desprotegidos. En la obra de teatro él muere y le sirve dramatizarlo. “A nivel espiritual me ha ayudado a olvidar el trauma pero no nuestra realidad afrocolombiana. Debemos trabajar para que esto cambie y lo vamos a lograr multiplicando los momentos de alegría de nuestros pueblos, atrás deben quedar los rencores para no dejarnos esclavizar por la violencia”.


Las obras de teatro conmovieron a las autoridades y a la juventud de la periferia de Medellín, reunidas esta semana para la jornada de cierre de la travesía de 20 días que llevó a los Legionarios en un recorrido desde el Chocó, pasando por el Eje Cafetero, los Santanderes, Cundinamarca y Boyacá hasta Antioquia, donde nació el proyecto como alternativa de desarrollo sociocultural para las comunas populares.

Poemas y guerra

Para entender las luchas y vivir las necesidades de estos chocoanos hay que remontar el río Atrato en canoa, en un viaje de nueve horas desde Quibdó hasta llegar al caserío de Bellavista, el casco urbano de Bojayá. Dos días después de la matanza de 2002, allí fui testigo del terror que ocasiona la guerra, vi la desesperanza en el rostro de los habitantes que buscaban a sus muertos exhumando fosas comunes, escuché a los pobladores que se acercaron con el pesado expediente de los escritos que denunciaban el abandono del Estado -¡pedían “auxilio” y “socorro”!-, dirigidos a autoridades regionales y nacionales desde cinco años antes, el mismo que luego fue robado no se sabe por quién.

Conocí al boga de Bojayá, al anciano poeta Domingo Valencia. Metido entre su sombrero. Componía versos, cantaba y lloraba.

“Hoy me siento a recordar/ con tristeza y con nostalgia/ que la vida nos truncaron/ con violencias y amenazas./ Al marchar en desbandada/ miedo y angustia sentimos,/ y también la indignación por los amigos perdidos./ Los disparos de mortero, los cilindros y granadas/ fueron llenando de sangre/ estas selvas chocoanas./ la sinrazón de las armas,/ la ambición e indiferencia/ destruyeron nuestro nido”.

Cuatro meses después lo acompañé junto al párroco Antún Ramos, otro sobreviviente, al primer retorno de 839 de los más de 3.000 desplazados que se habían refugiado en Quibdó. Domingo entonaba: “Hace cuatro meses que estábamos separados/ la maldita violencia nos tenía a todos desplazados/ hoy volvemos juntos y esperanzados/ gracias al padre Antún y que Dios le dé larga vida”.

Hubo fiesta y brindis con biche (licor de caña de azúcar). El sacerdote hoy tiene otra parroquia en Quibdó, enseña en el Sena y no olvida a los fieles de Bojayá. José de la Cruz Valencia, el legionario a quien ahora conocí, resultó ser el orgulloso sobrino del poeta Domingo. Está comprometido con que los versos de su tío (ver recuadro) se hagan realidad, con que la paz y la felicidad vuelvan a su tierra. Por eso el también se dedica a “rescatar poemas de entre los conflictos”.

Al final de cada jornada, los Legionarios de Bojayá se reúnen en mesa redonda y reflexionan sobre sus obras del día. Escuchan historias sobre sus antepasados, como el fusilado Manuel Saturio Valencia, leen Changó, el gran putas, de Manuel Zapata Olivella. Mario Florez, su padrino, los felicita por haber dado un paso más.

“Ustedes simbolizan el poder del afecto, de los valores y el respeto”. Lo aplauden y se aplauden antes de repartirse el trabajo del día siguiente. Como si fuera un ritual, los salvados de Bojayá aprietan el puño y exhiben sus cicatrices. El llanto es historia. Sonríen, cantan, bailan, componen. El talento sólo necesitaban una oportunidad.

Los poemas de Domingo Valencia

El día pintó bonito / para los niños jugar. / Aplicados en sus mandatos / y a la hora de estudiar. / Hombres y mujeres trabajaron muy juiciosos. / Unos limpiaron el zinc / y otros salieron en bote. / La casa comunitaria bulle a la hora de la siesta. / Unos luchan por dormir mientras otros hacen la fiesta. / Por la tarde las mujeres se reúnen con Mercedes / a chismosear y a jugar parqués. / Los hombres al dominó juegan hasta que atardece. / Un aguacero bien suave vino a mermar el calor / y así todos disfrutamos de un sueño reparador. / Somos un pueblo feliz, / demos gracias al Redentor.

Es muy común en la vida / pasar de la risa al llanto. / Una vez más la violencia trajo / muerte y desplazados. / En Vigía y Bojayá hay desolación y espanto. / Hoy le pedimos a Dios / que convierta a los violentos/ y que nosotros vivamos en paz / y todos contentos.

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